Jóvenes consumiendo bebidas energéticas en grupo, imagen de riesgo normalizado

España prohíbe bebidas energéticas a menores: ¿una medida tardía o necesaria?

El Estado actúa contra un riesgo normalizado. Mientras el alcohol tiene prohibición clara para menores, las bebidas energéticas —con efectos como insomnio, ansiedad o taquicardia— han circulado libremente entre jóvenes.

Según la Encuesta Estudes 2025 del Ministerio de Sanidad, un 38,4% de los estudiantes de 14 a 18 años consumió estas bebidas en el último mes. Ante este escenario, el Ministerio de Consumo anunció este miércoles una normativa para prohibir su venta a menores de 16 años, y hasta los 18 para aquellas con más de 32 miligramos de cafeína por cada 100 mililitros.

El titular de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy, lo justificó antes de reunirse en Barcelona con representantes de la Gasol Foundation: “Es una evidencia científica que estas bebidas energéticas se han convertido en una amenaza para la salud de las personas jóvenes”. El ministro no detalló el formato de la prohibición, pero subrayó su amplio respaldo social, avalado por un barómetro de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan): nueve de cada diez personas en España apoyan restringir su consumo a menores, incluyendo un 88,3% de los jóvenes entre 18 y 35 años.

Un consumo extendido y arriesgado

Los datos de la Aesan revelan que un 25% de la población española consume bebidas energéticas, con una frecuencia media de 2,1 veces por semana. Casi la mitad (49%) de los consumidores ingieren al menos una al día, y el 47% las mezcla regularmente con alcohol, una práctica de alto riesgo. La Encuesta Estudes profundiza en el perfil de los menores: casi cuatro de cada diez estudiantes de 14 a 18 años las han consumido en el último mes, con mayor prevalencia en chicos (45,7%) que en chicas (31,0%). Los varones de 16 (48,3%), 17 (49,1%) y 18 años (51,6%) son los que más las ingieren. Además, el 15,2% de los estudiantes de esa franja de edad ha mezclado estas bebidas con alcohol en los últimos 30 días, con un consumo mayor en hombres (17,5%) que en mujeres (12,8%).

El mercado, por su parte, no para de crecer: según Circana, en 2025 los españoles compraron 105 millones de litros de bebidas energéticas, un 13,7% más que el año anterior y un 38,7% más en cuatro años. Las ventas del año pasado rozaron los 300 millones de euros.

Desde una perspectiva analítica, estos números dibujan un fenómeno social normalizado, donde el riesgo se disfraza de hábito cotidiano. La pregunta clave ahora es si la prohibición llegará a tiempo para revertir una tendencia que ya ha calado en generaciones enteras.

Alineación con Europa y las autonomías

El Ministerio destaca que la medida se alinea con las adoptadas por países europeos como Alemania, Noruega, Letonia, Polonia, Hungría o Lituania, así como con normativas autonómicas como las de Galicia (PP), que ya prohíbe su venta y consumo a menores, o Asturias (PSOE), que planea hacerlo. Para Bustinduy, estas restricciones refuerzan la necesidad de armonizar la legislación a nivel estatal, favoreciendo la unidad de mercado.

Lo que esto revela es un cambio de paradigma: de la autorregulación a la intervención pública. La decisión de actuar a nivel nacional sugiere que el Estado asume su responsabilidad en un ámbito donde la salud pública choca con intereses comerciales.

Efectos fisiológicos: más allá de la cafeína

El departamento de Bustinduy ya prohibió el año pasado la venta de estas bebidas en los centros escolares mediante el Real Decreto de Comedores Escolares Saludables y Sostenibles. Además, la Aesan elaboró un informe en 2021 donde advertía que el consumo excesivo de cafeína puede provocar alteraciones del sueño, efectos psicológicos, cambios de comportamiento y trastornos cardiovasculares.

La literatura científica respalda estos riesgos: taquicardias, arritmias, ansiedad, hipertensión, deshidratación, insomnio e, en casos extremos, convulsiones o infartos. Su consumo habitual también se asocia a obesidad, diabetes tipo 2 y, al mezclarse con alcohol, potencia el riesgo de intoxicación etílica. De hecho, la Aesan recomienda desde 2024 que los menores no consuman este tipo de bebidas.

Jesús Francisco García-Gavilán, investigador en alimentación de la Universitat Rovira i Virgili, explicó al portal Science Media Centre (SMC España) que, durante la adolescencia, el cerebro está en una fase crítica de desarrollo. La ingesta de altas dosis de cafeína altera la calidad del sueño, el sistema de recompensa dopaminérgico y aumenta la vulnerabilidad a problemas de memoria, ansiedad, depresión y conductas adictivas. Además, ha señalado un incremento en consultas pediátricas por taquicardias, arritmias, síncopes y picos hipertensivos, eventos antes excepcionales.

Javier Sánchez Perona, del Instituto de la Grasa-CSIC, advirtió a SMC España sobre el engaño semántico: “La denominación de “bebida energética” puede dar lugar a confusión, ya que se puede pensar que proporcionan energía. El peligro es que se sustituyan comidas importantes, como el desayuno, por este tipo de bebidas, provocando un riesgo de déficit de energía y nutrientes”.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja: un producto que promete energía está generando una generación con más fatiga, más ansiedad y más problemas de salud. ¿No es irónico que lo que se vende como un impulsor vital esté mermando el bienestar de quienes más lo consumen?

Publicidad de alimentos no saludables: el siguiente frente

En paralelo, Bustinduy recordó la intención de restringir la publicidad de alimentos no saludables dirigida a menores, una regulación que la industria alimentaria —con el apoyo del Ministerio de Agricultura— logró frenar en la anterior legislatura. “Son anuncios nocivos para su salud”, afirmó el ministro.

El barómetro de la Aesan refleja un amplio respaldo social a esta medida: casi el 80% de la población cree que debería prohibirse la publicidad de alimentos no saludables a menores. Además, el ministro destacó datos preocupantes: en España, cada niño recibe más de 4.000 anuncios publicitarios de comida no saludable al año a través de la televisión, es decir, casi 11 al día, o 30 si se incluyen otros canales de comunicación.

Bustinduy remarcó la importancia de proteger a la población infantil y adolescente de estos anuncios, alineándose con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Aesan. Países como Portugal, Noruega, Reino Unido, Irlanda o Suecia ya han adoptado medidas similares.

Analizando el contexto, la prohibición de las bebidas energéticas parece ser solo el primer paso en una batalla más amplia contra la mercadotecnia de productos perjudiciales. La pregunta que surge es: ¿estamos dispuestos, como sociedad, a priorizar la salud de las generaciones futuras sobre los intereses económicos de la industria?

El desafío cultural: desnormalizar un hábito arraigado

La prohibición de venta a menores no es solo una medida sanitaria, sino un intento de revertir una normalización social. Lo que esto revela es que el consumo de bebidas energéticas se ha integrado en rituales juveniles —desde el estudio hasta el ocio nocturno— como un elemento más de identidad grupal.

Desde una perspectiva analítica, el reto va más allá de la regulación: requiere desmontar la percepción de inocuidad que rodea a estos productos. La mezcla con alcohol, mencionada en el artículo, no es casual: refleja cómo el riesgo se camufla tras prácticas socialmente aceptadas. La pregunta clave ahora es si la ley logrará romper el círculo vicioso entre publicidad, consumo y normalización.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja reguladora: mientras el Estado actúa sobre las bebidas energéticas, persisten vacíos legales en otros frentes, como la publicidad de alimentos no saludables. Esto sugiere que la batalla por la salud pública avanza en capas, pero aún queda por ver si la sociedad está preparada para asumir el costo de priorizar el bienestar sobre el consumo.

La pregunta clave

¿Podrá una normativa cambiar hábitos cuando el mercado, la publicidad y hasta la cultura juvenil han convertido el riesgo en un gesto cotidiano? La efectividad de la medida dependerá de su capacidad para transformar no solo el acceso, sino también la percepción.

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