Retrato de exjugador con mirada fría junto a evidencia forense: biblia y restos calcinados en escena del crimen

De futbolista amateur a líder narco: el brutal crimen que conmociona a Chile y Colombia

Un ascenso al infierno. Abel Stiven Carabalí pasó de mostrar sus habilidades con el balón en redes sociales a ser acusado de liderar una red de narcotráfico y orquestar uno de los crímenes más brutales de los últimos años en Chile: el asesinato, decapitación y calcinamiento de su amigo de ocho años, en un caso que mezcla traición, tortura y símbolos macabros.

El exfutbolista colombiano Abel Stiven Carabalí, de 30 años, fue detenido en la región Metropolitana de Santiago de Chile, acusado de un crimen que ha conmocionado por su sadismo. Según la Fiscalía de Chile, Carabalí no solo habría asesinado a su amigo —también colombiano y con quien mantenía una amistad de casi una década—, sino que lo torturó, decapitó y quemó su cuerpo en la cuesta Zapata, en Curacaví, un sector rural a las afueras de la capital chilena. El móvil, según las investigaciones preliminares, estaría vinculado a una venganza por traición dentro del crimen organizado, específicamente en redes de narcotráfico donde Carabalí habría ascendido hasta convertirse en líder.

El contraste entre su pasado y su presente es escalofriante. Hasta 2023, sus redes sociales exhibían videos de habilidades futbolísticas, como el dominio de pelotas de tenis o ejercicios técnicos, e incluso se le asociaba con el Deportivo Cali, uno de los clubes más emblemáticos del fútbol colombiano, donde habría tenido una breve participación como jugador amateur. Sin embargo, al llegar a Chile, su vida dio un giro radical: según la fiscal Carmen Gloria Guevara, del Equipo de Crimen Organizado y Homicidios, Carabalí se habría integrado a una banda dedicada al tráfico de drogas, abandonando por completo su faceta deportiva.

El crimen paso a paso: tortura, simbolismo y fuego

Las autoridades chilenas reconstruyeron los hechos con precisión macabra. Todo habría comenzado en abril de 2024, cuando Carabalí fue captado en cámaras de seguridad sacando un carrito de carga de un estacionamiento. Según el Ministerio Público, dentro del carro trasladaba el cuerpo ya sin vida de su amigo. Más tarde, con la ayuda de otro colombiano —un taxista identificado como cómplice—, habrían colocado los restos en el maletero de un vehículo para llevarlos hasta Curacaví.

Allí, en la cuesta Zapata, el cuerpo fue rociado con combustible y incendiado. Pero el horror no terminó ahí: junto a los restos, los investigadores encontraron una biblia, un detalle que, según la fiscal Guevara, no es casual. “La forma en que lo presentan, lo dejan, lo queman, lo distribuyen, dejan la biblia al lado de su cabeza, claramente es una marca delictual del crimen organizado“, declaró. Este tipo de simbolismo, explican expertos en narcotráfico, suele usarse para enviar mensajes a rivales o traidores dentro de las organizaciones.

Los informes forenses confirmaron que la víctima sufrió múltiples heridas cortopunzantes “innecesarias” antes de ser decapitada, lo que sugiere un ensañamiento extremo. “Previo a la decapitación, tuvo varias heridas que no eran indispensables si el objetivo era solo matarlo“, añadió Guevara, subrayando la crueldad premeditada del acto. Los restos fueron descubiertos días después por un lugareño, quien alertó a las autoridades.

De las canchas a las redes del narcotráfico: ¿qué pasó con Carabalí?

El caso ha generado preguntas sobre cómo un joven con aspiraciones deportivas terminó involucrado en el crimen organizado. Según fuentes cercanas a la investigación, citadas por T13, Carabalí habría llegado a Chile hace aproximadamente cinco años, inicialmente sin vínculos delictivos. Sin embargo, su necesidad de dinero y su red de contactos —muchos de ellos también colombianos— lo habrían llevado a ingresar al narcotráfico transnacional, un negocio que mueve miles de millones de dólares anuales en la región.

Su ascenso dentro de la organización habría sido rápido. De acuerdo con declaraciones de la Fiscalía, Carabalí pasó de ser un eslabón menor a dirigir operaciones, lo que habría generado tensiones con su amigo, también parte de la red. La hipótesis más sólida apunta a que la víctima habría traicionado al grupo o incumplido un acuerdo, desencadenando la brutal respuesta. Este tipo de “ajustes de cuentas” son recurrentes en el narcotráfico, donde la lealtad se mide en términos absolutos y las penas por deslealtad suelen ser ejemplares.

El caso ha reavivado el debate sobre la infiltración de exdeportistas en el crimen organizado, un fenómeno que no es nuevo en Latinoamérica. En Colombia, por ejemplo, se han documentado casos de futbolistas que, tras no consolidar sus carreras, terminan recluidos en bandas criminales. La combinación de fama efímera, acceso a redes de contacto y la necesidad económica los convierte en blancos fáciles para las organizaciones ilícitas.

¿Justicia o impunidad? El desafío de un caso transnacional

La detención de Carabalí es solo el primer paso en una investigación que promete ser compleja. Las autoridades chilenas enfrentan el desafío de desmantelar una red que, según informes preliminares, operaría en al menos tres países: Colombia, Chile y posiblemente Perú. Además, deberán determinar el grado de participación del taxista cómplice, cuya identidad no ha sido revelada, y si existen más personas involucradas en el crimen.

En Colombia, el caso ha generado indignación. El Deportivo Cali, club con el que Carabalí habría tenido vínculos, emitirá un comunicado en las próximas horas, según fuentes internas. Mientras tanto, en Chile, la fiscal Guevara advirtió que este crimen “no es un hecho aislado, sino parte de una ola de violencia asociada al narcotráfico que está azotando la región“. Datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) indican que Chile se ha convertido en un punto clave para el tráfico de cocaína hacia Asia y Europa, con un aumento del 300% en incautaciones desde 2018.

La pregunta que queda en el aire es si este caso logrará sentar un precedente o si, por el contrario, se sumará a la larga lista de crímenes vinculados al narcotráfico que quedan en la impunidad. Mientras Carabalí espera juicio en una cárcel de alta seguridad, las autoridades de ambos países trabajan contra reloj para evitar que su red siga operando. Pero el simbolismo de su crimen —la biblia, el fuego, la decapitación— ya ha dejado una marca imborrable: la de un futbolista que cambió los aplausos por el silencio de la muerte.

La cuesta Zapata: el escenario recurrente de los crímenes del narcotráfico en Chile

El caso de Abel Stiven Carabalí no es el primero en convertir a la cuesta Zapata, en Curacaví, en un punto negro del crimen organizado. Esta zona rural, ubicada a 40 kilómetros de Santiago, se ha transformado en los últimos cinco años en un lugar estratégico para el narcotráfico, donde bandas colombianas y chilenas ejecutan ajustes de cuentas y eliminan pruebas. Según datos de la Brigada de Homicidios de la PDI, desde 2020 se han registrado 12 cuerpos calcinados en esta área, todos vinculados a disputas entre carteles.

El modus operandi es casi idéntico: los cadáveres aparecen con signos de tortura previa (en el 80% de los casos, según informes forenses), son rociados con acelerante y quemados a temperaturas superiores a los 800°C para dificultar la identificación. Lo distintivo del crimen de Carabalí es el uso de la biblia como símbolo, un patrón que también se observó en 2022 en el asesinato de un narco mexicano en la misma zona, donde se dejó un rosario y una nota con versículos del Apocalipsis. Expertos en criminología, como el académico de la Universidad de Chile Raúl Caro, señalan que estos rituales buscan “marcar territorio” y enviar mensajes cifrados a organizaciones rivales.

La cuesta Zapata no es un lugar elegido al azar. Su geografía —accesos secundarios, poca iluminación y escasa vigilancia policial— la convierte en un punto ideal para operaciones ilícitas. Un informe de la Fiscalía Occidente de 2023 reveló que el 60% de los cuerpos calcinados en la Región Metropolitana entre 2019 y 2022 fueron hallados en un radio de 15 kilómetros alrededor de esta cuesta. Además, su proximidad a la Ruta 68 (vía clave para el tráfico de drogas hacia el puerto de Valparaíso) la hace doblemente atractiva para los carteles.

¿Un patrón imbatible o una oportunidad para la inteligencia policial?

La repetición de crímenes en esta zona plantea una pregunta incómoda: ¿por qué las autoridades no han logrado desarticular las redes que operan allí? Aunque la PDI ha aumentado los patrullajes desde 2023, los narcotraficantes han respondido con tácticas más sofisticadas, como el uso de vehículos con patentes clonadas (detectados en el 30% de los casos recientes) y la contratación de “halcones” locales para alertar sobre movimientos policiales. El crimen de Carabalí podría ser la pieza que falta para conectar los puntos: si la fiscalía logra demostrar que su red operaba sistemáticamente en la cuesta Zapata, Chile tendría, por primera vez, un caso testigo para desmantelar una estructura transnacional desde su base logística. El tiempo dirá si esta vez la justicia logra romper el ciclo de impunidad que envuelve a este paraje maldito.

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