Bélgica debate: ¿arte o provocación en el mural de Jette?
¿Dónde está el límite entre el arte y el escándalo? Un mural en Jette, cerca de Bruselas, ha encendido el debate sobre la desnudez en el espacio público.
Una fachada de ladrillo rojo en esta localidad belga alberga el objeto de la discordia: un gran mural en blanco y negro del fotógrafo Pierre Radisic, expuesto en la galería Atelier 34 Zéro Muzeum. La obra, que forma parte de un proyecto artístico más amplio, muestra a una mujer embarazada con las piernas abiertas, atrapando entre ellas la cabeza de un hombre, del que solo se ven el cuello y la espalda. A ambos lados, otras dos lonas completan la instalación: una con dos hombres —uno con kipá judía y otro con pañuelo palestino— besándose, y otra con una caricatura de Donald Trump. Sin embargo, solo la imagen central ha generado controversia.
Desde una perspectiva analítica, lo que emerge aquí es la selectividad de la indignación pública. Mientras que representaciones políticas o religiosas pasan desapercibidas, el cuerpo femenino desnudo sigue siendo un tabú en el siglo XXI. La pregunta clave ahora es: ¿por qué la carne, la textura y la geografía corporal que explora Radisic —un artista que ha convertido el cuerpo humano en su material predilecto— resultan más perturbadoras que otras formas de expresión?
Daniil Shestakov, coresponsable de la galería, defiende la obra: “No hay ningún pene, ninguna vagina, nada pornográfico. Sin embargo, la desnudez ha impactado a parte de los vecinos y también influyeron algunos medios que vinieron a preguntarnos”. Radisic, por su parte, aclara que la fotografía data de 2002 y fue un encargo de la pareja retratada para su invitación de boda. “No hay absolutamente nada extraordinario, pero hay gente que no tiene nada más que hacer que sorprenderse por tonterías”, comenta el fotógrafo, satisfecho por el inesperado revuelo mediático.
Shestakov profundiza en el significado de la imagen: “Nace de una reflexión sobre la dualidad hombre-mujer. Intenta complementar al máximo los dos cuerpos. Puede verse como una imagen de nacimiento, como un abrazo, como consuelo, como amor… Las interpretaciones son infinitas”. Lo que esto revela es cómo el arte, al desafiar las convenciones, expone las contradicciones de una sociedad que dice ser progresista pero aún se sonroja ante el cuerpo desvestido.
Un historial de polémicas sin censura
La alcaldía de Jette ha dejado claro que no piensa censurar la obra, una postura coherente con su historial. En 2016, el mismo centro expuso hacia la calle una fotografía de Keith Boadwee orinando sobre la cara de otro hombre, sin que las autoridades intervinieran. Este precedente subraya una tolerancia hacia lo transgresor, siempre que no se crucen líneas invisibles —y subjetivas— de lo socialmente aceptable.
Sin embargo, el arte en Atelier 34 Zéro Muzeum no ha estado exento de ataques. En 2022, una lona que mostraba un caballo arando un campo con un crucifijo fue rajada. Mesas después, el vehículo profesional de la galería fue incendiado. Este último incidente evoca el ataque con cóctel molotov en 2006 contra el Museo de Fotografía de Charleroi, donde se exponían obras del japonés Araki, conocido por sus imágenes de mujeres desnudas y atadas según el arte erótico del kinbaku.
Xavier Canonne, director del centro en Charleroi, denunció entonces: “No cabe sino indignarse ante un extremismo semejante, que ataca a las imágenes como en las peores teocracias. Es lamentable que otras fotografías colocadas anteriormente por el museo no hayan suscitado tal indignación: ¿acaso la guerra, la miseria o las minas antipersona son más aceptables en el siglo XXI que la representación del cuerpo de una mujer?”. La pregunta sigue vigente: ¿por qué la violencia explícita o la crítica política generan menos rechazo que la desnudez?
Bruselas y su relación amor-odio con el arte callejero
El caso de Jette no es un fenómeno aislado en la capital de facto de la Unión Europea. En 2016, Bruselas amaneció con grafitis gigantes de genitales —penes y vaginas, algunos en plena masturbación— pintados en distintos puntos de la ciudad. Las obras, que aparecían de la noche a la mañana, se convirtieron en atracción turística antes de ser eliminadas por las autoridades o borradas por el tiempo.
Lo que esto demuestra es que, pese a los avances sociales, el cuerpo humano sigue siendo un campo de batalla simbólico. Mientras algunos ven en estas representaciones una celebración de la libertad artística, otros las interpretan como una agresión visual. El mural de Radisic, en este contexto, no es solo una obra más: es un espejo que refleja las tensiones de una sociedad dividida entre el deseo de modernidad y el peso de sus prejuicios.

¿Logrará el arte, alguna vez, normalizar el cuerpo sin filtros, o seguiremos condenando al ostracismo lo que, en el fondo, no es más que una parte esencial de la condición humana?
El cuerpo como último tabú: ¿por qué la desnudez sigue incomodando?
El mural de Jette no es solo una obra de arte, sino un termómetro social. Lo que esto revela es que, en una era de hipervisibilidad, el cuerpo femenino desnudo sigue siendo un territorio contestado, donde lo íntimo se politiza y lo natural se juzga.
Desde una perspectiva analítica, la selectividad de la indignación es elocuente: mientras las representaciones políticas o religiosas pasan sin mayor escándalo, la carne expuesta —sin connotación sexual explícita— desata reacciones viscerales. Esto sugiere que el problema no es el arte en sí, sino el reflejo de una sociedad que aún asocia la desnudez con la transgresión, incluso cuando el autor, como Radisic, la despoja de cualquier intencionalidad erótica.
La defensa de Shestakov —«no hay nada pornográfico»— y la justificación de Radisic —un encargo privado convertido en debate público— subrayan una paradoja: el arte que explora el cuerpo humano choca contra límites invisibles, pero persistentes. Más allá de los hechos, lo que emerge es la pregunta incómoda: ¿acaso el pudor no es, en el fondo, una forma de censura autoimpuesta?
El espejo de una sociedad en contradicción
El caso expone una tensión irónica: Bruselas, epicentro institucional de Europa, tolera el grafiti de genitales como atracción turística, pero se divide ante un mural que explora la dualidad hombre-mujer. La pregunta clave ahora es si el arte logrará, alguna vez, desvincular el cuerpo de la culpa, o si seguiremos condenando lo que, en esencia, es la materialidad misma de la vida.
