Steve Ramírez en laboratorio analizando engramas cerebrales y memoria dinámica

Steve Ramírez: “La memoria no es un archivo, es una reconstrucción viva”

¿Y si el olvido no fuera pérdida, sino acceso bloqueado? La memoria define quiénes somos, pero también puede atraparnos en su laberinto.

Para Steve Ramírez, neurocientífico de la Universidad de Boston, memoria e imaginación son dos caras de una misma moneda. “Si te ponemos en un MRI y recuerdas algo de tu infancia, vemos un patrón de actividad, y si te pedimos imaginar un escenario futuro —volver a casa esta noche y cenar—, aparecen activadas las mismas áreas”, explica. Esta conexión revela que el cerebro no solo archiva el pasado, sino que lo usa como materia prima para construir futuros posibles.

El engrama: de la teoría a la reactivación artificial

Hace un siglo, el concepto de engrama —el rastro físico que deja una experiencia en el cerebro— era una hipótesis ambigua. En 2011, en el laboratorio del nobel Susumu Tonegawa en el MIT, Ramírez y su compañero Xu Liu demostraron que podían reactivar una memoria de pánico en un ratón. Mediante optogenética, etiquetaron las neuronas activadas al recibir una descarga eléctrica y, días después, las estimularon en un entorno distinto. El resultado fue contundente: el animal revivió el miedo sin estímulos externos, probando que las memorias pueden “encenderse” con precisión.

Este hallazgo no solo validó la existencia del engrama, sino que desveló su naturaleza dinámica. “Es como un documento de Word: cada vez que lo recordamos, lo guardamos como una nueva versión”, compara Ramírez. La memoria, lejos de ser estática, se reescribe con cada evocación, actualizándose y adaptándose. Esto plantea preguntas fascinantes: ¿existe una versión “original” de un recuerdo? ¿O todas son reinterpretaciones?

Memorias perdidas: ¿inaccesibles o inexistentes?

Ramírez especula que el cerebro almacena más de lo que creemos, pero prioriza el acceso a lo relevante para la toma de decisiones. “A veces recordamos algo que creíamos perdido desde hace 20 años. Es como si el libro apareciera de repente en la biblioteca”, ilustra. Esta idea cobra fuerza con sus experimentos: en casos de amnesia por Alzhéimer, privación de sueño, adicción o incluso amnesia infantil, su equipo ha logrado restaurar memorias que se daban por perdidas. El problema, sugiere, no es la ausencia, sino la dificultad para acceder a ellas.

Desde una perspectiva analítica, esto redefine el olvido: no como un borrado, sino como un fallo en el sistema de recuperación. La pregunta clave ahora es cómo traducir estos avances en aplicaciones humanas sin recurrir a métodos invasivos como la optogenética. Ramírez apunta a soluciones menos intrusivas: el lenguaje, la música, el ejercicio o terapias cognitivas podrían ser las llaves para desbloquear recuerdos.

Los límites éticos de esculpir la memoria

Modificar memorias traumáticas —como las asociadas al trastorno de estrés postraumático— podría ser terapéutico, pero Ramírez advierte: “El 80% de la gente no querría cambiar su memoria, porque forma parte de su identidad”. La manipulación, por tanto, debería limitarse a contextos clínicos, como un medicamento, no como un capricho tecnológico.

Lo que esto revela es una paradoja: la memoria, aunque imperfecta, es esencial para nuestra esencia. “Nuestra biología es imperfecta, pero suficiente para sobrevivir, prosperar y construir sociedades”, reflexiona. Y añade: “Tal vez lo que falta en sistemas como ChatGPT es la textura humana de la imperfección”.

En un mundo obsesionado con la eficiencia, Ramírez defiende lo analógico: dormir bien, hacer ejercicio, socializar. “Ojalá hubiera un mayor impulso institucional para destacar lo beneficiosas que son estas actividades”, señala. La crítica subyacente es clara: la tecnología no debe reemplazar, sino potenciar, lo que ya nos hace humanos.

Memoria como construcción, no como archivo

Ramírez desafía la idea de la memoria como un registro fiel. “Cada recuerdo que evocamos es la mejor predicción del cerebro de lo que cree que ocurrió”, explica. Esta teoría sugiere que la memoria no es una reproducción literal, sino una construcción adaptativa. Tomamos fragmentos del pasado, los recombinamos y, así, imaginamos futuros.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una visión revolucionaria: la memoria no es un almacén, sino un taller. Y en ese taller, los errores y las imperfecciones no son fallos, sino la esencia misma de lo humano.

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar que nuestra identidad se construye sobre recuerdos que, en el fondo, son interpretaciones?

La memoria como herramienta de supervivencia, no de precisión

Desde una perspectiva analítica, la visión de Ramírez invierte el paradigma tradicional: la memoria no busca la fidelidad, sino la utilidad. Lo que esto revela es que el cerebro prioriza la adaptación sobre la exactitud, usando el pasado como un lienzo para pintar futuros posibles.

La naturaleza dinámica del engrama —ese “documento de Word” que se reescribe— sugiere que cada evocación es un acto creativo. Esto plantea una paradoja: si los recuerdos son reconstrucciones, ¿no son entonces más una forma de arte que de archivo? La memoria, en este sentido, se convierte en un proceso activo de significación, donde lo importante no es qué recordamos, sino cómo lo hacemos.

La idea de que el olvido es un fallo de acceso, no de almacenamiento, tiene implicaciones profundas. Si las memorias “perdidas” siguen ahí, el desafío no es recuperarlas todas, sino entender por qué el cerebro decide cuáles son relevantes. Aquí emerge una pregunta incómoda: ¿acaso no estamos condenados a vivir con versiones editadas de nuestra propia historia?

El costo de la perfección

Ramírez defiende la imperfección como esencia humana, pero esto choca con la obsesión tecnológica por la precisión. Si la memoria es un taller de interpretaciones, ¿no sería contraproducente buscar herramientas que la hagan “perfecta”? La textura humana que él valora —errores, lagunas, reinterpretaciones— podría ser justo lo que nos hace únicos en un mundo de algoritmos infalibles.

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