Pasajeros en Atocha observan pantallas con cancelaciones de trenes por miedo a viajar

El miedo al tren tras las tragedias: psicología y estadísticas en conflicto

¿Por qué el tren ya no parece seguro? La estación de Atocha bulle, pero las pantallas rojas de cancelaciones delatan el temor.

En la estación de Atocha en Madrid, las maletas ruedan como un día cualquiera, pero las pantallas muestran en rojo los viajes cancelados a Sevilla, Córdoba, Málaga. Quienes están allí son los pasajeros que, a pesar de todo, han decidido viajar. Muchos, sin embargo, confiesan haber dudado. Natalia Medina, que viaja a Barcelona, admite que le da “un poquillo de miedo”. Vive en Córdoba, cerca de Adamuz, y nació cerca de Gelida, donde ocurrió un segundo accidente mortal. “Nunca ha pasado nada y ahora pasa todo esto”, se sorprende. Lo que esto revela es cómo la proximidad geográfica y emocional a las tragedias amplifica la percepción del riesgo, incluso cuando las probabilidades objetivas siguen siendo bajas.

Emanel Albertón también dudó antes de subirse al tren hacia Madrid el lunes, justo el día después de la primera tragedia. Dos días y dos accidentes después, la incertidumbre resurge: “Es como un accidente de avión, uno puede viajar tranquilo de que no habrá otro, pero ha habido otro, así que la regla se ha roto”. Recuerda que el viaje de ida iba medio vacío, a pesar de que los billetes estaban agotados cuando los compró, lo que sugiere que algunos pasajeros optaron por no viajar. Desde una perspectiva analítica, este comportamiento refleja un sesgo cognitivo: cuando lo improbable ocurre dos veces seguidas, el cerebro humano tiende a sobrestimar su probabilidad futura.

La respuesta psicológica: ¿fobia o precaución?

“Es una reacción normal”, explica Ana Isabel Fernández, psicóloga experta en fobias como el miedo a volar. “Cuando suceden estos eventos, las personas necesitan tiempo para que el cerebro procese la información y reduzca el estado de alerta. Si tienen que viajar en tren y sienten miedo, es mejor posponer el viaje hasta controlar esa ansiedad. De lo contrario, una exposición forzada puede agravar la fobia”.

Lo que emerge aquí es una paradoja: el tren, junto al avión, es el medio de transporte más seguro. Según el informe de siniestralidad de la DGT, en España murieron 1.806 personas en accidentes de tráfico en 2023. Ese mismo año, el Ministerio de Transportes registró 22 fallecidos en el sistema ferroviario español, una cifra alineada con los datos de años anteriores, con la excepción de 2013, año del accidente del Alvia en Santiago, que dejó 79 muertos. La mayoría de las víctimas en el ferrocarril suelen ser atropellos de peatones.

Europa y la distorsión de la percepción del riesgo

En Europa, las estadísticas de Eurostat muestran un descenso claro en la mortalidad ferroviaria desde 2010, con un 32% menos de fallecidos. Los suicidios en las vías, que se contabilizan por separado, suelen triplicar las muertes por accidentes, con cifras que oscilaron entre 2.200 y 2.800 al año, mientras que los fallecidos por accidentes fueron 750 el año pasado. Sin embargo, el miedo persiste. ¿Por qué?

David Spiegelhalter, en su libro The Art of Uncertain, explica que tendemos a sobredimensionar ciertos peligros mientras subestimamos otros. Utiliza el concepto de micromort (una probabilidad de muerte de una en un millón) para comparar riesgos: montar en avión o tren expone a una micromort cada 12.000 kilómetros, mientras que en moto es una cada 11 kilómetros, y correr una maratón, siete micromorts. Lo que esto sugiere es que la exposición mediática a tragedias como las de Adamuz distorsiona nuestra percepción, llevándonos a sobrevalorar riesgos estadísticamente mínimos.

La paradoja del 11-S y el efecto dominó del miedo

Un ejemplo histórico ilustra este fenómeno: tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, muchos estadounidenses optaron por conducir en lugar de volar para evitar el riesgo de un nuevo ataque. Se registraron unas 233.000 cancelaciones de vuelos, un 42% más que el año anterior. El resultado fue contraproducente: el aumento del tráfico por carretera llevó a 1.500 víctimas mortales adicionales. La pregunta clave ahora es si, en el caso actual, el miedo al tren podría generar comportamientos similares, incrementando el uso de medios de transporte menos seguros.

Fernández añade que, ante tragedias muy mediáticas, muchas personas con fobias buscan información obsesivamente: “Intenta entender qué falló, ven programas, vídeos en YouTube… Es un intento de recuperar el control, pero suele ser contraproducente y empeora el miedo”. Más allá de los hechos, lo que emerge es una necesidad humana de entender lo incomprensible, incluso cuando esa búsqueda solo alimenta la ansiedad.

El contexto actual: acumulación de incidentes y ruido mediático

La situación actual se ha visto agravada por una acumulación de incidentes inusuales: un choque de trenes en Adamuz con 43 víctimas mortales, un accidente en Gelida con un muerto y un descarrilamiento en Girona sin víctimas. Pero el ruido alrededor de estos eventos ha sido igual de impactante: huelga de maquinistas, reducción de velocidad en la línea Madrid-Barcelona y la viralización en redes sociales de vídeos de viajeros denunciando temblores excesivos en los trenes. La trifulca política, que en un principio parecía haber dado una tregua, también ha contribuido a generar una sensación de inseguridad que no siempre se ajusta a la realidad.

Este miércoles, Atocha empezaba a recuperar la normalidad, pero la inquietud persistía entre los viajeros: ¿habría demoras? ¿Correrían algún peligro que nunca antes habían considerado? Dos trabajadores de Renfe que llegaban desde Toledo observaban un ambiente inusual: “Normalmente, la gente va hablando, hay bullicio. Hoy estaban todos más cabizbajos, más ensimismados”. La estación parecía volver a la rutina, pero para algunos viajeros, la calma tardará más en llegar.

La pregunta clave ahora es cómo gestionaremos, como sociedad, este desajuste entre el riesgo real y el percibido, en un mundo donde la información —y el miedo— viajan más rápido que los trenes.

El sesgo emocional y su impacto en la movilidad

Lo que estos testimonios revelan es cómo el miedo, más que la lógica, dicta decisiones en momentos de crisis. La proximidad a los accidentes no solo amplifica la percepción del riesgo, sino que altera patrones de comportamiento colectivos, incluso cuando las estadísticas demuestran que el tren sigue siendo seguro.

Desde una perspectiva analítica, la repetición de incidentes en un corto plazo activa un mecanismo psicológico: el cerebro humano asocia la frecuencia con la probabilidad, ignorando que estos eventos son estadísticamente independientes. Esto explica por qué, aunque los datos de la DGT y Eurostat confirmen la seguridad ferroviaria, la emoción prevalece sobre la razón. La paradoja es que, al evitar el tren, muchos podrían optar por medios de transporte con riesgos objetivamente mayores, repitiendo el error del 11-S.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una distorsión colectiva alimentada por el ruido mediático y la viralización de contenidos alarmistas. La acumulación de incidentes, unida a la exposición constante a imágenes y relatos de tragedias, crea un clima donde la precaución se confunde con la fobia. La pregunta clave ahora es si esta percepción sesgada persistirá o si, con el tiempo, la racionalidad recuperará su lugar.

La pregunta clave

¿Cómo podemos, como sociedad, reconciliar la emoción con la evidencia para tomar decisiones informadas, sin caer en la trampa de sobrevalorar riesgos mínimos o subestimar otros reales?

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