¿Cómo conseguir 20 millones en pocos meses? Así actuaba Carlo Ponzi, el mago de la estafa piramidal

¿Cómo conseguir 20 millones en pocos meses? Así actuaba Carlo Ponzi, el mago de la estafa piramidal

Llegó a EEUU con menos de tres dólares y en poco tiempo se convirtió en millonario. ¿Cómo? Estafando, claro. Carlo Ponzi, quien daría el nombre al esquema Ponzi, una conocida estafa piramidal, falleció un 18 de enero de 1949, pero su “legado” sigue vigente, transformado en todo tipo de timos, que engañan a miles de personas por todo el mundo. Esta es la historia de uno de los personajes más icónicos del mundo de los maleantes, y de cómo consiguió que le regalasen 20 millones de dólares.

La cola era kilométrica. No cabía un alfiler. En masa, centenares de personas se apilaron a la entrada de las oficinas de Ponzi. La psicosis colectiva duró varios días seguidos. No sabemos si más nerviosos o temerosos, la horda de gente se empujaba sin remilgos para asegurarse cruzar esas puertas. El tipo salió sonriendo. Traje italiano, pañuelo de bolsillo en su chaqueta, anillo al dedo, zapatos relucientes y dentadura aún más brillante. El coche de lujo seguía aparcado en la puerta. Para calmar los aires, Ponzi regaló café y perritos calientes para todos.

Durante varias semanas, un grupo de periodistas se había estado repitiendo la misma pregunta: ¿cómo puede este hombre haber creado semejante fortuna de la nada? Siguieron el rastro del dinero y… no lo encontraron. Los titulares cuestionaron su negocio y desembocaron en pánico. Tras ese golpe mediático, sus clientes acudieron en masa a recuperar sus inversiones. Ponzi salía cada día ante ese peregrinaje perfectamente trajeado y con su mejor sonrisa. Fue devolviendo el dinero a los primeros que iban entrando… hasta que la cola se fue reduciendo. Al comprobar que seguía pagando, muchos recobraron la confianza. ¿Pero de dónde sacaba el dinero si se supone que no lo tenía y que los había estafado? Para entender cómo llegamos hasta aquí, debemos conocer su método.

Ponzi llegó a Boston en 1903. Tenía 20 años. No sabía inglés y tenía pocas ganas de trabajar. De siempre había buscado evitar el sistema para adueñarse de otro que le favoreciera. En pocos meses consiguió que miles de inversores le dieran millones de dólares para invertir con un interés del 50%. Era un revolucionario. Primero, la narrativa. Los seducía. Largos discursos contra las instituciones financieras y los bancos tradicionales. Anchas palabras repletas de obviedades contra el sistema. El Robin Hood de Boston. El populismo de toda la vida.

Segundo, el esquema. Ponzi afirmaba que obtenía beneficios mediante la compra-venta de cupones de respuesta internacional. Creados a comienzos del siglo XX por la Unión Postal Universal, eran unos vales postales que permitían al destinatario de una carta canjearlos en su país por sellos para responder sin pagar el franqueo. Según su relato, aprovechaba las diferencias de cambio entre países para ganar dinero. El fraude era sencillo. Los inversores entregaban dinero a Ponzi con la promesa de obtener un 50 % de beneficio en 45 días, o el doble en 90. Pero ese dinero no se invertía en nada. Se acumulaba en caja y se utilizaba para pagar a quienes reclamaban beneficios o retiraban su inversión. Pagaba los intereses de los primeros inversores con los depósitos de los nuevos, y así, sucesivamente. Los pagos puntuales creaban una sensación de solvencia y éxito que atraía a nuevos participantes. Pero la realidad es que no existía esa compra-venta de cupones. Era una tapadera.

Pero ocurrieron tres cosas. Los periodistas, una demanda civil de antiguos socios y una investigación federal. Circulaba demasiado dinero para unos simples sellos. Cuando las autoridades financieras revisaron sus cuentas, descubrieron que no existía una contabilidad real, y que el dinero entraba y salía sin un respaldo en inversiones auténticas. Como no podía ser de otra manera, acabó en prisión. La primera gran condena llegó en 1920, cuando se declaró culpable de fraude postal. Fue sentenciado a cinco años de prisión, pero salió antes de cumplir la pena completa. En su estancia entre rejas seguía prometiendo resultados, enviaba cartas a sus acreedores asegurándoles más dinero.

Después, volvió a ingresar en prisión. Los delitos financieros le caían del cielo. En 1934, tras cumplir las penas pendientes y debido a su condición de inmigrante, fue deportado a Italia. Allí intentó aprovechar su fama para obtener algún tipo de puesto vinculado al régimen fascista, pero no logró gran cosa. A finales de los años treinta se trasladó a Brasil, donde vivió sus últimos años en condiciones muy precarias, enfermo y prácticamente olvidado. Murió en 1949 en Río de Janeiro, sin dinero, y muy lejos de la imagen de magnate financiero con traje caro que había proyectado. Es lo que tiene intentar volar con alas de cera.

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