El TDAH en Europa: ¿infratratado o sobremedicalizado?
Un debate que divide a la psiquiatría. El consumo de fármacos para el TDAH se ha disparado en Europa desde 2010, pero las cifras siguen siendo bajas según los especialistas.
En España, su uso casi se ha duplicado, alcanzando al 0,42% de la población (más de 204.000 personas), aunque es uno de los países con menor crecimiento entre los cinco analizados en una investigación publicada en The Lancet. Los porcentajes de consumo varían entre el 0,26% en Alemania y el 1,56% en Países Bajos, muy por debajo de la prevalencia estimada del trastorno: entre un 2,5% y un 8% en niños y entre un 1% y un 3% en adultos.
Desde una perspectiva analítica, esta brecha entre la prevalencia teórica y el tratamiento real plantea una pregunta incómoda: ¿estamos ante un problema de infradiagnóstico o ante una medicalización excesiva de rasgos normales de la personalidad? Lo que está claro es que el TDAH, un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por inatención, hiperactividad e impulsividad, sigue siendo un campo de batalla entre posturas clínicas.
Tratamientos y patrones desiguales
Los cinco fármacos principales ―metilfenidato, dexanfetamina, lisdexanfetamina, atomoxetina y guanfacina― actúan sobre los sistemas dopaminérgico y noradrenérgico, mejorando la atención y reduciendo conductas desadaptativas. Sin embargo, su adopción no ha sido uniforme. Mientras en Reino Unido el uso se ha triplicado desde 2010 (aunque solo llega al 0,39% de la población), en Países Bajos se ha más que duplicado, en Bélgica el crecimiento es moderado, y en Alemania, irregular, con un repunte a partir de 2017. España vivió un crecimiento rápido hasta mediados de la década pasada, seguido de una estabilización, e incluso un descenso en niños de 3 a 11 años desde 2015, al igual que en Países Bajos.
Javier Quintero, profesor de Psiquiatría en la Universidad Complutense de Madrid, lo tiene claro: “Se observa con claridad que aún hay un espacio importante entre la prevalencia del trastorno y la de pacientes tratados, que, a pesar de crecer en cifras llamativas, no llega ni a una quinta parte de los casos reales”. Más allá de los números, lo que esto revela es un sistema sanitario que, en su opinión, sigue fallando a la hora de identificar y abordar el TDAH.
El giro generacional y de género
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es el desplazamiento del consumo hacia edades más avanzadas. Al final del periodo analizado, el uso de medicación para el TDAH en el grupo de 18 a 24 años ya supera al de los niños más pequeños en Reino Unido, Países Bajos y España. Entre los adultos, el crecimiento es acusado en todos los países, especialmente entre las mujeres, con aumentos que superan el 1.000% en algunos casos, aunque partiendo de cifras muy bajas.
Aunque los varones siguen siendo mayoría entre los menores que inician tratamiento, la brecha de género se ha reducido. Entre los adultos, en algunos países ya hay más mujeres que hombres comenzando medicación. Josep Antoni Ramos-Quiroga, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitari Vall d”Hebron de Barcelona, interpreta este cambio como un reconocimiento tardío del TDAH en mujeres, históricamente menos diagnosticadas. “Antes, en muchas ocasiones, estas personas han recibido antidepresivos o benzodiazepinas. ¿Qué quiere decir? Que no se ha diagnosticado correctamente, que se les ha tratado con medicaciones que no necesitaban hasta llegar al diagnóstico adecuado”, explica.
La falta de diagnóstico y tratamiento, para Ramos-Quiroga, no es un tema menor: el TDAH no tratado aumenta el riesgo de conductas adictivas (cocaína, cannabis, juego patológico) y, según estudios como uno publicado en The New England Journal of Medicine, reduciría entre un 30% y un 40% el riesgo de recaídas delictivas en personas encarcelaadas si se aborda con la medicación adecuada.
Tanto Quintero como Ramos-Quiroga abogan por una mayor visibilización del trastorno para lograr un diagnóstico precoz y explorar alternativas no farmacológicas. Sin embargo, ambos coinciden con el consenso mayoritario en psiquiatría: los fármacos no están lo suficientemente extendidos.
La crítica a la medicalización
No todos comparten esta visión. Juan José Criado, especialista en salud pública, y Carme Romo, psicóloga clínica, alertan en su análisis de los datos de The Lancet sobre un posible sobrediagnóstico y sobretratamiento. “Muchos fracasos escolares y bajos rendimientos educativos se intentan resolver mediante la medicación. Se tiende a etiquetar cualquier comportamiento cotidiano: todo debe tener un diagnóstico o una etiqueta. Esto favorece la medicalización de la vida”, argumentan.
Los críticos señalan que muchos ensayos clínicos detrás de estos fármacos tienen un peso significativo de la industria farmacéutica. Aunque hay estudios que demuestran mejoras en la calidad de vida de los pacientes, revisiones independientes como las de Cochrane relativizan sus efectos positivos y piden más investigación y cautela. Para Criado y Romo, el reto no es frenar el aumento del consumo, sino garantizar que el tratamiento sea “adecuado, bien evaluado, sostenido en el tiempo y acompañado de intervenciones psicosociales, evitando tanto el infratratamiento como la medicalización excesiva”.
Lo que emerge de este debate es una tensión fundamental: ¿cómo equilibrar el acceso al tratamiento para quienes lo necesitan sin caer en la trampa de patologizar la diversidad humana? La respuesta, como el propio TDAH, no es sencilla.
El dilema ético tras los números
Más allá de las cifras, lo que este debate desvela es una tensión entre dos visiones de la salud mental: la que prioriza el acceso al tratamiento y la que cuestiona los límites de la medicalización.
Desde una perspectiva analítica, el crecimiento desigual en el consumo de fármacos para el TDAH en Europa no solo refleja diferencias en los sistemas sanitarios, sino también en las narrativas culturales sobre el trastorno. Mientras algunos países avanzan hacia un reconocimiento más amplio, otros mantienen resistencias que podrían dejar sin diagnóstico a quienes realmente lo necesitan. Lo que esto revela es que el problema no es solo clínico, sino también social: ¿hasta qué punto la sociedad está dispuesta a aceptar que ciertos comportamientos son parte de un trastorno y no de la personalidad?
El desplazamiento del consumo hacia adultos y mujeres, mencionado en el estudio, sugiere un cambio de paradigma: el TDAH ya no se ve como un problema exclusivo de la infancia. Esto plantea una pregunta incómoda: si históricamente se ha subdiagnosticado en estos grupos, ¿no podría estar ocurriendo lo mismo ahora con otros perfiles menos visibles? La medicalización excesiva y el infratratamiento, en este contexto, podrían ser dos caras de la misma moneda: la falta de precisión en el diagnóstico.
La pregunta clave
¿Cómo distinguir entre un trastorno que requiere intervención y una variación normal del comportamiento humano, en un mundo donde la línea entre lo patológico y lo cotidiano se desdibuja cada vez más? La respuesta exigirá no solo rigor científico, sino también una reflexión profunda sobre qué consideramos normal y qué, tratable.
