La virtud eleva la felicidad, pero el exceso de amabilidad puede dañar el bienestar
Reto diario: atravesar las horas con compasión hacia el dolor ajeno y paciencia ante quienes nos resultan irritantes. Según una investigación publicada en diciembre en el Journal of Personality, entrenar deliberadamente la compasión y la tolerancia puede, en un primer momento, despertar emociones desagradables. No obstante, al llegar la noche es probable que nos durmamos más plácidos que si hubiéramos ignorado el sufrimiento ajeno o nos hubiéramos irritado al primer desacuerdo.
El trabajo, dirigido por Michael Prinzing, añade pruebas a una línea de estudio muy activa en EE UU que explora la conexión entre virtud y bienestar. Se trata de aportar evidencia científica a una idea que Aristóteles planteó hace siglos y que, con matices, aparece en casi todas las culturas. Aunque pensadores como Nietzsche la criticaron, la intuición popular sostiene que obrar bien fertiliza la felicidad. Ahora los datos empíricos empiezan a respaldar lo que durante milenios fue solo una aspiración moral.
Prinzing investiga en la Universidad Wake Forest de Carolina del Norte, uno de los múltiples laboratorios surgidos para desentrañar cómo ser mejor persona influye en sentirse mejor. Otro ejemplo es el Centro para Mentes Sanas de la Universidad de Wisconsin. Su colaboradora honoraria Pelin Kesebir resume: “Las evidencias son consistentes en distintas edades y culturas. En estudios transversales y longitudinales aparece el mismo patrón: quienes cultivan virtudes reportan mayor satisfacción y emociones positivas”.
Kesebir explica por qué la bondad quedó marginada durante décadas en la investigación sobre salud mental: rechazo a lo que parecía moralina, dificultad para medir constructos tan subjetivos como la generosidad o la honestidad, y la tradicional orientación patologista. “Se estudiaba lo que falla, no lo que funciona”, señala. La psicología positiva, a finales de los noventa, rompió ese sesgo.
Desde el Programa para el Florecimiento Humano de Harvard, Tyler VanderWeele marca como hito la publicación en 2004 de Character Strengths and Virtues de Seligman y Peterson. “Fue un avance esencial; pasamos a tener un mapa para explorar empíricamente la relación entre carácter virtuoso y bienestar”, afirma.
VanderWeele codirige tres estudios que cruzan fomentar el bien (justicia, gratitud, templanza) con mayor felicidad (menos ansiedad y depresión, más sentido y menos soledad). Participantes estadounidenses y mexicanos evaluaron sus virtudes y salud mental en el primer estudio; se añadieron diagnósticos de depresión en el segundo; e Indonesia se incorporó en el tercero. En todos los casos, “buscar hacer lo correcto se asocia a mejor bienestar psicoemocional”, concluye VanderWeele.
Kesebir añade que la relación es “preventiva y curativa”: la amabilidad y la gratud actúan como armadura y como medicina cuando aparece la angustia.
Sabiduría práctica
VanderWeele advierte que la autoevaluación puede sesgar resultados, “pero incluso así los cuestionarios aportan información valiosa”. Estudios con evaluadores externos, como un experimento con estudiantes y trabajadores chinos, confirman la conclusión: las personas virtuosas suelen ser más felices.
Las dinámicas, sin embargo, son complejas. A veces la depresión anula la capacidad de ser benévolo; a veces el buen humor y la buena conducta se refuerzan mutuamente creando un círculo virtuoso.
Además, los promedios ocultan matices: “Ciertas virtudes pueden incrementar el sufrimiento. Ayudar a otros puede implicar sacrificio, y quienes son muy empáticos pueden sentir el dolor ajeno como propio”, recuerda VanderWeele.
Shane McLoughlin, investigador del Centro de Virtudes y Carácter de la Universidad de Birmingham, recomienda “no descuidar el autocuidado para lograr un equilibrio entre nuestro bienestar y el de los demás”. Tratarse con ternura no es egoísmo, sino repartir justamente la virtud.
McLoughlin rechaza ideales absolutos: “Fijar metas perfectas genera sentimientos de fracaso”. Propone un camino personalizado que admita la diversidad de capacidades y contextos. “Podemos fomentar estilos de vida virtuosos sin imposibles ni uniformes; siempre hay margen para hacer un poco más de bien”.
Ante dilemas como sinceridad versus amabilidad, aconseja tirar de la phronesis aristotélica: la sabiduría práctica que ajusta las virtudes a cada situación concreta.
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