Reunión de la Junta de Paz para Gaza con líderes mundiales y Trump en Washington

La Junta de Paz de Gaza: 17.000 millones y un modelo de reconstrucción bajo controversia

Un plan histórico con sombras geopolíticas. Donald Trump presidió en Washington la primera reunión de la Junta de Paz para Gaza, un organismo que aspira a redefinir el futuro del enclave.

El presidente estadounidense inauguró el encuentro con un discurso cargado de optimismo: “Hoy es un gran día”, afirmó ante representantes de más de 40 países que aceptaron formar parte de esta iniciativa. La Junta, teóricamente limitada a la reconstrucción de Gaza, ya ha logrado compromisos económicos significativos: nueve países —Kazajistán, Azerbaiyán, Emiratos Árabes, Marruecos, Bahrein, Qatar, Arabia Saudí, Uzbekistán y Kuwait— aportarán 7.000 millones de dólares, a los que se suman otros 10.000 millones de Estados Unidos, según anunció Trump, aunque sin precisar plazos ni mecanismos de entrega.

Desde una perspectiva analítica, este movimiento refleja la voluntad de Washington de liderar un proceso de reconstrucción que trasciende lo económico. Trump no dudó en calificar a la Junta como “una de las cosas más importantes y trascendentales” en las que participará, subrayando su “poder y prestigio” sin precedentes. “Nunca ha habido nada parecido”, insistió, mientras destacaba la nueva relación de “increíbles amigos” con los líderes mundiales presentes. Lo que esto revela es un intento de consolidar un foro alternativo a las estructuras tradicionales de gobernanza global, como la ONU, cuya autoridad Trump cuestionó abiertamente al afirmar que la Junta la “supervisará” para que “funcionen correctamente”.

La ambición de Trump va más allá de Gaza: busca convertir esta Junta en el principal foro de resolución de conflictos a nivel mundial. Sin embargo, esta aspiración ha generado recelo entre aliados tradicionales de Estados Unidos, como Francia, Reino Unido o Alemania, que rechazaron la invitación por temor a que el nuevo organismo socave las funciones de Naciones Unidas. “Algunos se hacen los simpáticos, pero no funciona conmigo”, respondió Trump, minimizando las ausencias y asegurando que “casi todos” terminarán por sumarse. La pregunta clave ahora es si este modelo de gobernanza paralela logrará la legitimidad necesaria o, por el contrario, profundizará las divisiones en la comunidad internacional.

Seguridad y desmilitarización: las claves para la reconstrucción

El futuro de Gaza, según la Junta de Paz, pasa por una combinación de reconstrucción física y reconfiguración institucional. Nikolai Mladenov, director general del organismo, explicó que la Oficina del Alto Representante para Gaza actuará como elemento de coordinación con el nuevo gobierno teocrático del enclave. “Queremos trabajar con transparencia y en coordinación con las instituciones israelíes y palestinas”, declaró Mladenov, quien avanzó que ya se ha iniciado el proceso de contratación de “agentes de policía palestinos” en colaboración con Israel, Jordania, Egipto y la administración gazatí.

La desmilitarización de Gaza fue presentada como “la única opción” para que la reconstrucción comience y mejore la vida de la población. Jasper Jeffers, general retirado del Ejército de Estados Unidos, detalló que la Franja se dividirá en varios sectores, con una fuerza de estabilización compuesta por 20.000 soldados aportados por Indonesia, Marruecos, Kazajistán, Kosovo y Albania, junto a 12.000 policías formados en Egipto y Jordania. “Proporcionarán la seguridad que Gaza necesita para su prosperidad”, aseguró Jeffers. Más allá de los números, lo que emerge es un modelo de seguridad externalizada, donde la presencia de tropas extranjeras podría generar tensiones locales o regionales a medio plazo.

Un proyecto de reconstrucción con visión transformadora

Tony Blair, ex primer ministro británico y miembro del comité ejecutivo de la Junta, desgranó la filosofía detrás del plan: “Reconstruiremos Gaza no como era, sino como debería ser”. Blair destacó el potencial geográfico, económico y social del enclave, y subrayó que el objetivo es crear “un cuerpo de policía y un gobierno autónomo, con instituciones públicas eficaces”. Además, se impulsará un “entorno empresarial” que fomente la inversión local y extranjera, junto a un “sistema educativo que eduque a los jóvenes en la tolerancia y en los logros”, todo ello en el marco de una “sociedad tecnológica”.

“Es un compromiso genuino con una región donde, independientemente de tu religión o creencias, puedas crecer gracias a tu esfuerzo”, explicó Blair. Analizando el contexto, este enfoque sugiere una apuesta por un modelo de desarrollo basado en la meritocracia y la integración económica, aunque su éxito dependerá de la capacidad para superar las profundas divisiones políticas y sociales en Gaza. La pregunta que subyace es si esta visión idealizada choca con la realidad de un territorio marcado por décadas de conflicto y bloqueo.

Aliados estratégicos y ausencias significativas

Trump no escatimó en elogios hacia los miembros de la Junta, especialmente hacia el presidente argentino, Javier Milei, y el primer ministro húngaro, Viktor Orbán. “No se supone que debo apoyar a nadie, pero apoyo a la gente que me cae bien”, declaró, respaldando abiertamente a Orbán —el único líder de la UE presente— de cara a las próximas elecciones en Hungría. Junto a ellos, asistieron jefes de Estado y Gobierno de Bahréin, Indonesia, Kosovo, Albania, Qatar, Kazajistán, Camboya, Vietnam, Paraguay, Uzbekistán y Egipto, así como embajadores de Arabia Saudí, Turquía, Marruecos, Kuwait, Bulgaria, Bielorrusia, El Salvador, Armenia o Pakistán. También estuvo presente el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en un acto promocional del Mundial de Fútbol de este año.

La foto de familia de la cumbre, dominada por la presencia estadounidense —con Trump en el centro, flanqueado por el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, Jared Kushner, Steve Witkoff y Susie Wiles—, subrayó el liderazgo de Washington en esta iniciativa. Sin embargo, la ausencia de potencias europeas como Francia o Alemania, y su posterior asistencia como observadores, refleja las tensiones subyacentes. La Unión Europea, representada por la comisaria Dubravka Suica, justificó su presencia como un intento de “estar en la mesa”, aunque esta decisión ha generado críticas internas por el riesgo de legitimar un sistema paralelo a la ONU.

La UE en la encrucijada: observador o cómplice

Aunque Francia, Reino Unido, Alemania o España rechazaron en enero adherirse a la Junta de Paz, algunos Estados miembros —como Rumanía e Italia— asistieron como observadores, junto a la propia UE, representada por Suica. Bruselas defendió su participación como un movimiento “centrado en Gaza y su reconstrucción”, pero fuentes diplomáticas de países como Francia o Alemania expresaron su escepticismo. “Se corre el riesgo de validar un sistema paralelo a las Naciones Unidas”, advirtieron. La ambigüedad de la UE —presente pero no comprometida— ilustra el dilema entre no quedarse fuera de un proceso clave y evitar respaldar una estructura que podría debilitar el multilateralismo tradicional.

¿Logrará la Junta de Paz equilibrar su ambición transformadora con las complejidades de un conflicto tan enraizado como el de Gaza? O, por el contrario, ¿se convertirá en otro ejemplo de cómo las iniciativas unilaterales pueden fragmentar aún más el ya de por sí frágil orden internacional?

El dilema de la gobernanza paralela y sus riesgos sistémicos

Más allá de los 17.000 millones comprometidos, lo que define a esta Junta es su ambición de reconfigurar el marco de resolución de conflictos, desafiando el statu quo del multilateralismo tradicional.

Desde una perspectiva analítica, la iniciativa refleja una estrategia de soft power donde lo económico se subordina a lo geopolítico. La decisión de externalizar la seguridad de Gaza a tropas de países aliados —y no a cascos azules de la ONU— no solo redefine el control sobre el terreno, sino que consolida un modelo donde la legitimidad no emana de consensos globales, sino de alineamientos estratégicos. Esto plantea un precedente: si la Junta logra operar con eficacia, podría sentar las bases para que otros conflictos se aborden bajo esquemas similares, marginando a organismos como la ONU.

La resistencia de potencias europeas no es casual. Su ausencia —o presencia como observadores— delata una fractura: la UE oscila entre el pragmatismo de no quedarse fuera de un proceso con impacto regional y el principio de defender un orden internacional basado en instituciones ya establecidas. Lo que esto revela es que, en un mundo cada vez más polarizado, la coherencia normativa se resiente cuando los intereses estratégicos entran en juego.

La pregunta clave

¿Estamos ante el nacimiento de un nuevo paradigma de gobernanza global, donde la eficacia prima sobre la legitimidad institucional, o ante un experimento que, al eludir los canales tradicionales, profundizará la desconfianza y la fragmentación internacional?

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