Etiqueta NutriScore en productos procesados con escala de colores de la A a la E

NutriScore: ¿Por qué el semáforo nutricional no cambia nuestros hábitos?

Un semáforo que ilumina, pero no guía. Millones repiten el gesto de elegir productos en el supermercado, donde NutriScore intenta influir desde 2018.

Desde que el Ministerio de Sanidad anunció su implementación, este sistema de etiquetado nutricional frontal ha ganado espacio en los lineales, aunque sigue siendo voluntario para las marcas. España, alineada con Francia, Bélgica o Alemania, apuesta por una escala de colores y letras —de la A (verde) a la E (rojo)— que traduce la composición nutricional de un producto en una señal visual. Sin embargo, que este semáforo logre transformar por sí solo las rutinas cotidianas es una pregunta abierta. Su impacto depende de factores como preferencias culturales, precio o la implementación de otras medidas en publicidad, fiscalidad y acceso a alimentos frescos.

El mecanismo detrás del color: ¿simplificación o reducción?

El sistema, desarrollado bajo el Reglamento 1169/2011 del Parlamento Europeo, suma puntos positivos y negativos por cada 100 gramos o mililitros de producto. Jordi Salas-Salvadó, catedrático en nutrición de la Universidad Rovira i Virgili y líder de investigaciones en el CIBEROBN, recuerda que la Unión Europea llevaba tiempo insistiendo en la necesidad de definir perfiles nutricionales claros. “Las etiquetas tradicionales con listados de ingredientes y nutrientes eran difíciles de interpretar para el consumidor promedio”, explica. Este contexto justifica la proliferación de sistemas alternativos en Europa: Nutrinform Battery en Italia y Grecia, o el logotipo en forma de cerradura en los países nórdicos.

NutriScore, originado en Francia a partir de un modelo británico, se ha incorporado de manera no obligatoria en siete países de la UE. En España, su presencia en productos es progresiva desde 2021. Sin embargo, su aplicación es heterogénea y aún en evolución, según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan). Salas-Salvadó aclara un malentendido común: “Mucha gente cree que clasifica alimentos como buenos o malos, cuando en realidad sirve para comparar productos dentro de una misma categoría”.

Lo que esto revela es una brecha entre la intención del sistema y su comprensión pública. El etiquetado no evalúa alimentos frescos como fruta, verdura, carne o pescado, sino productos procesados y envasados, lo que limita su alcance en una dieta equilibrada.

Las grietas del algoritmo: del aceite de oliva a los ultraprocesados

La actualización del algoritmo en 2023 buscó corregir distorsiones, especialmente en grasas, aceites, frutos secos y semillas oleaginosas. La primera versión penalizaba al aceite de oliva virgen extra con una C por su contenido en grasas y calorías, generando controversia. Vanesa Cortés, nutricionista, señala que, aunque se han resuelto muchas dudas técnicas, la percepción pública sigue polarizada: “El sistema no distingue entre grasas saludables y no saludables porque se basa en la información global del producto”.

Un análisis de FITstore en 2025 a 16 referencias reveló que muchos productos obtenían una A o B a pesar de contener entre 16 y 24 gramos de azúcar por cada 100 gramos. Luis Cañada, fundador de la compañía, resume el problema: “El sistema no considera el tipo de azúcar añadido o natural, y las marcas pueden ajustar sus fórmulas para mejorar su calificación”. El algoritmo, de hecho, permite compensar un alto contenido de azúcar con el incremento artificial de fibra, el uso de proteínas añadidas o la reducción de grasas totales.

Desde una perspectiva analítica, esto expone una paradoja: un sistema diseñado para guiar al consumidor hacia opciones más saludables puede ser manipulado por la industria. Manuel Moñino, de la Academia Española de Nutrición, observa que la industria adopta NutriScore “cuando le favorece y lo rechaza cuando no”. Aun así, Salas-Salvadó reconoce que su implementación ha impulsado la reformulación de productos, quizás no por convicción, pero sí por el efecto arrastre de la competencia.

Las actualizaciones también endurecieron los criterios para bebidas, incluidos lácteos y yogures, lo que ha provocado movimientos estratégicos en grandes compañías. Danone, pionera en adoptar el semáforo, decidió retirar su apoyo, al igual que Nestlé, que anunció en mayo pasado que comenzaría a eliminar el sello de sus marcas locales en Suiza, donde tiene su sede central.

¿Es suficiente el etiquetado?

Manuel Moñino destaca otra limitación clave: NutriScore no incorpora el nivel de procesamiento industrial. En 2021, una cuarta parte de los ultraprocesados más vendidos en España tenían buena nota, lo que ha llevado a propuestas para combinar este sistema con un indicador de procesamiento. “Una buena puntuación de NutriScore combinada con otros elementos, como el nivel de procesamiento, podría mejorar el etiquetado frontal”, sugiere.

Las investigaciones, sin embargo, pintan un panorama matizado. Una revisión sistemática de Science Direct indica que, aunque NutriScore puede influir ligeramente en la selección de productos con menos grasas saturadas o sodio, sus efectos sobre los patrones reales de consumo y la salud a largo plazo son limitados en contextos de compra reales. En cadenas como Eroski, su adopción ha coincidido con un desplazamiento hacia productos más saludables, pero el consenso entre expertos es claro: “NutriScore no transforma ni sustituye las políticas estructurales necesarias para reducir la obesidad en España”, afirma Vanesa Cortés.

El ámbito institucional avanza en esa dirección. Los nuevos lineamientos ministeriales y autonómicos contemplan limitar productos ultraprocesados en desayunos, meriendas y máquinas expendedoras en las escuelas. Algunas comunidades, como La Rioja —que aplica medidas desde 2019— o Andalucía, con su programa de Promoción de la Alimentación Saludable en la Escuela desde abril de 2025, llevan la delantera. El Ministerio de Consumo, por su parte, ha regulado que la alimentación sea más sana en los comedores escolares y limitará los ultraprocesados en hospitales y residencias. “Los niños no solo aprenden en el aula, también lo hacen en el comedor”, subraya Cortés. Desde Aesan insisten en que este aprendizaje requiere un marco más amplio, incluyendo la regulación de la publicidad de alimentos insanos dirigida a menores.

El modelo chileno: advertencias directas en lugar de colores

A diferencia de NutriScore, el sistema de sellos de advertencia de Chile no clasifica en una escala de colores, sino que alerta directamente al consumidor cuando un producto es “Alto en” azúcar, sodio, grasas saturadas o calorías. Para Vanesa Cortés, se trata de “un enfoque menos interpretativo y más regulatorio”. Fernanda Mediano, de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, estudia cómo esta ley interactúa con la realidad: la exposición de niños y adolescentes a la publicidad digital, las lagunas en la protección de su alimentación y la necesidad de fortalecer estas políticas.

Mediano y su equipo analizaron el debate público alrededor de la Ley de Etiquetado, revisando más de mil artículos periodísticos entre 2007 y 2018. El estudio, publicado en International Journal of Environmental Research and Public Health, mostró que los discursos a favor y en contra de la ley compitieron en los medios, construyendo narrativas antagónicas sobre salud, economía y libertad de mercado. “Los sellos de advertencia no resuelven nuestros patrones culturales de alimentación de forma inmediata, pero son una herramienta que entrega información en un entorno saturado de marketing de alimentos no saludables”, indica.

A partir de abril de 2025, el gobierno chileno obliga a incorporar en la publicidad el nuevo sello “Evita su consumo”, una medida que ha generado tensiones en el sector de los ultraprocesados. Cuatro empresas, entre ellas Nestlé, presentaron recursos legales para revertir el decreto.

La pregunta clave ahora es si NutriScore, en su forma actual, puede ser suficiente. Su efecto será limitado si no se acompaña de regulación adicional en publicidad, disponibilidad de alimentos frescos, políticas fiscales y un algoritmo más robusto. “La solución no es eliminarlo, sino mejorarlo y acompañarlo de medidas más ambiciosas, inspiradas también en experiencias como la chilena”, concluye Cortés.

¿Podrá un semáforo, por muy bien diseñado que esté, competir con décadas de hábitos, marketing agresivo y una industria que prioriza el beneficio sobre la salud?

El desafío cultural: cuando el color choca con el hábito

Más allá de los algoritmos y las etiquetas, el verdadero obstáculo de NutriScore reside en su capacidad para penetrar en un ecosistema donde el precio, la tradición y el marketing dictan las decisiones de compra. Lo que esto revela es que, incluso con un sistema visualmente claro, la inercia de los hábitos alimenticios y la influencia de factores externos diluyen su impacto.

Desde una perspectiva analítica, el semáforo nutricional opera en un vacío si no se alinea con cambios estructurales. La preferencia por productos ultraprocesados —a menudo más accesibles y promocionados— no se corrige solo con información, sino con un entorno que facilite elecciones saludables. La paradoja es que, mientras NutriScore busca empoderar al consumidor, este sigue inmerso en un contexto donde la publicidad, la distribución y el coste juegan en su contra.

La heterogeneidad en su adopción por parte de las marcas añade otra capa de complejidad. Que su uso sea voluntario permite a la industria elegir cuándo y cómo aplicarlo, lo que puede generar desconfianza en el consumidor. Si un producto no lleva el sello, ¿es porque no cumple los criterios o porque la marca decidió omitirlo? Esta ambigüedad debilita su credibilidad como herramienta de guía.

La pregunta clave

¿Puede un sistema de etiquetado, por muy bien intencionado, transformar comportamientos arraigados sin un marco regulatorio que equilibre el terreno de juego? La respuesta parece depender menos del diseño del semáforo y más de la voluntad política para abordar las causas estructurales de una alimentación poco saludable.

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