Edificio destruido en Marwaniyeh (Líbano) tras bombardeo israelí que dejó 10 civiles muertos, incluyendo niños

“Netanyahu desafía a Trump: 10 muertos en Líbano tras ignorar el pacto de desescalada”

Un giro brutal en 24 horas. Israel bombardeó el sur del Líbano este martes, matando a 10 civiles —entre ellos dos niños y una estudiante universitaria—, apenas un día después de que Donald Trump anunciara un acuerdo de desescalada entre Israel y Hezbolá. El primer ministro Benjamín Netanyahu incumplió públicamente la mediación estadounidense, reafirmando su estrategia militar pese a las advertencias directas del expresidente: “Estás jodidamente loco“, le espetó Trump en una llamada telefónica.

La ofensiva israelí, ejecutada con drones y artillería, se centró en zonas civiles y objetivos estratégicos. La Defensa Civil Libanesa recuperó seis cuerpos entre los escombros de un edificio en Marwaniyeh, donde también rescató a tres heridos. Entre las víctimas, dos eran menores de edad, según el Ministerio de Salud Pública libanés. El ataque destruyó parcialmente el centro de operaciones de emergencia en Kfar Sir, dañando equipos médicos críticos, aunque sin causar víctimas adicionales en esta ubicación.

Víctimas con nombre: el costo humano de la escalada

Entre los fallecidos destaca Theodosia James Karam, una estudiante de la Universidad Libanesa que viajaba con sus padres hacia un examen universitario cuando su vehículo fue alcanzado por un misil cerca del puente Khardali. Los tres murieron al instante. Otra víctima mortal ocurrió en un ataque similar entre Harouf y Toul, donde un coche fue destruido, según la Agencia Nacional de Noticias del Líbano (ANN).

Los bombardeos no se limitaron a estas zonas. La ANN reportó ataques en Al Haniyeh, Ghandouriya, Nabatieh Al Fawqa, Kfar Ruman, Shoukin y Kfar Tebnit, donde la artillería israelí impactó áreas residenciales. Mientras, Hezbolá respondió con el lanzamiento de proyectiles contra un tanque israelí cerca de Haddatha, en un pulso que evoca los peores momentos de la guerra de 2006, cuando ambos bandos se enfrentaron durante 34 días dejando más de 1.200 muertos (mayoritariamente civiles libaneses).

Trump vs. Netanyahu: el fracaso de la diplomacia relámpago

El lunes, Trump anunció en su red social Truth Social que Hezbolá y Israel habían acordado reducir los combates. Horas después, Netanyahu desmintió los hechos con un mensaje en X (Twitter): “Si Hezbolá no cesa sus ataques contra nuestras ciudades y ciudadanos, Israel seguirá actuando contra objetivos terroristas en Beirut. Nuestra posición es firme“. La declaración, emitida tras su conversación con Trump, dejó en evidencia la fractura en la alianza Israel-EE.UU., históricamente sólida pero tensada por la guerra en Gaza (con más de 38.000 palestinos muertos desde octubre de 2023, según la ONU).

La llamada entre ambos líderes fue descrita por fuentes cercanas a Trump como “explosiva“. El expresidente, que busca reconstruir su imagen como mediador en Oriente Medio, habría presionado a Netanyahu para evitar una guerra regional que podría desestabilizar aún más la economía global —con el petróleo en máximos de 2024— y su propia campaña electoral. Sin embargo, el premier israelí, enfrentado a protestas internas por su gestión de la guerra y a una crisis de rehenes (aún quedan 120 secuestrados en Gaza), optó por la escalada militar como señal de fuerza.

¿Qué sigue? Diálogos en Washington con el conflicto en marcha

Pese a la violencia, este martes comenzaron en Washington D.C. una nueva ronda de negociaciones entre representantes libaneses e israelíes, mediadas por EE.UU. El objetivo: consolidar un alto el fuego permanente que evite una guerra abierta. Sin embargo, los analistas advierten de que, sin un cesar el fuego en Gaza —epicentro del conflicto—, cualquier acuerdo será frágil. Hezbolá, aliado de Hamás, ha condicionado su retirada a un fin de las hostilidades en la Franja, donde Israel mantiene operaciones terrestres.

El riesgo ahora es una espiral de represalias: Israel podría extender sus ataques a Beirut (como amenazó Netanyahu), mientras Hezbolá cuenta con un arsenal de 150.000 cohetes, según estimaciones de la CIA. Un conflicto abierto tendría consecuencias devastadoras: el Líbano ya sufre una crisis económica (con una inflación del 200% en 2023), y Israel enfrentaría un fuego en dos frentes (Gaza y Líbano), algo que ni siquiera ocurrió en la guerra de los Seis Días (1967).

Mientras, la comunidad internacional observa con alarma. La ONU ha pedido “contención inmediata“, y la UE advierte de un “punto de no retorno“. Pero en el terreno, las armas hablan más alto que la diplomacia. La pregunta ahora no es si habrá más víctimas, sino cuántas y hasta dónde llegará Netanyahu en su apuesta por la fuerza bruta.

Hezbolá y su arsenal: ¿Por qué Israel teme una guerra en dos frentes?

La escalada entre Israel y Hezbolá no es un conflicto aislado, sino el reflejo de una estrategia militar acumulada durante décadas por el grupo chií libanés. Mientras Netanyahu justifica sus ataques como respuesta a “amenazas terroristas”, los analistas señalan que Hezbolá ha transformado su capacidad bélica desde la guerra de 2006, cuando sus cohetes Fajr-3 y Zelzal (con alcances de 40-200 km) ya pusieron en jaque a Israel. Hoy, su arsenal supera los 150.000 proyectiles —según la CIA—, incluyendo misiles de precisión Kornet (capaces de destruir tanques a 5 km) y drones Ababil, usados en Siria e Irak. Lo más preocupante para Tel Aviv: el 10% de estos misiles pueden alcanzar cualquier punto de Israel, incluyendo Tel Aviv y sus infraestructuras críticas como la central eléctrica de Hadera.

La diferencia con 2006 es abismal. Entonces, Hezbolá lanzó unos 4.000 cohetes en 34 días; hoy, podría superar esa cifra en 72 horas, según un informe del Instituto para Estudios de Seguridad Nacional (INSS) israelí. Además, el grupo ha perfeccionado su táctica de “guerra de desgaste“: en lugar de ataques masivos, emplea salvas limitadas pero constantes para mantener a Israel en alerta máxima. Esto explica por qué, pese a los bombardeos israelíes, Hezbolá ha logrado reducir sus bajas a un 30% respecto a conflictos anteriores, según datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Su red de túneles —similar a la de Hamás en Gaza— y su integración con la población civil (con lanzaderas en zonas residenciales) complican los ataques selectivos de Israel.

El verdadero “joker” en este tablero es Irán. Teherán suministra a Hezbolá no solo armamento, sino también tecnología de guiado por GPS para misiles, como demostró el ataque con drones Shahed-136 contra objetivos israelíes en 2023. Si el conflicto escala, Irán podría activar a sus proxies en Siria (Fuerzas Quds), Irak (Kataib Hezbolá) e incluso Yemen (hutíes), abriendo un frente multirregional. Esto explicaría por qué, pese a su retórica belicosa, Netanyahu ha evitado hasta ahora atacar Beirut (bastión de Hezbolá): un error en la capital libanesa podría desencadenar una respuesta coordinada desde cuatro países.

La cuenta atrás: ¿Se repetirá el error de 2006?

En la guerra de 2006, Israel subestimó la capacidad de Hezbolá y pagó un precio alto: 165 soldados muertos, 4.000 cohetes impactando en su territorio y un daño reputacional del que tardó años en recuperarse. Hoy, con Hezbolá más fuerte y Gaza aún en llamas, una guerra en dos frentes sería catastrófica. Pero Netanyahu, acorralado por las protestas internas y la presión de la ultraderecha (que exige “victoria total”), podría calcular que un ataque contundente contra Hezbolá le daría oxígeno político. El problema: el 68% de los israelíes cree que el país no está preparado para un conflicto prolongado, según una encuesta de Channel 12 en mayo. Si la diplomacia falla esta semana en Washington, el Líbano —con su economía colapsada y 1,5 millones de refugiados sirios— se convertirá en el escenario de una guerra que nadie, ni siquiera Netanyahu, podrá controlar.

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