Las fuerzas especiales de EEUU construyeron una réplica de la residencia de Maduro para entrenarse de cara a su detención

Maduro y yo | Opinión de Mario Garcés

“Vi un caimán muy singular, con cara de ser humano”. Y lo vi aparecer embutido en un traje gris perla en aquel auditorio de Quito, sacudiendo sus hombros junto a un séquito de generales que le abrían paso. Aquel octubre luciferino de 2016, el azar político me había llevado a presidir la delegación española en Hábitat III de la Organización de Naciones Unidas. Por eso, cuando irrumpió el caimán enverado por el pasillo de aquel edifico deslucido de congresos, me vino a la mente la letra del porro colombiano. “Algún día el caimán se irá para Barranquilla”, le dije a mi acompañante, que asintió complaciente mientras observamos el movimiento ondeante del caimán acercándose a donde nos encontrábamos.

“El presidente Maduro quiere saludarlo”, me espetó el embajador de España, advertido por un miembro de la delegación del presidente venezolano. Apenas acababa de ser informado del deseo del gran Nicolás, me encontré con la mole del poderoso caimán delante de mí, esbozando una sonrisa autosuficiente desde el vértice de su bigote de guardia civil clásico. “Encantado de conocerle, señor … Garcés”. El aligátor había hecho el esfuerzo de leer el rótulo donde figuraba mi nombre. Reconozco que estreché la mano del reptil, fría y escamosa como un pantano, y observé su hocico de hurón elevado sobre mi estatura. Sonrió, se giró y se marchó en dirección a la puerta. Diez años después, Barranquilla es una prisión federal de Brooklyn en Nueva York, la Jerusalén del nuevo milenio, donde deambulan judíos ultraortodoxos, hípsters vintage que han hecho de la bohemia un negocio, y afroamericanos que abandonaron Bronx y Harlem en busca de nuevos territorios.

Pasado el tiempo, recordaba con mi acompañante aquel día en que conocimos a Maduro. Y lo hacía en circunstancias ciertamente curiosas. Aquel hombre que se sentaba aquel día a a mi lado, diplomático de profesión, no sabía que un año después de aquel encuentro llegaría a ser el embajador de España en Venezuela. Y que, con el paso del tiempo, Jesús Silva llegaría a albergar a Leopoldo López más de un año en su residencia de embajador. “¡Quién nos lo iba a decir, Jesús!”, le escribí alguna noche desde Madrid mientras él ejercía de embajador y de anfitrión de una causa justa. Y Jesús me contestaba siempre con esa alegría vital de quien cree que la conciencia está por delante de los siervos de la gleba, sumisos del poder establecido. “¡Aquí estamos, Mario! Un día te contaré todo …”. Por desgracia, nunca me llegó a contar todo. Aquel hombre bueno, como otros diplomáticos españoles honestos en la historia, murió repentinamente el año pasado. Él no vio caer a Maduro. Los demás sí y le debemos el respeto necesario que merecen los valientes. 

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