Bad Bunny en el Super Bowl: un show de resistencia cultural y unidad
Un escenario, dos continentes y un mensaje claro. Bad Bunny transformó el medio tiempo del Super Bowl en una celebración de la identidad latina, cargada de símbolos, denuncia social y orgullo puertorriqueño.
El artista ofreció un espectáculo de poco más de 13 minutos que trascendió el entretenimiento para convertirse en una declaración política y cultural. Con invitados como Lady Gaga, Ricky Martin, Pedro Pascal, Cardi B y Karol G, el show fusionó el glamour del evento con la esencia más auténtica de Puerto Rico y Latinoamérica.
Desde una perspectiva analítica, la elección de Bad Bunny para este escenario —uno de los más vistos a nivel global— no fue casual. Representó un momento histórico en el que la cultura latina, con su música, su idioma y sus luchas, ocupó el centro de la conversación en Estados Unidos. Lo que esto revela es que el arte, cuando se ejerce con autenticidad, puede ser un acto de resistencia.
1. “Nunca dejé de creer en mí”: el mensaje de superación
“Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y, si hoy estoy aquí en el Super Bowl LX, es porque nunca dejé de creer en mí”, declaró el artista ante millones de espectadores. Su discurso, breve pero contundente, resonó como un recordatorio de que el éxito no es un camino lineal, sino el resultado de la persistencia.
El trayecto de Bad Bunny —desde empacar productos en un supermercado hasta convertirse en el artista más escuchado del mundo en Spotify durante cuatro años— es un testimonio de cómo el talento y la determinación pueden romper barreras. Su Grammy a Mejor Álbum del Año por “DtMF”, recibido días antes, subrayó este punto: el reconocimiento no llegó por casualidad, sino como frutos de una carrera construida con esfuerzo.
La entrega simbólica de uno de sus gramófonos a un niño durante el show no fue un gesto aleatorio. Más allá de los hechos, lo que emerge es una narrativa de esperanza: si él pudo, otros también. La pregunta clave ahora es cómo este momento inspirará a las nuevas generaciones de artistas latinos a perseguir sus sueños sin temor.
2. Lo cotidiano como acto de reafirmación cultural

En un evento donde la extravagancia tecnológica suele ser la norma —como los saltos de Lady Gaga desde el techo o las plataformas suspendidas de Rihanna—, Bad Bunny optó por un enfoque radicalmente distinto: elevar lo cotidiano a lo épico. La plantación de caña de azúcar, los carritos de agua de coco, las partidas de dominó o la icónica casita rosada no fueron simples decorados, sino una reafirmación de la identidad puertorriqueña.
Analizando el contexto, este enfoque adquiere un significado más profundo. Al mostrar escenas como una boda latinoamericana o el famoso club Toñitas de Nueva York, el artista no solo entretenía, sino que educaba. Para una audiencia global, muchas de estas imágenes eran una ventana a una cultura que, aunque cercana geográficamente, a menudo es invisibilizada o estereotipada en los medios mainstream.
La inclusión de estos elementos en el Super Bowl —un espacio dominado por la cultura anglosajona— fue un acto de subversión sutil pero poderoso. Demostró que lo “local” puede ser universal, y que la autenticidad no requiere de efectos especiales para conectar con el público.
3. Denuncia social: gentrificación y apagones en Puerto Rico

El show no fue solo fiesta. Bad Bunny usó su plataforma para abordar problemas urgentes de Puerto Rico, como la gentrificación y los apagones crónicos. La interpretación de “LO QUE LE PASÓ A HAWAii” junto a Ricky Martin, con versos como “quieren quitarme el río y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya”, fue una crítica directa a la especulación inmobiliaria y la pérdida de identidad cultural.
La referencia a Hawái no fue casual: el archipiélago, tras convertirse en estado de EE.UU., vivió un proceso de aculturación que muchos en Puerto Rico temen repetir. El debate sobre el estatus político de la isla —si debe ser un estado más de la unión, mantener su condición actual o buscar la independencia— es un tema recurrente, y el artista lo llevó al centro del escenario global.
El momento en que cantó “El apagón” subido a un poste de luz fue igualmente simbólico. La canción denuncia los cortes eléctricos recurrentes en Puerto Rico, un problema agravado tras el huracán María. La camiseta con el número 64, asociada por algunos a las víctimas oficiales del huracán (cifra luego revisada), añadió una capa de denuncia silenciosa pero elocuente.
Desde una perspectiva analítica, estos gestos demuestran que Bad Bunny entiende su rol no solo como entretenedor, sino como portavoz de una generación que exige cambios. La pregunta clave ahora es si este tipo de mensajes, transmitidos en un evento de tal magnitud, lograrán movilizar conciencias más allá del espectáculo.
4. “América es un continente”: el poder del lenguaje

Uno de los momentos más comentados fue cuando Bad Bunny pronunció la frase “God bless America”, para luego aclarar que se refería a todo el continente, no solo a EE.UU. Este gesto, aparentemente sencillo, fue una declaración política en un país donde el término “America” suele usarse de manera exclusivista.
El desfile de banderas y la pelota de fútbol americano con la inscripción “Together, We Are America” reforzaron el mensaje: la diversidad es la esencia de América. La frase “Seguimos aquí”, en español, resonó como un recordatorio de la presencia y resistencia de los latinos en EE.UU., especialmente en un contexto donde las políticas migratorias son un tema polarizante.
Lo que esto revela es que el idioma, en este caso el español, se convirtió en un símbolo de resistencia. En un país donde el inglés es dominante —y donde figuras como Trump han promovido su oficialización—, el hecho de que el show fuera íntegramente en español fue un acto de afirmación cultural. No era solo una cuestión lingüística, sino una declaración de que la identidad latina no necesita adaptarse para ser válida.
5. El rechazo al inglés: un acto político

Desde el inicio, quedó claro que el espectáculo sería en español. “Benito Antonio Martínez Ocasio presenta el espectáculo de medio tiempo del Super Tazón”, se leyó en las pantallas, marcando una diferencia con otros artistas latinos que, en ediciones anteriores, optaron por cantar en inglés.
Este detalle no pasó desapercibido. En un contexto donde el idioma se ha politizado —con órdenes ejecutivas como la firmada por Trump en 2025 para convertir el inglés en el idioma oficial de EE.UU.—, la decisión de Bad Bunny fue un mensaje claro: el español no es una concesión, sino una parte intrínseca de su arte y su identidad.
Las reacciones no se hicieron esperar. Desde el rechazo de figuras conservadoras como Danica Patrick —quien cuestionó la ausencia de canciones en inglés— hasta el show alternativo organizado por grupos de derecha, el espectáculo de Bad Bunny se convirtió en un campo de batalla cultural. Incluso su propia broma en Saturday Night Live (“Aún tienen tiempo para aprender español”) generó controversia, aunque luego matizara su postura.
Más allá de los hechos, lo que emerge es una pregunta incómoda: ¿por qué el monolingüismo se considera la norma en un país construido por migrantes? El artista, con su actitud, desafió esa premisa y demostró que el multilingüismo no es una amenaza, sino una riqueza.
6. La fiesta como acto de liberación

A pesar de los mensajes políticos, el show de Bad Bunny fue, ante todo, una celebración. “Bienvenidos a la fiesta más grande en el mundo entero”, declaró, y el Levi”s Stadium respondió con alegría y baile. La interpretación de “Yo perreo sola”, con su mensaje de empoderamiento femenino, o la versión salsa de “Die with A Smile” de Lady Gaga, demostraron que la música latina puede ser a la vez festiva y transgresora.
El cierre con la frase “Lo único más poderoso que el odio es el amor” fue un broche coherente con su discurso. Bad Bunny logró algo aparentemente contradictorio: usar un espacio masivo y comercial como el Super Bowl para transmitir mensajes de unidad, resistencia y orgullo cultural.
La pregunta que queda en el aire es si este momento marcará un antes y un después en la representación de los latinos en los grandes eventos globales. Lo cierto es que, durante 13 minutos, el mundo vio —y sintió— el poder de una cultura que no pide permiso para existir.
El Super Bowl como espejo de la lucha cultural latina
El espectáculo de Bad Bunny no fue solo un concierto, sino un reflejo de cómo el arte puede redefinir narrativas en espacios dominados por una cultura hegemónica.
Desde una perspectiva analítica, la decisión de priorizar lo cotidiano y lo local sobre el espectáculo tecnológico tradicional revela una estrategia deliberada: normalizar la cultura latina en un escenario global sin diluir su esencia. Lo que esto demuestra es que la autenticidad, cuando se ejerce con convicción, no necesita adaptarse para ser universal. La inclusión de elementos como el dominó o la casita rosada no fue folclore, sino una declaración de que lo “periférico” puede —y debe— ocupar el centro.
Más allá de los hechos, lo que emerge es el desafío a la idea de que el entretenimiento masivo debe ser apolítico. Bad Bunny usó el Super Bowl como plataforma para visibilizar problemas como la gentrificación o los apagones, demostrando que el arte y el activismo no son incompatibles. La pregunta clave ahora es si este tipo de intervenciones culturalmente disruptivas se convertirán en un nuevo estándar o seguirán siendo excepciones en un sistema que prefiere el consenso sobre la crítica.
La resistencia como legado
El verdadero impacto de este show puede medirse en su capacidad para inspirar a otros artistas a usar su voz sin miedo. En un mundo donde lo global a menudo homogeneíza, Bad Bunny probó que la identidad, cuando se defiende con orgullo, no solo resiste, sino que transforma.
