La paternidad reescribe el cerebro y la biología masculina
¿Y si ser padre te transformara desde dentro? La ciencia demuestra que la paternidad activa desencadena cambios hormonales y neuronales profundos en los hombres.
En los meses previos al nacimiento de mi hijo, mi pareja y yo nos sumergimos en talleres de natalidad, cursos prenatales y una maratón de lecturas sobre embarazo y crianza. Nuestras libretas se llenaron de detalles sobre cómo el cuerpo y el cerebro de las mujeres se preparaban para la maternidad: hormonas en fluctuación, órganos en movimiento, transformaciones cerebrales.
Pero nadie me advirtió de que mi propio cerebro y biología también se estaban reconfigurando para la paternidad. Fue al leer Father Time de Sarah Blaffer Hrdy cuando caí en la cuenta: los hombres poseemos el cableado biológico necesario para ser tan protectores y dedicados como cualquier madre. Esto no era solo una elección cultural, sino una capacidad latente esperando ser activada.
Tras entrevistar a Hrdy y otros expertos, la conclusión fue clara: la paternidad transforma a los hombres de manera análoga a como la maternidad cambia a las mujeres. Y cuanto mayor es el involucramiento en el cuidado del bebé, más profunda es esa transición.
La testosterona: el primer indicio de un cambio biológico
Las primeras pistas sobre cómo los bebés transforman a los padres surgieron de observaciones en el reino animal. Estudios de finales del siglo XX revelaron que muchos mamíferos machos —incluyendo primates— experimentaban cambios hormonales claros al involucrarse en la crianza: subidas y bajadas de testosterona, vasopresina y prolactina, hormonas típicamente asociadas a la maternidad.
Lee Gettler, antropólogo y director del Laboratorio de Hormonas, Salud y Comportamiento Humano en la Universidad de Notre Dame, se obsesionó con esta pregunta a comienzos de los 2000. “Le pregunté a mi profesor si alguien estudiaba esto en humanos, y la respuesta fue básicamente no”, recuerda. Para entonces, un estudio canadiense de 2000 ya había demostrado que los padres tenían niveles más bajos de testosterona que los hombres sin hijos.

El dilema de la gallina y el huevo era inevitable: ¿los hombres con testosterona baja son más propensos a ser padres, o es la paternidad la que reduce sus niveles hormonales? Para resolverlo, Gettler colaboró con un equipo en Cebú, Filipinas, que en 2005 tomó muestras de saliva de 624 hombres solteros de 21 años. Cuatro años después, repitieron las mediciones. Los resultados fueron contundentes: los hombres que se habían convertido en padres mostraban niveles de testosterona significativamente más bajos, y la caída era mayor en aquellos que pasaban más tiempo cuidando a sus hijos. Incluso dormir con el bebé influía.
“Fue el primer mensaje claro en la literatura científica de que los hombres tienen esta capacidad de preparación biológica para la paternidad”, explica Gettler. La naturaleza, en cierto modo, los estaba condicionando para el cuidado.
Estos hallazgos no fueron aislados. Otros estudios vincularon la baja testosterona durante el embarazo de la pareja con mayor inversión, compromiso y satisfacción paterna después del nacimiento. Incluso se observó que niveles más bajos de esta hormona hacían a los padres más alertas y receptivos ante el llanto del bebé. En 2018, el equipo de Gettler confirmó que los padres con menos testosterona tendían a estar más comprometidos con el cuidado infantil.

Pero, ¿cuándo comienza este cambio? James K. Rilling, director del Laboratorio de Neurociencia Social Humana de la Universidad Emory, sospechaba que ocurría en el posparto, tras la interacción con el bebé. Sin embargo, sus investigaciones revelaron algo inesperado: en padres expectantes, solo cuatro meses después de la concepción, la testosterona y la vasopresina ya mostraban niveles más bajos que en el grupo de control. “Y lo más interesante es que, cuanto más baja era su testosterona, más se involucraban con la madre y el bebé después del nacimiento”, señala Rilling.
El mecanismo detrás de este fenómeno sigue siendo un misterio. ¿Son feromonas de la pareja embarazada? ¿Un cambio psicológico al enterarse de la paternidad? Lo cierto es que los cambios van más allá de la testosterona.
La oxitocina y otras hormonas: el lado emocional de la paternidad
La oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, fue un tema recurrente en mis cursos prenatales. Nos explicaron su papel clave durante el parto y la lactancia para fortalecer el vínculo entre madre e hijo. Pero no sabía que, en las primeras horas después del nacimiento de mi hijo, mientras yacía sobre mi pecho, mi cuerpo también experimentaba un aumento de oxitocina.
Estudios globales han confirmado niveles más altos de esta hormona en padres, especialmente en aquellos con hijos entre uno y dos años o que interactúan con bebés menores de seis meses. La oxitocina parece responder directamente al tiempo pasado con los hijos: padres que juegan o tienen contacto físico con sus bebés muestran un aumento notable. Incluso el simple acto de cargar al recién nacido por primera vez desencadena este cambio.
Rilling sugiere que existe un ciclo autorreforzante: a mayor oxitocina, más interacción con el bebé, lo que a su vez estimula nuevos aumentos hormonales. Pero no es la única hormona en juego.

En 2025, el equipo de Rilling descubrió que la vasopresina —asociada en animales a la territorialidad y agresión— se suprime en padres primerizos antes del nacimiento. Otro hallazgo sorprendente fue el papel de la prolactina, hormona clave en la lactancia materna pero también vinculada al cuidado paternal en aves, peces y primates como los titíes. En 2023, un estudio liderado por Darby Saxbe mostró que los padres expectantes con niveles más altos de prolactina sentían un vínculo más fuerte con su bebé antes de nacer, y que estos niveles prenatales predecían su grado de involucramiento en el cuidado posterior.
Como con la oxitocina, estos cambios son más marcados en padres que asumen un rol más activo. “No es que solo las madres puedan ser hormonales”, afirma Saxbe. “Los hombres también están manifestando adaptaciones similares”.
El cerebro paternal: una segunda adolescencia
Darby Saxbe, cuya investigación se centra en los efectos neurológicos de la paternidad, plantea una pregunta fascinante: ¿deja la paternidad una huella física en el cerebro de los hombres? “Los padres son interesantes porque experimentan las transformaciones de la paternidad sin el embarazo biológico”, explica. Esto permite separar los efectos del embarazo de los efectos de la crianza.
En colaboración con colegas en España, su equipo escaneó los cerebros de padres primerizos antes y después del nacimiento. Los resultados fueron reveladores: sus cerebros se adaptaban para procesar nuevas experiencias e información. Saxbe compara esta transición con la adolescencia, otra etapa crítica de desarrollo donde el cerebro debe adaptarse a nuevos desafíos.
En un estudio posterior, descubrió que los hombres con lazos más estrechos con su bebé por nacer o que planeaban tomar una baja laboral más larga mostraban mayores cambios cerebrales. En 2026, Rilling reportó evidencia similar, confirmando que la paternidad desencadena una transición neurológica.
Sarah Hrdy, en Father Time, va más allá: sostiene que todos los cerebros humanos tienen la capacidad latente de ser padres, un “sustrato aloparental” que se activa bajo las circunstancias adecuadas. Según su teoría, a medida que los humanos evolucionaron hacia sociedades más complejas, el cuidado colectivo —la aloparentalidad— permitió a nuestra especie prosperar. Era valioso tener hombres capaces de asumir el cuidado primario, por lo que desarrollamos esa capacidad, que aún conservamos.

Un estudio de 2014 liderado por Ruth Feldman en Israel ofrece una prueba contundente. El equipo reclutó a parejas heterosexuales donde la mujer era la cuidadora primaria y el padre “ayudaba”, así como a parejas homosexuales masculinas que criaban niños sin participación femenina. Al escanear sus cerebros mientras observaban videos de sus bebés, encontraron que los hombres gay que asumían el cuidado primario mostraban actividad cerebral similar a la de las madres en regiones como la amígdala. La paternidad, literalmente, reconfiguraba su cableado neuronal.
Como resume Hrdy con una metáfora reveladora: “La madre Naturaleza es una vieja dama con algunos hábitos muy malos. Y una ama de casa muy frugal. Cuando tiene un ingrediente que no está usando inmediatamente, no lo tira. Lo almacena en su despensa”. Esos “ingredientes almacenados” son las capacidades biológicas que, bajo las condiciones adecuadas, se activan para la crianza.
Implicaciones sociales: hacia políticas que fomenten la paternidad activa
Todos los expertos consultados coinciden en que estos hallazgos deberían reorientar las políticas públicas hacia las familias. “Es una prioridad social urgente que apoyemos la oportunidad de los padres para desarrollar esas conexiones”, subraya Saxbe. Políticas como licencias por paternidad más largas podrían fortalecer los lazos entre padres e hijos desde el principio.

Gettler añade que es crucial involucrar a los hombres desde el embarazo: asistir a ecografías, acompañar a las citas médicas y participar activamente en la preparación para el nacimiento. “Sabemos que esta biología comienza a operar durante el embarazo, a medida que las familias se preparan para recibir a sus bebés”, señala.
Los beneficios de una paternidad activa son múltiples. Las madres con parejas más involucradas reportan mejor salud mental en países como Pakistán, Kenia y Estados Unidos. Pero el impacto más sorprendente es en los niños: un estudio de 2026 que siguió a 292 familias durante siete años reveló que los hijos de padres más atentos tenían mejor salud cardíaca. Lo más llamativo: el comportamiento de las madres no tuvo el mismo efecto.
“Creo que hay que considerar cuánto la biología de la paternidad aporta los cimientos para construir familias fuertes y saludables desde el inicio”, concluye Gettler.

Desde una perspectiva analítica, estos hallazgos desmontan el mito de que el instinto paternal es meramente cultural. Lo que emerge es una verdad incómoda para quienes aún ven la crianza como un rol exclusivo de las mujeres: la biología masculina está diseñada para adaptarse, cambiar y comprometerse con la paternidad. La pregunta clave ahora es cómo, como sociedad, podemos aprovechar este potencial latente.
¿Estamos listos para redefinir el significado de ser padre en el siglo XXI?

La paternidad como catalizador de evolución social
Más allá de los cambios biológicos, lo que emerge es un desafío a las estructuras tradicionales de género. La ciencia demuestra que la capacidad de cuidado no es exclusiva de las mujeres, sino una adaptación latente en los hombres, activada por el contexto.
Desde una perspectiva analítica, esto redefine el concepto de rol parental. La paternidad activa no es solo una elección individual, sino un fenómeno con raíces biológicas que, al ser estimuladas, generan transformaciones neuronales y hormonales comparables a las de la maternidad. Lo que esto revela es que la naturaleza no asigna el cuidado a un género, sino a quien asume el compromiso.
La implicación social es clara: si la biología masculina responde al involucramiento, las políticas que fomenten la participación paterna desde el embarazo no solo son justas, sino estratégicas. La pregunta clave ahora es cómo diseñar marcos que permitan a los hombres activar ese sustrato aloparental sin estigmas ni barreras.
El futuro de la crianza compartida
La evidencia sugiere que, al normalizar la paternidad activa, no solo se benefician las familias, sino que se acelera una evolución cultural hacia modelos más equilibrados. La biología ya está preparada; falta que la sociedad lo esté.
