El pacto UE-Mercosur: comercio, estrategia geopolítica y el precio del campo
Un acuerdo que trasciende el comercio. La UE refrenda, tras 25 años, un pacto con el Mercosur que no solo crea la mayor zona de libre comercio del mundo, sino que marca su posición en la batalla global con EE.UU.
El acuerdo, aprobado este viernes de manera provisional, espera aún el visto bueno del Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales. Sin embargo, su entrada en vigor simboliza un hito: el bloque comunitario consolida su peso como potencia comercial en un escenario de creciente tensión con Washington, incluso a riesgo de debilitar su sector primario. Desde una perspectiva analítica, este movimiento revela una apuesta clara por el multilateralismo frente al proteccionismo, pero también expone las grietas internas de una Europa dividida entre el progreso económico y la protección de sus productores.
Las protestas no cesan. Este domingo, agricultores franceses bloquearon autopistas y carreteras, especialmente en el sur del país, mientras en España los cortes en la AP-7, la N-II, la C-16 y el puerto de Tarragona demostraban el malestar del sector. Francia, principal opositor al pacto, insta ahora a la Eurocámara a frenarlo, pero el calendario avanza: la próxima semana, el sector volverá a movilizarse en Bruselas, coincidiendo con la firma definitiva del acuerdo. Lo que esto revela es una paradoja: la UE avanza en su agenda geopolítica mientras su base social —el campo— se siente traicionada.
El peso económico de un gigante birregional
El acuerdo abarca el 25% del PIB mundial y un mercado de 780 millones de personas, con la promesa de transformar las relaciones entre ambas regiones. Según el informe de Llorente y Cuenca, eliminará o reducirá más del 90% de los aranceles bilaterales, impulsando un aumento del comercio cercano al 40%. Las cifras actuales ya son elocuentes: en 2024, el intercambio superó los 111.000 millones de euros, con exportaciones europeas al Mercosur de 55.200 millones (maquinaria, químicos, transporte) e importaciones de 56.000 millones (agroalimentarios, minerales, pulpa).
Sin embargo, el optimismo tiene matices. Países como Francia, Italia y Polonia temen la entrada masiva de productos sudamericanos —carne, azúcar, cereales— con costes más bajos. España, por su parte, deberá equilibrar las oportunidades para sectores como el vino, el aceite de oliva o el porcino con la protección de sus productores locales, amparada en mecanismos como las salvaguardias, el presupuesto de la PAC o exenciones arancelarias para fertilizantes. Más allá de los números, lo que emerge es un conflicto de modelos: ¿puede la UE conciliar su ambición global con la supervivencia de su tejido rural?
Una partida geopolítica: UE vs. EE.UU. en América Latina
En Bruselas, el júbilo es palpable. Ursula von der Leyen lo dejó claro: “Estamos creando un mercado de 700 millones de personas. Nuestro mensaje al mundo es que la colaboración genera prosperidad”. Pero esta declaración no es inocente. El pacto con el Mercosur es, en el fondo, una respuesta al avance de EE.UU. en la región, donde Washington busca reafirmar su influencia, especialmente tras su intervención en Venezuela. La UE, consciente de su menor fuerza estratégica frente a Trump, elige la vía comercial como herramienta de poder blando. Analizando el contexto, lo que esto sugiere es que Bruselas apuesta por el aperturismo como antídoto contra el aislacionismo de la Administración Trump, encarnado en figuras como JD Vance.
El contraste es evidente: mientras Trump impone aranceles, la UE los elimina. Pedro Sánchez, uno de los grandes defensores del acuerdo, lo resumió así: “Las empresas españolas podrán entrar a nuevos mercados, exportar más y generar empleo. Europa mantendrá un vínculo fuerte con América Latina, una región hermana y estratégica”. Pero esta visión choca con la realidad del campo, que ve en el pacto una amenaza existencial. La pregunta clave ahora es si la autonomía estratégica europea —ese objetivo tan anhelado— podrá construirse sobre el descontento de quienes alimentan al continente.
Servicios, confianza y el futuro de Europa
El acuerdo no se limita a bienes: abre sectores como telecomunicaciones, transporte y servicios financieros a empresas europeas. Desde Bruselas, se insiste en que es una “cuestión de confianza estratégica”. La UE quiere posicionarse como el socio más fiable a nivel global, pero el tiempo dirá si esta apuesta logra calmar las aguas. Más allá de los intercambios comerciales, lo que está en juego es el modelo de Europa en el mundo: ¿será capaz de liderar con ejemplo, o el costo social —las protestas del campo— será demasiado alto?
La ceremonia de firma en Paraguay, donde el país asume la presidencia rotatoria del Mercosur, será el acto simbólico de un proceso largo y controvertido. Pero la verdadera prueba llegará después: cuando los agricultores europeos evalúen si las promesas de Bruselas compensan los riesgos que, según ellos, el pacto conlleva.
El dilema estratégico: ambición global vs. cohesión interna
Más allá de los números y las declaraciones, el pacto UE-Mercosur expone una tensión estructural en el proyecto europeo: la disyuntiva entre su aspiración de potencia global y la necesidad de mantener la cohesión interna. Lo que esto revela es que Bruselas prioriza su posición geopolítica, incluso a costa de fracturar su base social más tradicional.
Desde una perspectiva analítica, el acuerdo actúa como un espejo de las prioridades de la UE: el multilateralismo y el poder blando como herramientas para competir con EE.UU. en un tablero donde la influencia en América Latina es clave. Sin embargo, esta estrategia choca con una realidad incómoda: el campo europeo, históricamente protegido, percibe el pacto como una amenaza directa a su supervivencia. La paradoja es clara: la UE avanza en su agenda externa mientras su tejido rural se moviliza en señal de protesta.
La pregunta clave ahora es si este modelo —donde lo geopolítico prima sobre lo social— es sostenible a largo plazo. La autonomía estratégica que busca Europa podría verse socavada si el descontento interno crece, especialmente en sectores clave como la agricultura. Lo que emerge, entonces, es un test de equilibrio: ¿puede la UE liderar en el escenario global sin perder de vista a quienes sostienen su economía desde el terreno?
El costo de la ambición
El verdadero desafío no será firmar el acuerdo, sino gestionar sus consecuencias. Si las protestas persisten y el malestar se extiende, la UE podría enfrentarse a un escenario donde su ambición comercial se vea opacada por una crisis de legitimidad interna. La cohesión, en este caso, no es solo un valor, sino una condición de supervivencia.
