El presidente Trump y el poder absoluto

Trump y la tentación del poder sin límites

El dominio sin controles constituye una rareza histórica que choque con la esencia humana y, como muestra la Revolución Francesa de 1789, acostumbra a concluir en desastre. Roma existió como república antes de mutar en imperio. La leyenda artúrica, surgida hace quince siglos, retrata al soberano repartiendo autoridad con sus caballeros en una mesa redonda, sin asiento principal. Las Cortes de León, en 1188, inauguraron el parlamentarismo medieval que hoy, real o aparentemente, gobierna cada rincón del planeta… aunque parece desvanecerse en el país que se jactaba de ser la antorcha del mundo libre.

Tras el rechazo de la Corte Suprema estadounidense a su política arancelaria, el mandatario Trump legó a la historia esta frase: “Puedo arrasar una nación, pero no cobrarle diez dólares”. El problema es que el magnate confía en sus propias palabras. Considera que, para “Make America Great Again”, puede aniquilar a cualquier Estado. Seguramente le resulta inadmisible que ni el derecho internacional —que desprecia— ni la Constitución de EE.UU., que con sabiduría reserva al Congreso la declaración de guerra, le reconozcan tal facultad.

Trump, genio y figura, no permitirá que ninguna ley woke le impida cumplir su cometido. Si declarar la guerra excede su competencia constitucional, la solución es sencilla: no declararla. Lo observamos en Irán hace ocho meses y en Venezuela hace ocho semanas. Quizás, para mantener la simetría numérica, lo volvamos a ver en la República Islámica dentro de ocho días.

Mientras Trump deshoja la margarita, propongo al lector un símil. Cuando en 2003 el presidente Bush invadió Irak, intentó —sin lograrlo— obtener el respaldo de la ONU. No olvido el bochornoso debate en el Consejo de Seguridad donde el secretario de Estado Colin Powell —la única mancha en la trayectoria de un gran militar— presentó las “pruebas” de que Saddam Hussein incumplía las resoluciones que lo obligaban a desmantelar sus programas de armas de destrucción masiva. Las evidencias parecían tan frágiles que pocos nos sorprendimos cuando todo resultó falso.

Bush tuvo más éxito en casa. Tanto el Congreso como el Senado —este último de mayoría demócrata— autorizaron el uso de la fuerza en Irak por amplias mayorías, cercanas a los dos tercios de cada cámara.

Evidentemente, esos frenos no sirvieron de mucho. La invasión, que generó protestas masivas en capitales europeas, se produjo igual. No obstante, Bush al menos simuló respetar la Carta de la ONU y la Constitución de EE.UU. Incluso acudió personalmente a la Asamblea General de la ONU para justificar sus actos.

Dos décadas después, la Casa Blanca responde sobre el ataque a Irán que “el presidente dedica mucho tiempo a pensar en esto”. ¿Debería tranquilizarnos saber que, al menos esta vez, no actuará impulsivamente y meditará seriamente la decisión?

No sé qué opinará el lector, pero a mí todo esto me recuerda lo que podría responder Luis XIV de Francia —el de “el Estado soy yo”— a sus súbditos, justificadamente preocupados por una nueva guerra con España. Y, desde luego, me inquieta. Como dije al principio, los episodios de poder absoluto casi siempre acaban mal.

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