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	<title>Alimentos adelgazantes archivos -</title>
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		<title>La moda de dietas virales y ‘superalimentos’ choca con la ciencia: importa qué comemos, pero también cómo, cuándo y por qué lo hacemos &#124; Salud y bienestar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manuel Castellano]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 14 Mar 2026 05:50:07 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>La nutrición está de moda. Más que nunca, en la calle se habla de superalimentos,</p>
<p>La entrada <a href="https://titulares360.com/la-moda-de-dietas-virales-y-superalimentos-choca-con-la-ciencia-importa-que-comemos-pero-tambien-como-cuando-y-por-que-lo-hacemos-salud-y-bienestar/">La moda de dietas virales y ‘superalimentos’ choca con la ciencia: importa qué comemos, pero también cómo, cuándo y por qué lo hacemos | Salud y bienestar</a> se publicó primero en <a href="https://titulares360.com"></a>.</p>
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<div data-dtm-region="articulo_cuerpo">
<p class="">La nutrición está de moda. Más que nunca, en la calle se habla de <i>superalimentos</i>, de<i> real food</i>, de dietas detox o de ayuno intermitente. La cultura del bienestar gana terreno y, aunque eso a priori puede ser favorable en términos de salud, la avalancha de información (y desinformación) nutricional que circula por las redes, con modas efímeras, gurús virales y dietas imposibles, corre el riesgo de distorsionar (y simplificar) la evidencia científica sobre una verdadera alimentación saludable.</p>
<p class="">Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Bases Fisiológicas de la Nutrición en la Universidad de Murcia, considera que se ha formado “un auténtico caos informativo”. “La nutrición se ha convertido en un dogma de esto es malo y esto bueno, cuando las cosas no tienen por qué ser totalmente malas ni totalmente buenas. Se está generando una situación bipolar y extrema”, reflexiona. Como si fuese cuestión de fe, el mundo se posiciona entre gluten sí o no, lactosa bien o mal, a favor o en contra de los carbohidratos, amigos o enemigos de la carne roja. Pero la nutrición, advierte, es mucho más compleja que todo eso.</p>
<p class="">“No hay que endiosar alimentos. La dieta es un conjunto de ellos, una forma de vida”, matiza. E importa qué se come, pero también cuándo, cómo y por qué lo hacemos.</p>
<h2 class="">Qué comemos</h2>
<p class="">Los mejores alimentos acostumbran a ser frescos, de proximidad y de temporada. “Porque son saludables para los humanos y sostenibles para el planeta”, conviene Garaulet. </p>
<p class="">Hay unas directrices que son indiscutibles para la ciencia, como el patrón de dieta mediterránea. Primar el consumo de frutas y verduras, la fibra y la proteína vegetal, además de la ingesta moderada de carne (poca roja) y pescado y el apoyo fiel de aceite de oliva virgen extra, son las bases más fiables de una alimentación saludable. También minimizar el consumo de alimentos procesados o ricos en grasas saturadas, y las bebidas azucaradas o con alcohol, abunda Violeta Moizé, dietista y nutricionista del Hospital Clínic de Barcelona.</p>
<p class="">Un estudio que analizó cinco dietas saludables, todas más o menos alineadas a estos principios (estaba la mediterránea, pero también una especial contra la hipertensión, otra contra la diabetes y otra vegetariana), concluyó que pueden alargar la vida hasta dos años. “Son como diferentes rutas de senderismo que conducen a la misma cima de la buena salud”, explicaba el investigador Liangkai Chen, autor de la investigación.</p>
<p class="">Fuera de esos principios comunes y elementales, la evidencia científica baila entre la solvencia limitada, los mitos, las creencias y las modas. Moizé alerta contra “la desinformación de los influencers y los mensajes simplistas y reduccionistas”: “Hay que dejar de enredarnos en cosas sin evidencia y centrarnos en lo que sabemos y en hacer pequeños cambios para llevarlo a la realidad”, anota. </p>
<p class="">El antropólogo Marco Capocasa apunta en <a target="_blank" href="https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S2405457726000422" target="_self" rel="" title="https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S2405457726000422">un artículo </a>que “la desinformación nutricional representa un desafío significativo para la salud pública, ya que influye en la elección de alimentos y socava la confianza en las recomendaciones científicas”. Y pone ejemplos de mitos que se han incrustado en el imaginario colectivo: como que la sal de colores es más saludable que la blanca tradicional; que la bromelina, un complejo enzimático presente en el tallo de la piña, tiene propiedades quemagrasas; o que el azúcar moreno tiene más valor nutricional que el blanco. No hay evidencia científica para validar ninguna de esas afirmaciones.</p>
<h2 class="">Cuándo comemos</h2>
<p class="">“Estar continuamente comiendo no es bueno. Tiene que haber momentos de ayuno e ingesta”, avanza Garaulet. El ser humano tiene una especie de reloj central que pone en hora al organismo y prepara a las células para lo que va a venir, como comer al mediodía o irse a dormir por la noche. “Nuestro reloj interno necesita saber qué hora es, tiene que sincronizarse, y lo hace con la luz, el sueño, las horas de las comidas, la actividad física y la vida social. Si comes a la hora de dormir, le estás diciendo a tu cuerpo que es de día”, explica la experta.</p>
<p class="">Y esos desajustes tienen impacto en la salud. Los científicos han descubierto que <a target="_blank" href="https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/36357259/" rel="">no desayunar</a> se asocia, por ejemplo, con más riesgo de obesidad, y cenar tarde también está vinculado a un incremento de peso. “Nosotros estamos hechos para comer por el día y, cuanto más alejado del sueño, mejor”, expone Garaulet. </p>
<p class="">En el contexto de cuándo comemos, ha cogido vuelo la moda del ayuno intermitente para perder peso. Es un patrón alimentario que alterna periodos de ingesta y abstinencia: desde dejar de comer dos días (alternos) a la semana hasta concentrar las comidas en ocho horas al día y ayunar el resto. Se le atribuyen beneficios, pero en la comunidad científica hay mucha controversia. Entre otras cosas, porque el grueso de la evidencia viene de la experimentación animal, que no siempre termina replicándose en humanos.</p>
<p class="">Algunos estudios apuntan a que mejora la salud metabólica y ayuda a bajar de peso, pero los datos no son concluyentes. De hecho, la revisión científica más grande sobre el tema ajustó hace pocas semanas las expectativas y concluyó que no es mejor que una dieta hipocalórica convencional para perder peso.</p>
<p class="">La falta de investigaciones a lar­go plazo en humanos, además, lastra la capa­cidad para hacer recomendaciones. Y pesan también sus potenciales riesgos, que los hay. Un ejemplo: como son muchas horas sin comer, en una persona con una mala relación con la comida, ese ayuno puede generarle ansiedad y terminar haciendo atracones en las horas de ingesta. </p>
<h2 class="">Cómo comemos</h2>
<p class="">Hay que poner atención en el acto de comer, recomiendan los expertos. “Y está sucediendo que, de forma masiva, no estamos donde tenemos que estar cuando comemos”, lamenta Garaulet. Ni prestamos atención al comer ni dedicamos tiempo al cocinar, preliminares esenciales de una dieta saludable. “En España, estamos perdiendo la dieta mediterránea clásica porque no es viable. Tendríamos que tener una persona en casa haciéndonos la comida” para poder seguirla correctamente, lamenta la experta. </p>
<p class="">Los ritmos de trabajo y las dinámicas sociales modernas dificultan replicar los patrones tradicionales de tiempo en la cocina que cimentaban las bases de la dieta mediterránea. Con la prisas de las vidas frenéticas, la cocina no es prioritaria y las decisiones alimenticias corren el riesgo de ser peores, avisa Moizé: “Hay que intentar planificar porque así no improvisas, que eso te lleva más a elecciones menos saludables”.</p>
<p class="">El cómo comemos tiene que ver también con el efecto que esa ingesta tiene sobre el organismo, anota Garaulet. Porque no es lo mismo comer sentado a la mesa tranquilamente y prestando atención al plato que hacerlo deprisa y corriendo, delante del ordenador, en el trabajo, con la cabeza en otra parte. “Al comer rápido, a tu sistema digestivo no le da tiempo a saber qué está comiendo y no hay un mecanismo fisiológico que te ayude a parar. Tenemos mecanismos de saciedad, pero si no le das tiempo, no responden y no paras”, argumenta.</p>
<h2 class="">Por qué comemos</h2>
<p class="">Teóricamente, por hambre. Pero no siempre es así. A veces, es un acto de regulación emocional. “Hay que darle el lugar que tiene a la comida: hay que disfrutar, pero no enmascarar problemas con la comida. Aunque esto es muy complejo porque la gente que hace esto no lo elige”, reflexiona Moizé.</p>
<p class="">Según explicaba en una tribuna en EL PAÍS Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco, eso se conoce como “alimentación emocional”, un mecanismo “para hacer frente a emociones negativas, como la ansiedad, la rabia, el aburrimiento o la soledad”. </p>
<p class="">“A veces, la alimentación emocional reviste formas más sutiles, como en el caso de la obsesión por la comida sana y biológicamente pura, que ocupa el espacio central de los pensamientos y sentimientos de la persona. Se llega a hacer una mística de la comida y a convertirla en el centro de la vida. Se trata en este caso de una preocupación insana por la comida sana”, incide el científico.</p>
<p class="">Coincide Garaulet en esa presencia creciente de la culpa en las narrativas nutricionales: “Hay gente que toma aguacate, cúrcuma o jengibre para quitarse el sentimiento de culpa por comer mal. Y no puede ser eso”. Es tan peligroso endiosar alimentos como culpabilizarse por consumir otros menos saludables. Implica, en ambos casos, una mala relación con la comida.</p>
</div>
<p><a>Referncia de contenido</a><a href="https://elpais.com/salud-y-bienestar/2026-03-14/la-moda-de-dietas-virales-y-superalimentos-choca-con-la-ciencia-importa-que-comemos-pero-tambien-como-cuando-y-por-que-lo-hacemos.html"> aquí</a></p>
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		<title>Cómo los padres moldean la relación de sus hijos con la comida y su cuerpo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Manuel Castellano]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Feb 2026 08:59:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Salud]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La semilla de un conflicto de por vida. Lo que los niños aprenden en la</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La semilla de un conflicto de por vida.</strong> Lo que los niños aprenden en la mesa va más allá de los nutrientes.</p>
<p>Siempre hemos puesto el foco en <em>qué</em> comen los más pequeños: fruta, verdura, pescado, legumbres. Reducimos bollería y ultraprocesados a ocasiones especiales, convencidos de que así garantizamos su crecimiento sano. Pero hay un aspecto que, sistemáticamente, pasamos por alto: <em>cómo</em> hablamos de la comida y de nuestros cuerpos delante de ellos. Como si las palabras no fueran también alimento para su relación futura con la alimentación.</p>
<p>Y sin embargo, los mensajes son claros: &#8220;comida basura&#8221;, &#8220;mierda&#8221;, &#8220;comida de gordos&#8221;. Clasificamos los alimentos en buenos y malos, no por sus propiedades nutricionales, sino por prejuicios culturales. Olvidamos que son los adultos quienes, en primer lugar, les ofrecemos esos productos. Luego nos sorprendemos si les gustan. Aquí nace una dicotomía peligrosa: la culpa asociada a su consumo. Si, además, esos comentarios vienen acompañados de conductas compensatorias —&#8221;ahora hay que hacer ejercicio para quemarlo&#8221;— los niños interiorizan que ciertos alimentos requieren un &#8220;castigo&#8221;. Así, sin darnos cuenta, sembramos las bases de una relación tensa y conflictiva con la comida.</p>
<h2>Los primeros cinco años: el momento clave</h2>
<p>Es en esta etapa cuando se consolidan hábitos, preferencias y rechazos alimentarios, así como las actitudes hacia la actividad física. La figura materna, en particular, ejerce un papel central, no solo como proveedora de alimentos, sino como modelo de comportamiento. Y aquí entra en juego un factor innegable: las mujeres, históricamente encargadas de la alimentación infantil, están sujetas a una presión estética desproporcionada. Una presión que, a su vez, las convierte en un grupo de mayor riesgo para desarrollar trastornos de la conducta alimentaria (TCA).</p>
<p>Desde una perspectiva analítica, lo que esto revela es que la herencia no es solo genética, sino conductual. Los niños no solo heredan nuestros genes, sino también nuestra relación con la comida. Y esta no se transmite mediante discursos, sino a través del ejemplo. De poco sirve ofrecerles alimentos sanos si luego, en la práctica, los adultos los evitan, los demonizan o los consumen con remordimiento. La clave está en la coherencia: comer esos alimentos sin culpa, sentarse a la mesa en familia y convertir las comidas en un espacio de conexión, no de conflicto.</p>
<h2>El peligro de la restricción y el control</h2>
<p>Los estudios señalan que los progenitores con una alimentación saludable pero no restrictiva logran que sus hijos mantengan hábitos equilibrados, eviten usar la comida como regulador emocional y conserven un peso estable. En cambio, cuando la alimentación familiar es desestructurada, los niños desarrollan conductas de riesgo: menor respuesta a la saciedad, preferencia por alimentos densos en calorías y mayor tendencia a comer para gestionar emociones.</p>
<p>Lo que esto demuestra es que la prohibición no funciona. Cuando un alimento se restringe, su atractivo aumenta. Los niños no lo consumen mientras no tienen acceso, pero en el momento en que pueden —en casa de los abuelos, con su paga semanal—, lo eligen, y a menudo lo hacen con vergüenza. Han interiorizado que es &#8220;prohibido&#8221;, y esa culpa refuerza el ciclo. La solución no es ofrecer estos alimentos a diario, sino normalizarlos: integrarlos de forma ocasional, sin etiquetas negativas como &#8220;bomba calórica&#8221;. Cuanto mayor es la restricción, mayor es el consumo posterior, en un efecto rebote que la flexibilidad evita.</p>
<h2>El cuerpo como proyecto o como hogar</h2>
<p>La relación con el cuerpo también se aprende. Nadie nace odiando su imagen; es un sentimiento construido. Y son los adultos quienes, con comentarios sobre el peso, la forma o el tamaño —ya sea el suyo o el de los niños—, activan ese proceso de vigilancia constante. &#8220;Mira qué barriga tienes&#8221;, &#8220;deberías hacer más deporte&#8221;, &#8220;yo estoy gorda&#8221;: frases aparentemente inocentes que enseñan a los niños a monitorizar su cuerpo, a juzgarlo y, en última instancia, a intentar modificarlo.</p>
<p>Lo que esto revela es la urgencia de adoptar la <em>neutralidad corporal</em>. El cuerpo no es un proyecto a perfeccionar, sino una casa que habitar. Y su valor no depende de cuánto se ajuste a los cánones estéticos dominantes. Para ello, es crucial revisar el tipo de halagos que dirigimos a los niños. En lugar de elogiar su apariencia —&#8221;qué guapo estás&#8221;, &#8220;qué delgada estás&#8221;— debemos celebrar sus acciones, actitudes y valores: &#8220;qué valiente eres&#8221;, &#8220;qué creativo&#8221;, &#8220;qué empático&#8221;. Estos mensajes construyen autoestima desde el ser, no desde el parecer.</p>
<p>Cuando el reconocimiento se centra exclusivamente en el cuerpo, este se convierte en un proyecto personal, especialmente para las niñas y mujeres, que sufren una presión estética desmedida. El resultado es una relación tormentosa, basada en el esfuerzo por gustar, encajar o cumplir expectativas ajenas. En lugar de cuidado, hay obsesión; en lugar de respeto, hay frustración. Los niños deben aprender que su cuerpo es su hogar, no un objeto moldeable para satisfacer miradas externas.</p>
<p>La pregunta clave ahora es: ¿estamos dispuestos a romper el ciclo?</p>
</p>
<h2>El legado invisible de los mensajes cotidianos</h2>
<p>Más allá de los nutrientes, lo que se transmite en la mesa son patrones emocionales y culturales que definen la relación futura con la comida y el cuerpo. Los niños no solo absorben lo que se les dice, sino cómo se lo dicen: el tono, el gesto, la culpa o la naturalidad con que los adultos abordan estos temas.</p>
<p>Desde una perspectiva analítica, lo que esto revela es que la alimentación no es un acto técnico, sino un ritual social cargado de significados. Cuando un adulto califica un alimento como &#8220;basura&#8221; o asocia su consumo con la necesidad de &#8220;compensar&#8221;, está enseñando que la comida tiene un valor moral, no solo nutricional. Este marco binario —bueno/malo— no solo distorsiona la percepción de los alimentos, sino que también genera ansiedad: el niño aprende a temer lo que come, no a disfrutarlo.</p>
<p>La coherencia entre el discurso y la acción es clave. De nada sirve ofrecer alimentos variados si luego se consumen con remordimiento o se evitan en público. Lo que emerge aquí es la necesidad de normalizar la flexibilidad: comer sin etiquetas, sin castigos, sin compensaciones. Solo así se rompe el ciclo de culpa y restricción que alimenta los trastornos de conducta.</p>
<h3>El cuerpo como espacio de libertad</h3>
<p>La neutralidad corporal no es solo un concepto, sino una práctica diaria. Cuando los adultos dejan de comentar el peso, la forma o el tamaño —ya sea el propio o el ajeno—, están liberando a los niños de la carga de tener que justificar su existencia a través de la apariencia. El cuerpo deja de ser un proyecto y se convierte en un espacio de autonomía, donde el cuidado nace del respeto, no de la obsesión.</p>
<div class='referencia-contenido'>Referencia de contenido: <a rel="nofollow" target="_blank" href='https://elpais.com/salud-y-bienestar/2026-02-25/vinculo-familiar-y-alimentacion-como-padres-y-madres-moldean-la-percepcion-corporal-de-las-ninas-y-ninos.html'>aquí</a></div>
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