El veneno que arruinó mi felicidad está arruinando la de todos | Salud y bienestar

La toxina que acabó con mi plenitud también destruye la nuestra

Hace dos décadas, en enero de 2005, comencé a cuantificar mi bienestar con la intención de descubrir qué situaciones me llenaban más y repetirlas. Cada noche, desde los 18 años, anoto en una libreta un valor entre 0 y 10 que resume mi estado anímico; 0 es el peor escenario, 10 el ideal y 5 un día neutro. Hoy, con 39, mantengo la rutina. Junto a la cifra, redacto un breve diario donde apunto actividades, compañía y sensaciones para detectar patrones en mis jornadas mejores y peores. Hace meses publiqué en este medio algunas conclusiones de ese experimento, pero omití un hallazgo capital que, ahora, cobra una trascendencia que jamás imaginé.

Tras más de 6.000 entradas, apenas he otorgado una decena de nueves, la puntuación más alta. Al revisar qué compartían esos días, hallé un denominador común: en todos sucedió algo que me hizo sentir extraordinariamente único. En uno, la chica que me atraía colgó mi foto en Facebook con un texto elogiando mis cualidades. Me sentí excepcional y anoté un 9. Estos obsequios a la vanidad —por amor o por logros— protagonizan mis recuerdos más luminosos.

Sin embargo, hace años detecté una paradoja: los períodos con menos felicidad coincidían también con episodios en los que me consideraba muy singular. En otras palabras, sentirme especial encandilaba un día concreto, pero a la larga desgastaba mi media.

Me llevó tiempo desentrañar ese enigma, pero releyendo el diario comprendí qué ocurría. Al considerarme tan singular para aquella chica, la presión por seguir siéndolo se volvió una losa: temía que cualquier defecto le hiciera ver que no era tan maravilloso. Eso desencadenó celos enfermizos hacia tipos con atributos que yo carecía. Al final, todo giró en torno a mí y la relación terminó. Lo mismo sucedió cada vez que anoté un 9: centrarme en mi excepcionalidad me aisló y alejó a quienes me rodeaban.

El afán de notoriedad posee una dinámica adictiva que lo vuelve pernicioso: se necesitan dosis crecientes de adulación para sentir lo mismo. Ayer bastó una mirada cómplice; hoy no alcanza ni un beso cotidiano. Nos acostumbramos a todo, sobre todo a los halagos. Quien tiene pocos seguidores se siente único con cien likes; quien suele recibir mil no se conforma con quinientos. El que pasa la vida buscando ser especial probablemente termine solo y, además, jamás saciado.

Esto arrastra consecuencias sociales que fui observando con el paso. Vivimos en un planeta narcisista en aumento. Los anuncios ya no venden el producto, sino que poseerlo te hace distinto. Todo gira en torno a ese deseo, y eso carcome nuestra calidad de vida, porque nos encierra en nosotros mismos, nos atomiza, crea castas y enfrenta.

El economista Richard Wilkinson estudió durante años qué influye más en el bienestar colectivo y descubrió que no es la riqueza, sino cómo se distribuye. La desigualdad merma la salud mental y la cohesión. En países muy desiguales, como EE UU, la gente consume lujo innecesario para exhibir estatus, mientras que en sociedades más igualitarias, como Dinamarca, se compra tranquilidad. La brecha genera infelicidad incluso cuando el estadounidense medio gana más que el danés medio.

Viví diez años en Dinamarca y lo comprobé: en las reuniones intervenían por igual becarios y CEOs sin condescendencia. El estatus dependía del aporte, no de la corbata. Yo, criado en jerarquías rígidas, callaba ante el jefe; mis compañeros lo interpretaban como baja autoestima. Tenían razón: la fragilidad de nuestra autoestima nace de vivir en una sociedad donde las apariencias determinan tu valor.

En sociedades danesas la gente sabe quién es sin exhibirlo. Eso orienta el consumo hacia el bienestar real, no hacia el símbolo. Un ejemplo es el rey Frederik André Henrik Christian, a menudo visto en bici llevando a sus hijos por Copenhague. En cambio, en países desiguales hasta el más pobre hace horas extra para un coche ostentoso, no por felicidad, sino para mostrar rango, priorizando el estatus sobre el tiempo con la familia. Esta competitividad tóxica erosiona el bienestar colectivo.

Este afán de admiración ha calado en la política. El narcisismo colectivo de EE UU se ha reflejado en su presidente. Desde cualquier óptica estratégica, amenazar Groenlandia es absurdo, pero vista desde el estatus y el narcisismo cobra sentido: Trump busca reafirmar quién manda, obtener aplauso y respeto. Su actitud infantil refleja una sociedad con un ego desmesurado que siente haber perdido prestigio y desea recuperarlo. Se acumula en quienes creen que las mujeres ya no los respetan, blancos que sienten adelantarse por inmigrantes, o cierta derecha que se cree despreciada por élites ilustradas. En este contexto, un lema como Make America Great Again calma esa ansiedad de reconocimiento. Las similitudes con la Alemania de 1930 —sociedad clasista humillada a la que un líder prometió superioridad— son inquietantes.

Me encantaría creer en una solución, pero el panorama actual lo dificulta. El antídoto contra nacionalismos, racismo o imperialismos pasa, paradójicamente, por aminorar nuestro afán de diferenciación y ofrecer modelos igualitarios y justos como el danés. Resulta desconcertante que parte de la ciudadanía vea como amenaza a inmigrantes humildes que buscan trabajo, cuando, desde la óptica de la desigualdad, quienes más erosionan la convivencia son inversores que llegan al barrio Salamanca a especular con viviendas y exhibir abrigos de marca. Por el bien común y nuestra propia felicidad, el camino debería ser el contrario. La humildad debería ser hoy la virtud más valiosa para líderes y ciudadanos, aunque sea la menos celebrada. Cambiemos eso.

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