Unos virus primitivos que se propagan por el genoma humano, nuevo motor del cáncer | Salud y bienestar

Virus ancestrales en nuestro ADN desencadenan cáncer agresivo | Salud

El cáncer representa el costo evolutivo de la existencia. Un tumor constituye la cara oculta de la vida, que secuestra los mecanismos genéticos para sobrevivir a cualquier precio, incluso si eso implica destruir al huésped. La ciencia ha demostrado que las neoplasias más agresivas alteran profundamente el genoma para volverse invencibles.

Una investigación publicada este jueves revela un mecanismo crucial detrás de las anomalías genéticas en tumores comunes como los de pulmón y colon. El cáncer desordena el libro de instrucciones humano: 3.000 millones de letras químicas distribuidas en 46 volúmenes cromosómicos. Borra, duplica o invierte secciones enteras, otorgándole ventajas sobre las células sanas.

El estudio, que aparece en Science, demuestra que parte de este caos genómico lo provocan parásitos genéticos que se autoinsertan en el ADN. Estos elementos, denominados transposones, fueron ignorados durante décadas hasta que Barbara McClintock ganó el Nobel en 1983 por describirlos.

Actualmente sabemos que estos fragmentos repetitivos participan en procesos vitales y enfermedades neurodegenerativas. Casi la mitad del genoma humano está compuesto por estos genes saltarines, todos ellos vestigios de antiguos virus.

Realmente no sabemos qué existió primero, si los virus o los transposones, explica José Tubío, biólogo del Centro de Investigación en Medicina Molecular de Santiago. Entraron en nuestro ADN hace millones de años y se quedaron atrapados. Son una fuente de mutaciones esencial para el sistema inmune, pero también para la enfermedad.

Tubío lidera el trabajo que ha descubierto por vez primera el papel protagonista de un tipo específico de transposón: Line-1 (L1), que representa el 17% de nuestro genoma. En 2020, su equipo demostró que estos elementos no eran simples pasajeros, sino conductores activos del cáncer.

Gracias a tecnologías que leen secuencias de 100.000 letras químicas, los investigadores han analizado tumores de pulmón, colon y cabeza-cuello. Examinaron 137 pacientes y se centraron en los 10 con mayor actividad de estos elementos móviles.

Desarrollaron el algoritmo MEIGA, que cuenta cuántas veces estos fragmentos se han copiapegado durante la evolución tumoral. Identificaron más de 6.400 inserciones, de las cuales 152 generaban cambios estructurales genómicos sin precedentes.

Por primera vez observaron el salto simultáneo de dos elementos L1 que provocan traslocaciones recíprocas. Es como si dos páginas de un libro se rompieran y permutaran fragmentos, con L1 actuando como adhesivo, describe Bernardo Rodríguez Martín, del Centro de Regulación Genómica.

El 65% de estos eventos ocurren en etapas tempranas, sugiriendo que la actividad de L1 genera la inestabilidad genómica inicial. Existe la posibilidad de bloquear estos genes usando antivirales similares a los del VIH, ya que ambos utilizan la enzima transcriptasa inversa.

El compuesto experimental TPN-101, que inhibe esta enzima, se está probando en pacientes con esclerosis lateral amiotrófica y alzhéimer. La Universidad de Rochester acaba de recibir 22 millones de dólares para investigar si reduce la inflamación del envejecimiento.

Ignacio Varela, bioquímico de la Universidad de Cantabria, enfatiza: Comprender cómo estas células adquieren mutaciones es crucial para detectarlas temprano y tratarlas eficazmente. Estos elementos han sido inaccesibles durante décadas por su complejidad, pero esta tecnología punta permite caracterizar sus sitios de integración.

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