Antonio Conde: evitar la palabra cáncer aumenta el estigma del enfermo
Antonio Conde Moreno (Burgos, 51 años) dirige el servicio de Oncología Radioterápica del Hospital La Fe de Valencia y coordina la plataforma nacional de seguimiento del Plan de Implantación de la Protonterapia en el SNS. Asegura que esta técnica completa el arsenal terapéutico actual y posicionará a España a la cabeza europea en la lucha contra el cáncer, patología que se detecta antes y se vence con menos secuelas. Optimista, pero cauto.
Miedo a nombrar la enfermedad
Pregunta. Damos mil rodeos para no decir cáncer…
Respuesta. Responde a un temor ancestral: lo consideramos incurable. Muchos dicen “una larga enfermedad” o, peor, “una larga y penosa enfermedad”. Afortunadamente cambia: diagnosticamos antes y curamos con menos toxicidad. Es tan frecuente y recurrente que debemos normalizarla. Si no la nombramos, estigmatizamos al paciente; ya tiene bastante con estar enfermo.
Por qué eligió la radioterapia
P. ¿Qué le atrajo de la oncología radioterápica?
R. Siempre me atrajo la oncología. Al principio pensé en cirugía, pero cuando descubrí esta especialidad me decanté. Permite tratar y “operar” sin bisturí: la radiación llega a zonas complejas, casi inaccesibles, y produce un efecto similar a extirpar el tumor. Además, avanza al ritmo de la tecnología y la mayoría de tratamientos no son agresivos, no precisan sedación ni ingreso.
Qué es la protonterapia
P. Entendemos quimio, radio e inmunoterapia, pero ¿qué es la protonterapia?
R. Una de nuestras armas contra el cáncer es irradiar. A la mayoría se les aplican fotones, haces de luz de alta energía que matan las células tumorales. Con protonterapia usamos protones, partículas del átomo, que al entrar en el cuerpo se detienen de golpe: más allá del tumor la dosis es cero. Es clave cuando la radiación posterior afectaría la calidad de vida una vez curado.
P. ¿A quién beneficia?
R. Sobre todo a niños. Necesitamos que el resto del organismo reciba dosis cero y siga desarrollándose sin secuelas. También a adolescentes y jóvenes hasta 26 años. Y a pacientes con tumores en lugares muy profundos y cercanos a estructuras críticas, como la base del cráneo, o que precisan reirradiar zonas que ya no toleran más dosis. No sustituye lo que hacemos; es el complemento que faltaba.
Red española de protonterapia
P. Como coordinador del plan de protonterapia, ¿dónde quedará España cuando finalice?
R. Un artículo reciente analiza qué hace que un país tenga mejores resultados oncológicos. Tras el nivel económico, el acceso a radioterapia es el factor más relevante. En España los equipos llegaron a estar obsoletos y había desigualdad entre centros. La Fundación Amancio Ortega donó primero para renovar equipos; luego llegó el plan INVEAT, 750 millones de fondos Next Generation, que nos alineó con la élite europea. Solo faltaba la protonterapia, disponible solo en dos clínicas privadas madrileñas. Ahora la Fundación aporta 280 millones para 10 centros (28 millones por máquina); las comunidades construyen los edificios. El Ministerio de Sanidad coordinará la red, como ya hace con trasplantes, garantizando equidad.
P. ¿Dónde se ubicarán esos 10 centros?
R. Se eligieron zonas con alta carga poblacional y de pacientes: Santiago, Donostia, dos en Madrid (La Paz y Fuenlabrada), dos en Barcelona, La Fe en Valencia, Málaga, Sevilla y Canarias. Se suma el Hospital Valdecilla en Santander, financiado con fondos públicos. La meta es que todo esté operativo en 2028.
Formación de especialistas
P. ¿Habrá suficientes profesionales formados para entonces?
R. El avance tecnológico exige más especialistas: no solo oncólogos radioterápicos, sino radiofísicos. En España la formación MIR es muy garantista: tres años para radiofísicos y cuatro para oncólogos. Debemos alargar ambas un año más. Si vamos a ser el país con mayor acceso mundial a esta terapia, necesitamos reforzar la plantilla.
El caso Barbacid
P. Respecto al caso Barbacid, ¿faltó prudencia o explicaciones?
R. Cuando se comunica una noticia sanitaria hay que hacerlo con la máxima veracidad y ajustar expectativas. Los avances son reales, pero hay que ser prudentes: se trata de resultados en animales, el primer paso hacia humanos. La noticia es esperanzadora, pero convertirla en “desaparición de la enfermedad” genera falsas expectativas.
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