Gaza 2025: el plan de Trump para reconstruir el enclave con policía, economía y educación
¿Un nuevo Gaza o un Gaza nuevo? La Junta de Paz liderada por Trump desvela su hoja de ruta: 17.000 millones, desmilitarización y un modelo social y económico radicalmente distinto.
La primera reunión de la Junta de Paz para Gaza, impulsada por Donald Trump y Estados Unidos, ha desgranado los ejes de su plan para el futuro del enclave palestino. “Reconstruiremos Gaza no como era, sino como debería ser”, sentenció Tony Blair, miembro del comité ejecutivo, en una declaración que resume el espíritu transformador del proyecto. Este, liderado por Trump y dirigido por el búlgaro Nikolai Mladenov, busca redefinir Gaza desde sus cimientos, con una segunda fase centrada en su reconstrucción integral.
El compromiso económico asciende a 17.000 millones de dólares: 7.000 millones aportados por nueve países —Kazajistán, Azerbaiyán, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos, Bahrein, Qatar, Arabia Saudí, Uzbekistán y Kuwait— y 10.000 millones prometidos por Estados Unidos, aunque sin detalles concretos sobre plazos o mecanismos de entrega. Sin embargo, los líderes de la Junta han dejado claro que la reconstrucción no avanzará sin garantías de desmilitarización y seguridad, junto a una transformación profunda del tejido económico, social, tecnológico e industrial de Gaza.
Seguridad primero: policía gazatí y tropas internacionales
La estructura de seguridad será la piedra angular del plan. Mladenov anunció la creación de un cuerpo de “agentes de policía palestinos”, ya en proceso de contratación, que operará como un cuerpo “nuevo, de transición, respaldado por la administración gazatí y la Junta de Paz”. Estos agentes, formados en Egipto y Jordania, serán clave para la desmilitarización, presentada como condición sine qua non para iniciar la reconstrucción y mejorar la vida de la población.
La coordinación recaerá en un Alto Representante que trabajará con la nueva Administración gazatí —un gobierno “palestino, tecnócrata y apolítico” liderado por el ingeniero Ali Shaaz, exministro de la Autoridad Nacional Palestina—. Este Ejecutivo actuará “con transparencia y en coordinación con las instituciones israelíes y palestinas”, según Mladenov. Desde una perspectiva analítica, este enfoque refleja una apuesta por la gobernanza técnica sobre la política, aunque su viabilidad dependerá de la capacidad para navegar las complejas dinámicas locales e internacionales.

20.000 soldados para estabilizar la Franja
Gaza quedará dividida en cinco sectores —Rafah, Jan Yunis, Deir-al-Balah, Gaza y la zona norte—, tal como ocurrió durante la ofensiva israelí. Para garantizar la desmilitarización, se desplegarán 20.000 soldados de estabilización, procedentes de Indonesia, Marruecos, Kazajistán, Kosovo y Albania, según el general retirado Jasper Jeffers, comandante de estas fuerzas. Estos se sumarán a 12.000 policías formados en Egipto y Jordania, creando un marco de seguridad que, según Jeffers, proporcionará “la estabilidad que Gaza necesita para su prosperidad”.
Lo que esto revela es una militarización temporal de la zona bajo banderas extranjeras, un modelo que plantea preguntas sobre soberanía y sostenibilidad a largo plazo. La pregunta clave ahora es cómo se gestionará la transición hacia una seguridad autónoma palestina sin repetir errores del pasado.
Instituciones, economía y educación: los pilares de la nueva Gaza
Tony Blair, figura central en el comité ejecutivo, detalló los objetivos del plan: “un cuerpo de policía y un gobierno autónomo, con instituciones públicas eficaces”. Pero el ambicioso proyecto va más allá. Se impulsará un “entorno empresarial” que fomente la inversión local y extranjera, mejorando el nivel de vida de los palestinos. Paralelamente, se implementará “un sistema educativo que eduque a los jóvenes en la tolerancia y en los logros”, dentro de una “sociedad tecnológica”.
“Es un compromiso genuino con una región donde, independientemente de que seas judío, musulmán o cristiano, tengas religión o no, puedas crecer gracias a tu esfuerzo y sentir que hay un gobierno a tu lado”, explicó Blair. “Esta es la única esperanza para Gaza”, concluyó. Desde una perspectiva analítica, este enfoque subraya la apuesta por un desarrollo económico como motor de estabilidad social, aunque su éxito dependerá de la capacidad para atraer inversiones en un contexto de alta incertidumbre política.

La arquitectura del poder: quién decide el futuro de Gaza
La Junta de Paz se organiza en una estructura jerárquica compleja. En la cúspide, el Comité Ejecutivo de la Junta de Paz, integrado por figuras como el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, Tony Blair, el enviado especial para Gaza Steve Witkoff, el yerno de Trump Jared Kushner, el director de Apollo Global Management Marc Rowan y el presidente del Banco Mundial Ajay Banga. Este comité supervisará el proceso, pero la ejecución recaerá en un Comité Ejecutivo para Gaza, que incluye a asesores regionales como el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, el jefe de la inteligencia egipcia Hasán Rashad, y el colaborador del primer ministro de Catar, Ali al Zawadi. También forman parte el empresario Yakir Gabay y las dos únicas mujeres: la ministra de Cooperación Internacional de Emiratos Árabes, Reem al Hashimy, y la diplomática neerlandesa Sigrid Kaag.
En la base operativa, la Junta Nacional para la Administración de Gaza será el gobierno “palestino, tecnócrata y apolítico” responsable de la gestión diaria. Este órgano, liderado por Ali Shaaz —ingeniero originario de Jan Yunis y ex viceministro de Transporte de la Autoridad Palestina en los 90—, gestionará servicios públicos y municipalidades. La presencia de actores internacionales y regionales en los comités superiores sugiere un modelo de gobernanza compartida, aunque con tensiones potenciales entre intereses locales y externos.
Más allá de los hechos, lo que emerge es un experimento geopolítico sin precedentes: la reconstrucción de Gaza como laboratorio de un nuevo orden regional. ¿Logrará este plan equilibrar seguridad, desarrollo económico y legitimidad política, o quedará atrapado en las contradicciones de sus propios actores?
El experimento geopolítico: soberanía y dependencia en equilibrio
El plan para Gaza no es solo una hoja de ruta económica o de seguridad, sino un intento de redefinir el concepto mismo de autonomía en un territorio históricamente marcado por la fragmentación y la intervención externa.
Desde una perspectiva analítica, la creación de un gobierno tecnócrata y apolítico, respaldado por una fuerza policial internacional, refleja una apuesta por la estabilidad a corto plazo, pero plantea interrogantes sobre su sostenibilidad. La dependencia de actores externos para la seguridad y la financiación podría limitar la capacidad de Gaza para tomar decisiones soberanas, incluso en un escenario de reconstrucción exitosa. Lo que esto revela es una tensión inherente entre la necesidad de orden y la aspiración de autogobierno.
La división de Gaza en cinco sectores, cada uno bajo supervisión de tropas internacionales, sugiere un modelo de control territorial que prioriza la desmilitarización sobre la unidad política. Este enfoque, aunque efectivo para evitar conflictos armados, podría perpetuar una fragmentación que dificulte la cohesión social y administrativa a largo plazo. Más allá de los hechos, lo que emerge es un dilema: ¿puede una región reconstruirse bajo un paraguas de seguridad externa sin sacrificar su identidad política?
La pregunta clave
¿Logrará este marco de gobernanza compartida —donde lo local y lo internacional se entrelazan— generar una estabilidad duradera, o terminará reproduciendo las dinámicas de dependencia que ha buscado superar?
