Kubilius desafía a Europa: ¿3,5% en defensa o seguir dependiendo de EEUU?
Europa ante su momento de verdad. El comisario Andrius Kubilius exigió en el Congreso elevar el gasto militar al 3,5% del PIB, chocando frontalmente con la postura del Gobierno español, anclado en el 2%.
Esta discrepancia no es un simple desajuste numérico, sino el reflejo de un debate estratégico que fractura al continente: ¿basta con el actual nivel de inversión para garantizar la seguridad colectiva, o la amenaza rusa exige un salto cualitativo e inmediato? Kubilius, con su advertencia de que “si no lo hacemos, seremos más débiles”, no solo subraya la urgencia, sino que cuestiona la propia viabilidad del modelo europeo actual, basado en la comodidad de una protección externalizada.
Durante su visita a Madrid —donde se reunió con el rey Felipe VI, la ministra Margarita Robles y el titular de Exteriores, José Manuel Albares—, el dirigente lituano dejó claro que el aumento “no será sencillo”. Su mensaje a los diputados de la Comisión Mixta de UE fue contundente: sin inversiones sustanciales, la defensa colectiva se resiente. Lo que emerge aquí es una crítica ácida a la inercia europea, sostenida durante décadas por la dependencia de EEUU, pero que ahora, ante el avance de Rusia, se revela insostenible.
Rusia como catalizador del cambio: la autonomía o el riesgo
Kubilius identificó a Rusia como el principal riesgo para Europa, con posibles agresiones contra Polonia, los Países Bálticos o Finlandia, según los datos de inteligencia que maneja. Este escenario no es una hipótesis lejana, sino una realidad que obliga, en su visión, a una preparación en tres frentes: capacidades materiales, organización institucional —ante una eventual reducción del compromiso estadounidense— y, sobre todo, voluntad política sostenida.
Lo que esto revela es un cambio de paradigma histórico: Europa ya no puede permitirse el lujo de delegar su seguridad. “Tenemos que estar dispuestos a asumir responsabilidades”, sentenció, señalando el fin de una era en la que el continente se beneficiaba de la protección estadounidense sin asumir su coste. La pregunta clave ahora es si los Estados miembros podrán superar sus diferencias internas —Kubilius denunció una “escasa unidad”— para construir una política de defensa coherente, o si, por el contrario, la fragmentación los condenará a la irrelevancia estratégica.
En el plano económico, el comisario destacó iniciativas como los préstamos SAFE y el Programa para la Industria Europea de Defensa (EDIP), diseñados para estimular la inversión. Las cifras que citó —343.000 millones de euros en gasto defensivo en 2024, con 106.000 millones en inversiones, y un aumento a 381.000 millones en 2025— reflejan un esfuerzo creciente. Sin embargo, desde una perspectiva analítica, el verdadero interrogante no es si Europa puede permitirse este gasto, sino si puede permitirse no hacerlo ante la escalada de tensiones.
Tres pilares para una defensa que ya no admite excusas
Kubilius desglosó su propuesta en tres ejes: la preparación de capacidades materiales, la adaptación institucional ante un posible desenganche de EEUU y, sobre todo, la preparación política. Este último punto es, quizás, el más crítico. Sin una voluntad unificada, los avances técnicos o económicos perderán fuerza, como advirtió con una frase lapidaria: “Mientras los europeos rellenan papeles, los rusos llegan a Polonia”.
La reflexión invita a mirar más allá de las cifras: ¿está Europa dispuesta a pagar el precio de su autonomía, o seguirá apostando por la comodidad de un statu quo que, según Kubilius, ya no es sostenible? Más allá de los porcentajes, lo que está en juego es la propia soberanía del continente en un mundo cada vez más polarizado.
El dilema existencial: autonomía o dependencia
La exigencia de Kubilius no solo plantea un debate sobre cifras, sino sobre el modelo de seguridad que Europa quiere adoptar. Su crítica a la comodidad europea apunta a una dependencia histórica de EEUU que, en el contexto actual, podría convertirse en un riesgo estratégico mortal. Desde una perspectiva analítica, lo que esto revela es una tensión entre dos visiones irreconciliables: la de quienes, como España, confían en que el actual marco de alianzas y capacidades es suficiente, y la de quienes, como Lituania, ven en la autonomía el único camino para garantizar la seguridad a largo plazo.
La advertencia de Kubilius sobre la posible reducción del compromiso estadounidense no es baladí: obliga a Europa a repensar su papel en el tablero geopolítico. La falta de unidad que denuncia el comisario lituano no es solo un obstáculo técnico, sino existencial. Sin consenso, cualquier avance en capacidades materiales o económicas quedará cojo, como un edificio sin cimientos. Su frase “Mientras los europeos rellenan papeles, los rusos llegan a Polonia” resume la urgencia de actuar con determinación, no solo con recursos.
La pregunta que define el futuro
¿Logrará Europa superar sus divisiones internas para construir una defensa autónoma, o la falta de voluntad política condenará al continente a seguir dependiendo de actores externos en un escenario de creciente incertidumbre, donde cada día de indecisión es un día ganado por sus adversarios?
El coste político de la inacción: más allá de los porcentajes
Lo que subyace en el debate entre el 2% y el 3,5% no es solo una discusión técnica sobre presupuestos, sino una batalla por el liderazgo moral y estratégico de Europa. Kubilius no cuestiona solo cifras, sino la narrativa que ha permitido al continente justificar su dependencia durante décadas.
Desde una perspectiva analítica, su advertencia sobre la “escasa unidad” europea no apunta a un problema de coordinación, sino a una crisis de identidad. La fragmentación que denuncia no es casual: refleja visiones opuestas sobre qué significa ser europeo en el siglo XXI. Mientras algunos ven en el statu quo una garantía de estabilidad, otros —como Lituania— lo interpretan como una rendición encubierta ante la realidad geopolítica.
La crítica a la “inercia europea” adquiere así un matiz más profundo: no se trata de falta de recursos, sino de falta de urgencia compartida. El riesgo no es solo que Rusia avance, sino que Europa pierda la capacidad de decidir su propio futuro. La frase de Kubilius sobre “rellenar papeles” mientras otros actúan expone una brecha entre la burocracia y la acción, entre el discurso y la realidad.
El precio de la comodidad
La pregunta clave ahora es si Europa está dispuesta a asumir el coste político de la autonomía: no solo el económico, sino el de romper con décadas de comodidad estratégica. Porque, en el fondo, lo que está en juego no es solo la defensa, sino la credibilidad del proyecto europeo como actor global.
