Susan George en una protesta de Attac, símbolo de su lucha por justicia social y activismo

Susan George: la voz que unió teoría y activismo contra el sistema

Una ausencia que resuena en cada lucha. La politóloga Susan George, presidenta honoraria de Attac, falleció a los 91 años el 14 de febrero, dejando un legado imborrable en la justicia social.

Attac, la organización que cofundó en 1998 y de la que fue presidenta de honor, anunció su muerte con un mensaje emotivo: “Expresamos nuestra tristeza ante su desaparición. Ella acompañó con su presencia activa al conjunto de nuestra asociación”. Su papel como figura clave en la denuncia de las multinacionales y en la defensa de una tributación justa se erige ahora como un faro para las generaciones futuras. Más allá de los hechos, lo que emerge es la pregunta sobre quién llenará el vacío intelectual y moral que deja su partida.

De Greenpeace a Extinction Rebellion: la coherencia de una vida

Susan George no fue solo una teórica, sino una activista incansable. Desde 1989, formó parte del consejo de administración de Greenpeace International y Greenpeace France, y su compromiso se extendió hasta el lanzamiento en Francia de Extinction Rebellion, movimiento que busca presionar a los gobiernos para actuar frente a la crisis climática y la pérdida de biodiversidad. Su capacidad para vincular el análisis académico con la acción directa la convirtió en un puente único entre el pensamiento crítico y la movilización social.

Desde una perspectiva analítica, su participación en estos movimientos desvela una coherencia excepcional: la lucha contra el capitalismo desregulado y la defensa del medio ambiente no eran para ella causas aisladas, sino dos caras de una misma moneda. Lo que esto demuestra es que su visión integradora anticipó debates que hoy dominan la agenda global, como la interdependencia entre justicia económica y sostenibilidad ambiental.

Una obra que desmontó los engranajes del poder

Autora de diecisiete libros y numerosos ensayos, Susan George combinó rigor intelectual con un compromiso militante sin concesiones. Obras como How the Other Half Dies (1976) o Le Rapport Lugano (2000) —una sátira donde expertos intentan “salvar el capitalismo”— reflejaron su habilidad para desentrañar los mecanismos de opresión económica con ironía y profundidad. “Siempre fue mucho más que una escritora; fue una activista que ayudó a crear movimientos”, destacó el Observatorio de las Corporaciones en Europa.

Su lucha contra el FMI y el Banco Mundial en las décadas de 1980 y 1990, así como su defensa de la condonación de la deuda del Sur Global, la situaron en la primera línea de la resistencia contra las políticas neoliberales. Analizando el contexto, su trabajo expuso cómo las instituciones financieras globales perpetuaban desigualdades estructurales, un análisis que sigue vigente en un mundo donde la deuda sigue siendo un instrumento de dominación. La pregunta clave ahora es si las instituciones actuales han aprendido algo de sus críticas o si, por el contrario, repiten los mismos errores con nuevos rostros.

El reconocimiento de una vida al servicio de la justicia

El Observatorio de las Corporaciones en Europa subrayó que, con su muerte, “el mundo ha perdido una voz importante comprometida con la justicia social y la democracia”. El Transnational Institute, del que también era presidenta honoraria, añadió: “Susan George ejerció una influencia intelectual excepcional. Fue una académica y activista independiente cuyo trabajo expuso los horrores del sistema global y luchó incansablemente por alternativas progresistas y justas”.

Lo que esto revela es que su legado no se mide solo en libros o discursos, sino en la red de movimientos y personas que inspiró. Su capacidad para unir a académicos, activistas y ciudadanos en una misma causa demuestra que la teoría y la acción no solo pueden coexistir, sino que se necesitan mutuamente para transformar la realidad. Más allá de los hechos, lo que emerge es la urgencia de mantener viva esa conexión en un mundo cada vez más polarizado.

Nacida en Ohio (Estados Unidos) en 1934 como Susan Vance Akers, se estableció en Francia tras su matrimonio en 1956 con Charles-Henry George. Le sobreviven sus tres hijos y siete nietos, pero su verdadero legado son las ideas que siguen desafiando al poder y cuestionando las bases de un sistema que, en muchos aspectos, sigue intacto.

¿Logrará el mundo que soñó —justo, democrático y sostenible— sobrevivir sin su voz incansable?

El puente entre teoría y acción: su impacto en el activismo moderno

Más allá de su obra escrita, lo que define el legado de Susan George es su capacidad para transformar el análisis crítico en movilización concreta. Su participación en movimientos como Attac, Greenpeace o Extinction Rebellion no fue casual: demostró que la lucha contra la injusticia económica y la crisis climática son batallas interconectadas, dos síntomas de un mismo problema sistémico.

Desde una perspectiva analítica, su enfoque integrador anticipó lo que hoy es evidente: que el capitalismo desregulado y la degradación ambiental son dos caras de un mismo sistema. Lo que esto revela es que su visión superó el activismo fragmentado, mostrando que la justicia social y la sostenibilidad son inseparables. Su capacidad para unir a académicos, activistas y ciudadanos comunes en una misma causa sigue siendo un modelo para el activismo actual, en un momento en que la desconexión entre estas esferas amenaza con debilitar los movimientos sociales.

La coherencia entre su pensamiento y su acción —desde la denuncia de las multinacionales hasta la sátira contra el capitalismo— expone una verdad incómoda: que el cambio real exige tanto rigor intelectual como compromiso práctico. Su legado, por tanto, no es solo un conjunto de ideas, sino una metodología de lucha que sigue siendo tan necesaria como el día en que comenzó a aplicarla.

La pregunta clave

¿Podrán las nuevas generaciones de activistas mantener esa conexión entre teoría y acción, o el activismo moderno corre el riesgo de caer en el dogmatismo sin fundamento o en la acción sin dirección?

El vacío intelectual y la fragmentación del activismo

La partida de Susan George no solo deja un hueco en el pensamiento crítico, sino que expone una vulnerabilidad estructural en el activismo contemporáneo: la creciente desconexión entre el análisis profundo y la movilización masiva.

Desde una perspectiva analítica, su capacidad para tejer redes entre académicos, organizaciones y ciudadanos comunes demostró que la teoría sin acción es estéril, pero la acción sin teoría es ciega. Lo que esto revela es que su legado más urgente no son sus libros o sus discursos, sino el método que los unía: un activismo informado, estratégico y coherente. En un mundo donde los movimientos sociales a menudo caen en la fragmentación o en el eslogan vacío, su figura recordaba que la lucha contra el sistema exige tanto rigor como pasión.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja: mientras su obra anticipó debates globales —como la interdependencia entre justicia económica y ecología—, el activismo actual parece más propenso a la polarización que a la síntesis. Su ausencia plantea un desafío concreto: ¿quién asumirá el rol de puente entre el diagnóstico y la acción, en un contexto donde ambos polos tienden a divergir?

La pregunta clave

¿Logrará el activismo moderno reconstruir esa unidad entre pensamiento y práctica, o su legado quedará reducido a un ideal inalcanzable en una era de causas dispersas y discursos simplificados?

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