Agentes latinos del ICE deteniendo a un migrante, reflejo del muro invisible de Trump

El muro invisible de Trump: cuando los verdugos son hijos de migrantes

Un muro que divide hasta a los suyos. La paradoja de un sistema que usa a latinos para perseguir a latinos.

Recuerdo el desconcierto al escuchar a una migrante mexicana defender a Trump en noviembre de 2016, tras su primer triunfo electoral. Cubría la noche con los demócratas en Nueva York, donde la fiesta prometida se convirtió en un funeral: gente vestida de gala llorando, preguntándose qué había pasado. Sin nada que contar en el centro de convenciones Jacob Javits, nos trasladamos a la Torre Trump para grabar reacciones. Allí, un grupo de migrantes mexicanos defendía con convicción el muro fronterizo que el entonces candidato prometía.

Les pregunté si eso no iba contra su propia historia. Su respuesta fue gélida: “Ya somos demasiados aquí, no entra todo el mundo”. Un mensaje que hoy resuena con fuerza y explica el auge del rechazo al otro, al miedo a perder lo poco o mucho que se tiene. Ni siquiera los suyos los defendían entonces.

El muro que sí se construyó: la caza del migrante

Trump nunca terminó de levantar el muro físico en la frontera. Lo hizo a trozos, con poco impacto. Pero ahora ha erguido otro, más siniestro: un sistema de detenciones arbitrarias ejecutadas por agentes encapuchados, en cualquier lugar y a cualquier hora. Da igual si el migrante está en una iglesia, un colegio o volviendo del trabajo. La consigna parece ser clara: cuantos más, mejor.

Y aquí surge la ironía más cruel: este muro se ha construido con agentes, con matones —como los define el texto—, mayoritariamente latinos. El propio Trump lo confirmó en una de sus comparecencias, y la realidad lo corroboró con el caso de Alex Pretti, acribillado en plena calle por Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez, dos agentes con apellidos que delatan un origen latino.

La identidad que el sistema intenta ocultar

Ochoa y Gutiérrez decidieron, en segundos, que Pretti era una amenaza solo por grabar con su móvil detenciones más que cuestionables. Sobre ellos se sabe poco: la administración blinda las identidades de los agentes del ICE con hermetismo absoluto. Solo cuando los apellidos revelan lo obvio —que sus padres o abuelos compartieron el mismo camino que ahora cortan a otros— el sistema no puede ocultar la contradicción.

Desde una perspectiva analítica, este fenómeno revela cómo el miedo y la escasez pueden convertir a las víctimas de ayer en verdugos de hoy. Lo que esto desvela es un mecanismo de supervivencia perverso: para mantener su lugar en la sociedad, algunos optan por alinearse con el poder, aunque eso implique traicionar su propia historia.

La pregunta clave ahora es: ¿hasta dónde puede llegar la normalización de la crueldad cuando quienes la ejercen son, a su vez, hijos de quienes la sufrieron?

La paradoja de la identidad fracturada

El sistema de persecución migrante no solo divide a las comunidades, sino que expone una fractura interna en quienes lo ejecutan. La ironía radica en que el mismo mecanismo que históricamente marginó a los latinos ahora los utiliza como instrumentos de esa marginación.

Desde una perspectiva analítica, lo que emerge es un ciclo de violencia institucionalizada donde la identidad se negocia por seguridad. La decisión de Ochoa y Gutiérrez de actuar contra Pretti no es un acto aislado, sino el reflejo de una lógica perversa: para pertenecer, hay que demostrar lealtad al sistema, incluso si eso significa reproduir la opresión que una vez se sufrió.

Más allá de los hechos, lo que revela este fenómeno es la fragilidad de la identidad cuando se construye sobre el miedo. El muro invisible de Trump no es solo físico o legal, sino psicológico: una barrera que convence a las víctimas de que su supervivencia depende de convertirse en verdugos.

El costo de la normalización

La pregunta que subyace es si esta dinámica puede sostenerse sin erosionar por completo el tejido social. Cuando la crueldad se normaliza, incluso entre quienes la padecieron, el daño trasciende lo individual y se convierte en una herida colectiva. ¿Qué queda de una comunidad cuando su propia historia se usa para justificar su destrucción?

Referencia de contenido: aquí