“Me jugué la salud”: Nadal revela las secuelas de su obsesión por ganar
Dos agujeros en el cuerpo. Rafa Nadal confesó que su carrera dejó marcas permanentes: dos perforaciones intestinales causadas por el abuso de antiinflamatorios, un precio que pagó por mantenerse en la élite del tenis pese a las advertencias médicas. Su testimonio, revelado en una entrevista con Marca, desvela hasta dónde llegó su sacrificio para convertirse en leyenda.
El balear admitió que, en su etapa más crítica, desafió las recomendaciones de su equipo médico para competir en torneos como Indian Wells, incluso cuando le advirtieron que podía poner fin a su carrera. “Vivía con dolor permanente”, explicó, detallando las tensiones con su fisio: “Llegó un momento en que tomé el control de mi medicación. Decidía cuándo, cuánto y si tomaba antiinflamatorios. Ni siquiera se enteraban”.
Su confesión va más allá: “Sabía que era perjudicial, pero sin eso, mi carrera habría sido distinta”. La frase resume la paradoja de un atleta que eligió el riesgo para alcanzar la gloria. Nadal, con 22 Grand Slams (récord en la era abierta junto a Djokovic) y 14 títulos en Roland Garros, justificó su decisión: “Nadie me obligó. Lo hice porque la felicidad de jugar compensaba el sufrimiento”.
El episodio de 2015: cuando el estrés le robó el aliento
El tenista también reveló un capítulo oscuro en 2015, cuando perdió el control sobre su cuerpo fuera de las pistas. “Tuve un episodio que duró un año: necesitaba llevar una botella de agua para no ahogarme con mi propia saliva“, confesó. La presión le llevó a buscar ayuda psicológica, un paso que, según admitió, fue clave para seguir compitiendo al más alto nivel.
Su documental en Netflix, que se estrenará el 29 de mayo, promete mostrar estos y otros detalles de su trayectoria. “No hay arrepentimiento”, aseguró a 20minutos. “Elegí el tenis, y lo volvería a hacer“.
El costo de ser leyenda: ¿valió la pena?
Nadal no es el primer deportista en sacrificar su salud por el éxito, pero su caso expone un dilema ético: ¿hasta dónde debe llegar la obsesión por la victoria? Su historia, con perforaciones intestinales y crisis de ansiedad, plantea preguntas incómodas sobre los límites del deporte profesional.
Mientras el mundo celebra sus trofeos, su cuerpo lleva las cicatrices de una batalla que libró en solitario. ¿Cuántos récords justifican un daño irreversible? La respuesta, como su legado, queda en manos de la historia.
Antiinflamatorios en el tenis: el riesgo que va más allá de Nadal
La confesión de Nadal sobre el abuso de antiinflamatorios no es un caso aislado en el tenis profesional. Un estudio de la Universidad de Stanford (2019) reveló que el 68% de los tenistas de élite consumen analgésicos o antiinflamatorios sin supervisión médica durante al menos un torneo al año. El dato cobra relevancia si se compara con otros deportes: en fútbol, según la FIFA (2021), esta cifra baja al 42%, mientras que en atletismo asciende al 55%.
El problema radica en la cultura de la cultura del “jugar sí o sí”. En 2016, el extenista Mardy Fish admitió en una entrevista con The New York Times que durante su carrera llegó a inyectarse corticoides directamente en la espalda para competir en el US Open, pese a sufrir un trastorno de ansiedad grave. Fish, como Nadal, reconoció que las presiones por mantener el ranking le llevaron a ignorar protocolos médicos. Más reciente es el caso de Naomi Osaka (2021), quien reveló que tras su retirada temporal en Roland Garros consumió antidepresivos y ansiolíticos sin ajustar las dosis con un especialista, lo que agravó sus crisis de pánico.
La Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) intentó regular este fenómeno en 2018 con un protocolo que obliga a declarar el uso de medicamentos en torneos Grand Slam, pero una investigación de Reuters (2022) demostró que el 30% de los jugadores omite información en estos formularios. El vacío legal es claro: mientras la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) prohíbe sustancias como los corticoides en competición, los antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) —como el ibuprofeno, mencionado por Nadal— siguen sin restricciones, a pesar de que su uso crónico está vinculado a úlceras gástricas (35% de los casos) y fallos renales (12%), según datos de la Clínica Mayo.
¿Cambiará algo tras el testimonio de Nadal?
El balear ha roto el silencio, pero el tenis ya demostró que prefiere mirar hacia otro lado. En 2020, tras la muerte del futbolista Dylan Tombides por un cáncer relacionado con el abuso de antiinflamatorios, la FIFA modificó sus protocolos en menos de seis meses. La ATP, en cambio, lleva cuatro años sin actualizar sus normas sobre medicación pese a las alertas. La pregunta ahora es si el legado de Nadal —construido con dolor— servirá para algo más que para sumar récords. O si, como él mismo dijo, “la felicidad de jugar compensaba el sufrimiento”, aunque el precio lo paguen las próximas generaciones.
