¿Puede Trump ser destituido? Escenarios y tensiones en EEUU
Un año de mandato, un torbellino de polémicas. Las políticas de Trump, en el interior y el exterior, generan controversia semanal: redadas de la ICE, detención de Maduro, amenazas sobre Groenlandia…
El mundo se pregunta si el ritmo actual es sostenible durante tres años más. El Daily Mirror explora las vías para que Trump abandone el cargo antes de tiempo y los posibles escenarios que se abrirían.
La opción más simple: esperar a 2028
Aguantar hasta el final del mandato parece la solución más directa. En menos de un año arrancarán las primarias para elegir a los candidatos presidenciales, seguidas de las elecciones generales. Pero con Trump, la normalidad no es una opción.
El presidente ha insinuado en múltiples ocasiones su deseo de permanecer en el poder más allá de 2028. Incluso se ha especulado con un esquema similar al de Putin y Medvédev: que J. D. Vance se presente a la presidencia con Trump como vicepresidente. Si ganan, Vance podría dimitir invocando la Enmienda 25, permitiendo que Trump retome el cargo sin ser reelegido por tercera vez.
Desde una perspectiva analítica, este escenario refleja la creatividad institucional a la que recurren los líderes para mantener el poder. La pregunta clave es si el sistema estadounidense, diseñado para evitar concentraciones de autoridad, podría resistir una maniobra de este calibre.
El impeachment: un camino lleno de obstáculos
El proceso de destitución comienza en la Cámara de Representantes, donde se presentan cargos por mayoría simple. Si se aprueban, el Senado celebra un juicio político para evaluar si el presidente ha cometido “delitos y faltas graves”. Para su condena, se requiere una mayoría de dos tercios en el Senado.
Históricamente, ningún presidente ha sido condenado: Andrew Johnson, Bill Clinton y el propio Trump (en dos ocasiones) fueron absueltos. Actualmente, los republicanos controlan tanto la Cámara como el Senado, lo que hace aún más remoto este escenario. Además, Trump ya ha puesto en marcha estrategias para influir en las elecciones de mitad de período en noviembre, como la reestructuración de distritos electorales en estados clave como Texas.
Lo que esto revela es que, más allá de los mecanismos legales, la viabilidad del impeachment depende de factores políticos. Con una mayoría afín en el Congreso, la destitución parece, hoy por hoy, una misión imposible.
La Enmienda 25: destitución por incapacidad
La Constitución ofrece otra vía: la Enmienda 25. Esta permite la transferencia de poder al vicepresidente si el presidente dimite (sección 1), se declara temporalmente incapaz (sección 3) o es declarado incapaz por el vicepresidente y la mayoría del gabinete (sección 4). En este último caso, el Congreso debe ratificar la decisión con una mayoría de dos tercios.
Richard Nixon recurrió a la sección 1 en 1974 para dimitir. Sin embargo, la sección 4, que implica una destitución involuntaria, nunca se ha aplicado. Aunque el apoyo del vicepresidente y el gabinete podría facilitar el proceso, el umbral de dos tercios en el Congreso sigue siendo un muro difícil de escalar.
Analizando el contexto, la Enmienda 25 parece diseñada para situaciones de incapacidad física o mental, no para disputas políticas. Su uso en este caso supondría un precedente peligroso: convertir un mecanismo de emergencia en un arma partidista.
La línea sucesoria: un juego de tronos republicano
Si Trump fuera destituido, el poder pasaría automáticamente a J. D. Vance, su vicepresidente. Pero aquí surge un escenario intrigante: Vance podría, como se ha sugerido, devolver el cargo a Trump, ya sea de manera oficial o como asesor en la sombra.
¿Y si Vance también fuera destituido? El siguiente en la línea sucesoria sería Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes y un aliado incondicional de Trump. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿está el sistema preparado para evitar que un mismo círculo de poder se perpetúe?
Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja: en una democracia, la sucesión automática puede convertirse en un mecanismo para eludir la voluntad popular.
El escenario más temido: Trump se resiste
Existe una última posibilidad, tan preocupante como plausible: que Trump se niegue a abandonar el cargo, independientemente de los resultados electorales, un impeachment o la Enmienda 25. Suena a distopía, pero el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 demostró que, con él, lo impensable puede volverse realidad.
Aunque en aquella ocasión Trump cedió a los consejos para detener el caos, su reticencia a aceptar una derrota electoral en 2020 sigue fresca en la memoria colectiva. La pregunta que flota en el aire es: ¿hasta dónde llegaría para mantenerse en el poder?
Lo que esto revela es una grieta en el sistema: las instituciones dependen, en última instancia, de que sus líderes respeten las reglas del juego. Y con Trump, ese respeto nunca está garantizado.
El riesgo sistémico: cuando las normas se convierten en herramientas
Lo que subyace tras estos escenarios no es solo la figura de Trump, sino la tensión entre el diseño institucional y su aplicación en contextos de polarización extrema. El sistema estadounidense, construido para contener el poder, se enfrenta a un desafío sin precedentes: la instrumentalización de sus propios mecanismos.
Desde una perspectiva analítica, la creatividad para mantener el poder —ya sea mediante la Enmienda 25, el impeachment o la línea sucesoria— expone una vulnerabilidad: las reglas, por sólidas que sean, pueden ser reinterpretadas cuando los actores políticos priorizan el fin sobre los medios. La sección 4 de la Enmienda 25, por ejemplo, fue concebida para crisis de salud, no para disputas partidistas. Su uso en este contexto transformaría un salvaguarda en un arma.
Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja: en un sistema donde el equilibrio de poderes es sagrado, la lealtad partidista puede neutralizar los contrapesos. Con un Congreso alineado, el impeachment pierde fuerza, y con un gabinete afín, la Enmienda 25 se vuelve inalcanzable. La pregunta clave ahora es si las instituciones podrán resistir la presión de una polarización que las desdibuja.
La sombra del precedente
Cada maniobra para prolongar el mandato —o para evitar la salida— deja una huella imborrable. Si Trump logra burlar las normas, aunque sea técnicamente, el mensaje será claro: en la política moderna, la astucia institucional puede ser más poderosa que el voto. Y ese, quizás, sea el legado más peligroso de todos.
