Laurence Joseph: “El silencio enseña a escuchar, una habilidad escasa en la era del ruido”
Igual que existen múltiples sonidos, también hay variedades de silencio. Algunos protegen a la víctima; otros amparan al victimario. Pueden convertirse en un nudo cuando guardan un secreto vergonzante o en una omertá cómplice. En nuestra sociedad hiperconectada y estruendosa, el silencio se vuelve un lujo: cristales insonorizados, auriculares antirruido, retiros de meditación. Pero también puede convertirse en una intemperie, un espacio desprotegido para quien carece de interlocutor. De todo ello habla Laurence Joseph (Le Mans, 1980) en Nuestros silencios, por qué callamos (Gatopardo, 2026).
Joseph trabaja el silencio. Es psicóloga clínica y psicoanalista y, como relata en su ensayo, solo ante el mutismo del otro puede alguien empezar a narrarse. Lo denomina escucha silenciosa: callar para que la persona explore y desarrolle su discurso. «Detenerse a veces significa aprender a escuchar, algo bastante infrecuente en la actualidad», afirma en videollamada desde París. El libro se apoya en más de dos décadas de consulta y combina casos clínicos con mitología, literatura y filosofía para cartografiar los silencios individuales y colectivos.
La autora comienza por los más dolorosos e incómodos: «He atendido a muchos pacientes, sobre todo niños, víctimas de incesto o abuso sexual. El silencio que rodea a menores, adolescentes y mujeres obedece a la imposibilidad de ser escuchados». Sin embargo, cree que algo cambia. Cita el éxito de El Consentimiento, donde Vanessa Springora relata, a los 14 años, su relación con Gabriel Matzneff, de 50, y denuncia la connivencia social con un pederasta celebrado en las letras.
«Creo en el poder del ejemplo para que las personas se expresen; el relato de la vergüenza posibilita transformaciones», señala. «Que figuras públicas hablen demuestra que estos testimonios se escuchan y produce un efecto dominó. A través de esas historias mediáticas descubrimos nuestro potencial para compartir secretos y modificar nuestra relación con la vergüenza. La historia del #MeToo es fascinante en ese sentido».
Fue Roland Barthes quien dijo que el silencio es neutro; luego las personas lo manipulan para darle sentido e incluso contenido político. «Así, el silencio no es mera ausencia de sonido ni pausa pasiva, sino un acto cargado de significado». Joseph cree que venimos de años de silencio político y que denuncias como la de Springora empiezan a romperlo.
Procesos de reparación como los de los abusos en la Iglesia católica española evidencian ese antiguo silencio que deja de serlo. Existe un mutismo social que cobija secretos individuales; al pinchar la burbuja colectiva, las historias emergen una tras otra.
Pero Nuestros silencios no se queda en la ausencia de palabras que envuelve al trauma. Analiza la necesidad de silencio en un mundo especialmente ruidoso. Las redes sociales nos invitan a opinar sobre todo; esa actitud se extiende al trabajo —demasiadas reuniones— y al ocio —millones de canales— generando una sobrecarga informativa que nuestro cerebro no está preparado para gestionar.
La autora traza un arco generacional: para una madre, el silencio puede ser una bendición; para una abuela, suele asociarse a soledad. «Pensé mucho en mi abuela mientras escribía: más de 90 años, sola en casa. Si no la llamaba, no hablaba con nadie en todo el día. Me preguntaba cómo sería un día completo sin ruido, en el silencio absoluto de la soledad».
Joseph habla de hijos, abuelas y padres. El silencio es inherente a la familia: hay secretos que protegen y que solo se comparten en la intimidad del clan. «La capacidad de guardar secretos sobre la muerte, la enfermedad, los orígenes o la sexualidad puede ser el núcleo ético de un grupo».
La sexualidad también ocupa un lugar central. «Entre los nombres secretos sobresale siempre el del ser amado». Homosexualidad, infidelidades, diferencias de edad o castas… «Algunos nombres resultan impronunciables durante tiempo o para siempre. ¿Qué sucede con una aventura sin testigos? ¿Se vuelve más intensa o se disipa antes como una quimera? ¿El secreto aviva las palabras susurradas en la intimidad?».
Para ilustrarlo, cita a la protagonista de Pura pasión, de Annie Ernaux, que acepta el silencio de su relación con un hombre casado, extranjero y más joven; cuerpos que se comunican sin compartir idioma.
«Toda la infelicidad del hombre se reduce a una sola cosa: no saber quedarse en silencio en una habitación». La frase es de Blaise Pascal y la recupera Joseph. «Sí, pero Pascal olvida la importancia de los demás —matiza—; me recuerda a Virginia Woolf y Una habitación propia. Pascal apela a la oración, la fe, la meditación; tiene una visión más masculina. Woolf parte de otro lugar: ve los momentos de soledad como una bendición, quizá porque las mujeres accedemos a ellos más tarde».
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