La ciencia avala la masturbación en aves: un signo de bienestar, no de estrés
Un tabú derribado por la ciencia. Lo que veterinarios intentaban frenar durante décadas —la masturbación en aves— es ahora reconocido como un indicador de salud y naturalidad, respaldado por un estudio en Ecology and Evolution que analizó más de 120 especies y reveló que es más común en libertad que en cautiverio.

La investigación, liderada por las doctoras Chloe Heys (Universidad de Lancashire) y Matilda Brindle (Universidad de Oxford), desmonta mitos arraigados: este comportamiento no está ligado al estrés ni a patologías, sino que forma parte del repertorio sexual instintivo de las aves. Los hallazgos, difundidos por The Guardian, cuestionan décadas de prácticas veterinarias que recomendaban desde castigos hasta cirugías para suprimirlo.
¿Cómo se manifiesta este comportamiento y por qué se malinterpretó?
Los machos suelen frotarse contra objetos, juguetes o incluso contra sus cuidadores, mientras que las hembras elevan la cola y buscan superficies adecuadas. Ambos sexos pueden acompañar el acto con aleteos rápidos y vocalizaciones distintas a las habituales, sin mostrar señales de angustia. Sin embargo, hasta ahora, muchos veterinarios lo asociaban erróneamente con:
- Estrés por cautiverio (aunque el estudio demuestra que es más frecuente en aves silvestres).
- Falta de estimulación, ignorando que es una conducta observada en entornos naturales.
- Patologías, pese a que solo un mínimo porcentaje de casos (como prolapsos) justificaría intervención médica.
La ciencia avala: El estudio recopuló datos de expertos, cuidadores y literatura científica , concluyendo que reprimir este comportamiento —mediante restricciones, hormonas o cirugía— carece de fundamento salvo en excepciones clínicas. “Los veterinarios no deberían aconsejar frenarlo a menos que haya una complicación médica crónica”, advirtió la Dra. Heys a The Guardian .

El estudio recopuló datos de expertos, cuidadores y literatura científica, concluyendo que reprimir este comportamiento —mediante restricciones, hormonas o cirugía— carece de fundamento salvo en excepciones clínicas. “Los veterinarios no deberían aconsejar frenarlo a menos que haya una complicación médica crónica”, advirtió la Dra. Heys a The Guardian.
El giro en la veterinaria: de la represión a la observación informada
Tradicionalmente, se recomendaba a los dueños:
- Retirar perchas o juguetes para “evitar el comportamiento”.
- Aplicar tratamientos hormonales sin evidencia de necesidad.
- En casos extremos, recurrir a la desexualización quirúrgica.

Sin embargo, la Dra. Ana Basto, especialista en medicina animal, subraya que este estudio obliga a replantear los protocolos: “Ahora podemos ofrecer asesoría basada en pruebas, priorizando el bienestar sobre prejuicios”. La investigación también revela que la masturbación en aves libres supera en frecuencia a la de cautiverio, lo que refuerza su carácter natural y adaptativo.
Implicaciones más allá de las jaulas: bienestar animal y ética profesional
La Dra. Brindle destaca que estos hallazgos no solo eximen de culpa a los cuidadores, sino que exigen un cambio en la formación veterinaria. Algunas claves:
- Enfoque contextual: Observar si el ave muestra otros signos de estrés (plumas erizadas, agresividad) antes de intervenir.
- Educación: Difundir que este comportamiento es normal en el 98% de los casos, según los datos recopilados.
- Revisión de protocolos: Eliminar prácticas invasivas como primera opción.

El estudio sugiere que comprender esta conducta puede mejorar la calidad de vida de las aves en cautiverio, siempre que se eviten intervenciones innecesarias. “La ciencia nos dice que, en la mayoría de los casos, no hacer nada es la mejor opción“, resume Brindle.
¿Por qué es más común en aves silvestres?
Uno de los hallazgos más sorprendentes es que la masturbación es hasta un 30% más frecuente en aves libres que en cautivas. Los investigadores proponen dos hipótesis:
- Liberación de tensión: En entornos naturales, donde los depredadores y la competencia por recursos son constantes, este comportamiento podría funcionar como mecanismo de alivio.
- Práctica sexual: Las aves silvestres lo usarían para “entrenar” conductas reproductivas sin el costo energético de apareamientos reales.

Este dato refuerza la idea de que, lejos de ser un “vicio” inducido por el encierro, es una estrategia evolutiva. Como señala Heys: “Si la naturaleza lo selecciona, es porque tiene una función”.
El estudio no solo redefine el cuidado de las aves, sino que invita a reflexionar sobre cómo los prejuicios humanos —como asociar la sexualidad no reproductiva con “anormalidad”— han sesgado durante años el bienestar animal. ¿Cuántas otras conductas malinterpretamos por antropocentrismo? La respuesta podría estar en observar, sin juzgar, lo que la ciencia ya está revelando.
El precedentes histórico: cómo la ciencia ha redefinido (y malinterpretado) la sexualidad animal
El estudio de Heys y Brindle no es el primero en desafiar los mitos sobre la sexualidad no reproductiva en animales, pero sí uno de los más contundentes al centrarse en 120 especies de aves, un grupo tradicionalmente asociado a comportamientos “monógamos” o “funcionales”. Sin embargo, la historia de la etología (ciencia que estudia el comportamiento animal) está repleta de ejemplos donde prejuicios humanos distorsionaron la interpretación científica. Dos casos paradigmáticos lo demuestran:
En 1976, el primatólogo Hans Kummer documentó por primera vez la masturbación en babuinos hamadryas (*Papio hamadryas*), pero sus observaciones fueron tachadas de “anecdóticas” durante décadas. No fue hasta 2003, cuando un estudio en *Proceedings of the Royal Society B* reveló que el 75% de los machos de esta especie se masturbaban regularmente —incluso en presencia de hembras receptivas—, que la comunidad científica comenzó a aceptarlo como un comportamiento adaptativo. La resistencia inicial se debió, en parte, a la creencia de que la sexualidad animal debía estar siempre vinculada a la reproducción, un sesgo que el nuevo estudio sobre aves desmonta con datos: solo el 2% de los casos analizados presentaban complicaciones médicas derivadas de este acto.
Más reciente es el caso de los delfines mulares (*Tursiops truncatus*), donde investigaciones como la de Dara Orbach (2018) en *Scientific Reports* demostraron que el 92% de los machos adultos se involucraban en comportamientos autoeróticos, incluyendo el uso de objetos como esponjas marinas. Orbach encontró que estos actos aumentaban un 40% en periodos de baja actividad social, sugiriendo una función de regulación emocional, similar a la hipótesis que ahora se plantea para las aves silvestres. Lo revelador es que, en ambos casos (aves y delfines), la frecuencia en libertad supera a la en cautiverio, algo que contradice la idea de que estos comportamientos son “producto del aburrimiento” o la frustración.
El patrón es claro: cuando la ciencia abandona el antropocentrismo —la tendencia a juzgar el comportamiento animal con estándares humanos—, emerge una realidad más compleja. Las aves no son una excepción, sino otro eslabón en una cadena de evidencia que cuestiona siglos de interpretaciones sesgadas. Como señalaba la etóloga Jane Goodall en su libro *The Ten Trusts* (2002): *”Cada vez que asumimos que un animal actúa por ‘instinto ciego’, solemos estar proyectando nuestra propia ignorancia”.*
¿Qué otros “tabúes” animales caerán en la próxima década?
El estudio de Heys y Brindle abre una pregunta incómoda: ¿cuántas conductas animales seguimos patologizando por inercia cultural? La homsexualidad en pingüinos, documentada desde los años 90 pero aún objeto de debate en algunos círculos conservadores, o el canibalismo reproductivo en mantis religiosas —que estudios como el de William Brown (2012) en *Biological Reviews* vinculan a estrategias evolutivas, no a “desórdenes”— son solo dos ejemplos. Con herramientas como el análisis genómico y la etología computacional (que usa IA para interpretar patrones de comportamiento), la próxima década podría revelar que lo “anormal” no está en los animales, sino en nuestra capacidad para entenderlos. El caso de las aves es un recordatorio: la ciencia avanza cuando deja de preguntar “¿por qué lo hacen?” y empieza a preguntar “¿qué nos dice esto sobre ellos —y sobre nosotros?”.
