El riesgo cardiovascular femenino: una batalla invisible desde la juventud
La principal causa de muerte en mujeres no es el cáncer. En España, las enfermedades cardiovasculares lideran esta trágica estadística, pese a seguir infraestudiadas e infradiagnosticadas en el sexo femenino.
Los informes del Ministerio de Sanidad y del INE lo confirman: las patologías cardiovasculares son la primera causa de mortalidad entre las mujeres, por encima incluso del cáncer. Sin embargo, su asociación histórica con los hombres —especialmente en casos de cardiopatía isquémica o angina— ha generado un sesgo que persiste. Como explica Carolina Ortiz, coordinadora del proyecto *Mujer y corazón* de la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y cardióloga del Hospital Fundación de Alcorcón, en mujeres jóvenes la sospecha de estas enfermedades suele ser baja. Los síntomas, a menudo, se confunden con problemas digestivos, ansiedad o estrés, lo que retrasa la consulta médica hasta que la enfermedad está avanzada y el tratamiento, más complejo.
Además, las mujeres presentan causas menos típicas de infarto, como obstrucciones arteriales atípicas, más difíciles de diagnosticar y tratar. Esto se agrava por su infrarrepresentación en ensayos clínicos: aunque la inclusión ha mejorado, aún no alcanza el 25-30%. Ortiz advierte que, al extrapolar datos de poblaciones masculinas a femeninas, se ignoran diferencias clave en anatomía, fisiología y respuesta a tratamientos, lo que podría llevar a errores terapéuticos.
Hormonas y etapas vitales: las claves del riesgo femenino
El riesgo cardiovascular en mujeres no es estático, sino que evoluciona con su fisiología. Almudena Hernández Milián, del Servicio de Medicina Interna del Hospital Son Llàtzer, destacó en el 46º Congreso de la SEMI que fechas clave como la menarquia, el embarazo, el postparto o la menopausia marcan hitos en este riesgo. Las hormonas sexuales juegan aquí un papel fundamental.
Si bien factores tradicionales como el tabaco, la hipertensión o la obesidad afectan a ambos sexos, las mujeres enfrentan riesgos específicos ligados a sus cambios hormonales. Carolina Ortiz señala que, durante la etapa fértil, condiciones como el síndrome de ovario poliquístico o complicaciones gestacionales (hipertensión o diabetes) elevan el riesgo a largo plazo. Tras la menopausia, la caída de estrógenos desencadena cambios metabólicos —en lípidos, presión arterial y resistencia a la insulina— que incrementan la vulnerabilidad cardiovascular.
Embarazo y menopausia: dos ventanas críticas para la prevención
María Goya Canino, especialista en Obstetricia y Ginecología e investigadora principal del grupo de Medicina Materna y Fetal en el VHIR, define el embarazo como la “prueba de esfuerzo cardiovascular y metabólica más importante en la vida de una mujer”. Complicaciones como hipertensión gestacional, preeclampsia o diabetes gestacional no son solo problemas obstétricos, sino señales de riesgo cardiometabólico futuro.
En 2020, un documento en REC: CardioClinics introdujo el concepto del “cuarto trimestre”, subrayando la necesidad de un seguimiento vitalicio tras el parto. Pese a ello, Goya reconoce que esta perspectiva preventiva aún no es rutinaria en el sistema sanitario. La atención fragmentada por etapas —embarazo, postparto, menopausia— y la inercia cultural de ver estas complicaciones como transitorias impiden aprovechar oportunidades clave de prevención. “El embarazo no causa la enfermedad, pero la revela antes, ofreciendo una oportunidad única que, en muchos casos, se pierde”, advierte.
La evidencia lo respalda: estudios del VHIR confirman que mujeres con antecedentes de preeclampsia, diabetes gestacional o parto prematuro tienen un riesgo 1,5 a 4 veces mayor de sufrir enfermedad cardiovascular, ictus o infarto en la década siguiente al parto. Esta desconexión entre ciencia y práctica clínica llevó al desarrollo de cohortes de seguimiento para analizar el impacto a largo plazo de estos eventos obstétricos adversos.
Menopausia: más que sofocos, un punto de inflexión cardiovascular
Un documento de consenso de 2025, elaborado por la SEC y otras sociedades médicas como SEGO, aboga por un cambio de enfoque en la menopausia. La caída de estrógenos y los cambios metabólicos exigen una valoración integral que vaya más allá de los síntomas clásicos (sofocos, alteraciones del sueño). María Goya Canino insiste en que muchas mujeres llegan a esta etapa con riesgo acumulado, incluyendo antecedentes obstétricos adversos que suelen pasarse por alto.
La consulta de menopausia, según Goya, debería incluir de forma rutinaria la evaluación de presión arterial, perfil lipídico, peso, distribución de grasa corporal, hábitos de vida y, crucialmente, la historia reproductiva. “La ginecología no puede limitarse a acompañar el embarazo o la menopausia, sino que debe asumir un papel activo en la prevención cardiovascular a lo largo de toda la vida de la mujer”, subraya. Proyectos como GESTACOR, que busca identificar desde obstetricia a mujeres de alto riesgo, son pasos importantes, pero la formación de profesionales y la información a pacientes siguen siendo pilares pendientes.
Conciencia social: el eslabón perdido
Carolina Ortiz señala otra asignatura pendiente: la falta de conciencia social. Una encuesta de la SEC en 2023 reveló que el 74% de la población desconocía que las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en mujeres. “Debemos mejorar la comunicación para que las mujeres tomen conciencia y actúen en consecuencia”, concluye la experta.
Desde una perspectiva analítica, lo que emerge es un sistema sanitario y social que, pese a la evidencia, sigue tratando la salud cardiovascular femenina como un tema secundario. La pregunta clave ahora es: ¿cuántas vidas podrían salvarse si se integraran estos conocimientos en la práctica clínica diaria y en la educación pública?
El sesgo de género en la medicina cardiovascular: un problema sistémico
Más allá de los datos, lo que este análisis revela es un fallo estructural en cómo se aborda la salud femenina: la medicina cardiovascular sigue diseñada bajo un modelo masculino, donde los síntomas, diagnósticos y tratamientos se extrapolan sin adaptar.
La infrarrepresentación en ensayos clínicos no es solo una cuestión numérica, sino conceptual. Al priorizar patrones masculinos —como la obstrucción arterial típica—, se ignoran manifestaciones atípicas en mujeres, perpetuando un círculo vicioso: menos diagnóstico, menos datos y, por tanto, menos avances. Este sesgo se agrava en etapas clave como el embarazo o la menopausia, donde los cambios fisiológicos exigen protocolos específicos que aún no son estándar.
La fragmentación de la atención sanitaria —obstetricia, ginecología, cardiología— refleja otra capa del problema. Cada especialidad actúa en compartimentos estancos, perdiendo la oportunidad de conectar señales tempranas. El embarazo, por ejemplo, funciona como un test de estrés cardiovascular, pero su potencial preventivo se diluye al no integrarse en un seguimiento continuo.
La pregunta clave
¿Cómo transformar un sistema que, pese a reconocer las diferencias biológicas, sigue tratando la salud cardiovascular femenina como una variante menor del modelo masculino? La respuesta exige no solo más investigación, sino un cambio cultural en la formación médica y en la percepción social del riesgo.
