Las nuevas sectas cambian al líder por el ‘coach’: “Imitan la lógica capitalista de los ‘influencers” | Salud y bienestar

De gurús a coaches: las sectas modernas imitan el marketing digital

Todo comienza ante la pantalla, con apariencia inofensiva. Aceptar una solicitud de amistad en Facebook, seguir a un creador de contenido o apuntarse a un taller de estudio o inversiones. Incluso puede ser un minijuego de Roblox. Esa es la primera puerta hacia un laberinto de manipulación que, en pocos meses, puede dejar al internauta atrapado en comunidades sectarias modernas, aisladas y arruinadas, en un secuestro mental que, para su desgracia, aceptó voluntariamente.

Internet ha reconfigurado el reclutamiento: los predicadores de esquina se han convertido en influencers o coaches de bienestar. Los vaticinadores apocalípticos ahora hablan de bitcoins, deporte de alta gama y superación personal. La estética cambia, pero el objetivo sigue siendo oscuro.

Hortensia Valcárcel, psicóloga experta en persuasión coercitiva, participó en el XI Encuentro Nacional sobre abuso psicológico y sectas. «Las sectas se camuflan y adaptan a los valores del momento», advierte. Las variantes espirituales clásicas coexisten con ofertas orientadas al éxito económico, idea que cala sobre todo en chicos jóvenes.

El dinero se ha erigido en nueva religión. En el terreno de la salud, apelan a terapias alternativas sin respaldo. El libro Conspiritualidad alerta de cómo el yoga, la medicina natural y el universo wellness derivan, en ciertos foros, en fe sectaria digital. Se fomenta el rechazo a vacunas, política o sistema educativo y se exige activismo online a los adeptos.

La Asociación Iberoamericana para la Investigación del Abuso Psicológico calcula que en España operan unas 400 agrupaciones coercitivas que afectarían a 400.000 personas, el 1% de la población. La red internacional ICSA rastrea más de 4.000 grupos en el mundo, frente a unas 2.000 en los ochenta. La cifra es aproximada; el término secta genera debate.

Un informe de Europol denuncia que depredadores estudian perfiles en redes, dirigiéndose a menores vulnerables porque son blancos fáciles de captar y manipular.

Patricia Aguilar, 17 años, fue víctima de este mecanismo en 2017. Su familia, ante la impotencia legal, recurrió a los medios. «Estaba de luto por la muerte de nuestro tío», recuerda su prima y portavoz de AFISE, Noelia Bru. Una respuesta inocente a una pregunta sobre un sueño derivó en contacto diario con Félix Steven Manrique, difusor de profecías apocalípticas.

El hombre pasó de Facebook a WhatsApp, alargando charlas hasta la madrugada. La calificó de «elegida astrológica» y la introdujo en una fantasía en la que debía tener 10 mujeres y 300 hijos para fundar una nueva raza. «Fue un año y medio de bombardeo sutil», relata Bru.

Patricia robó una fuerte suma a sus padres y se fugó al cumplir 18 años. Fue rescatada doce meses después en la selva peruana con un bebé recién nacido. Su captor fue condenado a 20 años por trata. «Creíamos que su habitación era segura», lamenta Bru. «Te preocupan los desconocidos de la calle, no los que aparecen en la pantalla».

El fenómeno de desinhibición online facilita la confesión íntima a desconocidos. «Frente al ordenador bajamos la guardia y otorgamos acceso a nuestros pensamientos y cuentas bancarias», advierte Valcárcel.

El dinero sigue siendo la clave. «Las sectas copian la lógica de influencers como Llados; muchas ya no se reúnen en templos, sino en comunidades de Facebook o Instagram», explica Iñigo Rubio, psiquiatra y presidente de la asociación que estudia estos abusos. Los beneficios provienen de talleres, retiros y asesorías privadas; basta con pagar una cuota mensual para acceder a charlas cerradas. Un grupo de Telegram puede sustituir a un ashram.

Internet ha multiplicado y fragmentado las sectas. El algoritmo ofrece al usuario interesado en canalizadores de ángeles contenido sobre llamas gemelas o gnosticismo: un buffet de paranoia a la carta. Rubio recuerda el caso de un paciente de 60 años con depresión que, tras un episodio psicótico, ensambló en redes una mezcla sin coherencia de teorías esotéricas.

La sobreabundancia de grupos reduce costes y esfuerzo. «No hace falta estructura física ni gente predicando en esquinas; basta un móvil, una persona vulnerable y un manipulador», resume Rubio.

Las sectas ya no necesitan cientos de adeptos: con dos individuos puede darse una relación coercitiva. «Muchos nos decían: “Si son cuatro, eso no es secta”», recuerda Bru. Cuando Patricia fue liberada convivían con el captor tres mujeres y cinco niños. La atomización permite pasar desapercibido.

Ejemplo extremo fue Isma, el parricida de Vilanova, manipulado cuatro años por una amiga que le sacó miles de euros. Construyó un mundo de fantasía, le hizo ver a su familia como mafiosos y terminó asesinando a su padre por supuesta orden de la mujer.

La investigación demuestra que redes sociales reproducen dinámicas sectarias: líder carismático, comunidad cerrada, presión grupal y aislamiento informativo, pero a escala global y velocidad vertiginosa. El acoso es 24/7; el móvil se convierte en la cadena que la víctima lleva al bolsillo.

España planea prohibir el acceso a redes a menores de 16 años, pero expertos piden ir más lejos. En 2024, afectados entregaron 300.000 firmas para reformar el Código Penal e incluir la persuasión coercitiva como delito, como ya ocurre en Francia, Bélgica o Luxemburgo. La legislación actual considera ambiguo el concepto y difícil de encuadrar en coacciones. Pedagogía social y cambio legal son, según especialistas, la vía para visibilizar que las cadenas mentales también atan.

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