El retorno delgado extremo camuflado en bienestar: “Antes te culpaban por gorda, ahora por inflamada”
La cineasta y guionista Chloé Wallace encendió la polémica en redes tras la gala de los Oscars al denunciar el regreso de la delgadez extrema como ideal de belleza. En un post de Instagram, expresó su indignación: «Cada alfombra roja, cada evento, cada vez que abro Instagram, están más flacas que la semana anterior… como si existiera una competición silenciosa que todas están jugando». Wallace denunció que la moda ya no es simplemente estética, sino política: «Antes era no comer, contar calorías, restringir. Ahora es una inyección semanal que anula el apetito. La delgadez vuelve a ser capital, disfrazada de salud y bienestar».
El mensaje se viralizó: más de 72.000 me gusta, 12.000 compartidos y más de 1.000 comentarios. Expertas en nutrición y salud mental llevan años alertando sobre este fenómeno: el regreso del modelo heroin chic de los noventa, potenciado por redes sociales y presentado como autocuidado.
Azahara Nieto, nutricionista colaboradora de EL PAÍS y fundadora de la consultora online Se come como se vive, lo resume: «Habíamos avanzado hacia un periodo body neutral, donde el cuerpo no se juzgaba solo por su apariencia. Pero hemos vuelto a los noventa, a la extrema delgadez, ahora envuelta en lenguaje de salud».
Violeta Moizé, dietista del Hospital Clínic de Barcelona, añade que el discurso se ha vuelto más sofisticado: «Antes era abiertamente estético; hoy se vende como bienestar, disciplina u optimización corporal. Se apoya en datos biométricos, apps y fármacos, lo que dificulta criticarlo».
Las redes sociales actúan como altavoz y acelerador. «Recuperarse de un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) en una cultura que premia la delgadez extrema es muy complicado», subraya Nieto.
Magdalena Piñeyro, filósofa y autora de Stop Gordofobia y las panzas subversas, ve en este rebrote una reacción contra el movimiento body positive y antigordofóbico: «Es un contraataque desde medios, pasarelas y cultura para restablecer el cuerpo delgado como norma».
El ‘efecto Ozempic’
El salto cualitativo llegó con los fármacos antiobesidad como el Ozempic. Originalmente indicados para diabetes tipo 2, imitan hormonas que generan saciedad y permiten perder entre 15 % y 25 % del peso. Su éxito ha sido arrollador, pero también su uso estético sin indicación médica.
«Se comercializan como si fueran inocuos, pero se están vendiendo como bienestar aspiracional, no como salud», critica Nieto. Un ejemplo fue la campaña de Serena Williams, quien reconoció usarlos tras un embarazo sin aclarar que carecía de un problema de salud relacionado con el peso.
Andreea Ciudin, jefa de la Unidad de Tratamiento Integral de la Obesidad del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, alerta sobre la trivialización: «Se prescribe masivamente sin valoración ni seguimiento. Algunos inician con dosis altas y desarrollan malnutrición».
Con las patentes próximas a expirar y los precios en descenso, la venta libre puede multiplicar riesgos. «Se banalizará la obesidad, se verá como algo estético y la gente los usará para perder dos michelines», advierte Ciudin.
Nuevo lenguaje, mismas restricciones
El discurso también ha mudado de forma. «Antes te decían gorda, ahora te dicen inflamada», resume Nieto. Dietas como el ayuno intermitente, superalimentos, suplementos y «balance energético» promueven el control disfrazado de cuerpo.
Lucía Ugarte, psicóloga clínica de la misma consultora, observa conductas rígidas: «Bajo el paraguas del deporte y la salud, se vigila lo que está bien o mal. El autocuidado se convierte en autoexigencia».
Wallace señaló la dimensión ideológica: la delgadez como capital y marcador de clase. Moizé coincide: «Los cuerpos reflejan valores sociales: control, disciplina, productividad». En espacios como la machosfera, el cuerpo se erige en símbolo de estatus, lo que fomenta relaciones poco saludables con ejercicio y alimentación.
Piñeyro concluye: «Nos tragamos el mito neoliberal de que todo depende de nosotros, cuando nuestras condiciones materiales y culturales determinan nuestro cuerpo y salud».
Consecuencias reales
La persecución del ideal genera frustración y TCA en edades cada vez más tempranas. «Vamos hacia una mala relación con la comida y el cuerpo», avisa Nieto. Piñeyro insta a «cuestionar una salud basada en farmacología, sacrificio y hambre».
«Igualar delgadez a salud es un error cuando mucha gente enferma por alcanzar ese canon», concluye.
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