Altman desmonta el “AI washing”: despidos sin IA y el futuro del empleo
¿Están las empresas usando la IA como chivo expiatorio? Sam Altman, CEO de OpenAI, denunció que muchas compañías atribuyen despidos a la inteligencia artificial sin haberla implementado.
En una entrevista con CNBC-TV18, Altman alertó sobre el fenómeno del “AI washing”, donde se culpa a la IA de recortes laborales que, en realidad, las empresas habrían realizado de todos modos. “No sé el porcentaje exacto, pero existe cierto “AI washing””, admitió, subrayando una práctica que distorsiona el debate real sobre el impacto tecnológico en el empleo.
Desde una perspectiva analítica, esta declaración revela una paradoja: mientras la IA se presenta como la gran disruptora del mercado laboral, su nombre se usa también como excusa para decisiones que responden a lógicas empresariales tradicionales. La pregunta clave ahora es hasta qué punto este discurso enmascara estrategias de reestructuración preexistentes.
El debate sobre el impacto real de la IA en el empleo
Un estudio reciente de la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos mostró que, entre miles de ejecutivos encuestados en EE.UU., Reino Unido, Alemania y Australia, casi el 90% afirmó que la IA no ha tenido impacto en el empleo en sus empresas durante los últimos tres años. Este dato contrasta con las advertencias de otros líderes tecnológicos, como Dario Amodei, CEO de Anthropic, quien alertó sobre una posible reducción masiva de empleos de oficina, estimando que la IA podría eliminar hasta el 50% de los puestos iniciales en el sector de cuello blanco.
Sebastian Siemiatkowski, CEO de Klarna, anticipó que su empresa recortaría un tercio de su plantilla para 2030, en parte debido a la aceleración de la IA. Además, el Informe sobre el Futuro del Empleo 2025 del Foro Económico Mundial señala que aproximadamente el 40% de los empleadores planea reducir personal en el futuro como consecuencia del avance de esta tecnología.
Lo que esto revela es una división en el sector: mientras algunos ven la IA como una amenaza inminente, otros la perciben como un factor aún marginal. Más allá de los números, el verdadero desafío es distinguir entre el impacto real y el discurso interesado.
Nuevos empleos y habilidades en la era de la IA
Altman reconoció que la IA provocará un mayor desplazamiento laboral, pero también la creación de nuevos puestos vinculados a la tecnología. “Veremos nuevos tipos de empleos, como sucede en cada revolución tecnológica”, afirmó, añadiendo que “el impacto real de la IA en el empleo será cada vez más visible en los próximos años”.
El CEO de OpenAI identificó las habilidades más valiosas en este nuevo escenario: la iniciativa, la capacidad para generar ideas, la resiliencia y la adaptabilidad. “Estas competencias son más importantes que cualquier conocimiento técnico específico”, destacó, basándose en su experiencia como inversor en startups. Altman incluso mencionó que, en programas intensivos de formación como bootcamps de tres meses, una persona puede adquirir un alto nivel en estas áreas.
Desde una mirada estratégica, este enfoque subraya un cambio de paradigma: en un mundo donde la tecnología avanza a ritmo vertiginoso, las habilidades blandas se convierten en el verdadero diferencial. La pregunta que surge es si los sistemas educativos y las empresas están preparados para esta transición.
La polémica defensa del consumo energético de la IA
Altman también abordó el debate sobre el alto consumo eléctrico de la IA, defendiendo que la energía utilizada para entrenar modelos avanzados es parte del progreso tecnológico. En la cumbre India AI Impact 2026, comparó este gasto con el necesario para formar a un ser humano: “Entrenar un modelo de IA requiere mucha energía, pero también cuesta mucha energía formar a un ser humano: son unos veinte años de vida y toda la comida consumida antes de alcanzar la inteligencia”.
El entrenamiento de estas tecnologías exige enormes volúmenes de datos procesados en centros de cómputo especializados, con miles de servidores de alto rendimiento y un suministro eléctrico constante. En 2023, los centros de datos consumieron el 4,4% de la electricidad en Estados Unidos, cifra que podría triplicarse para 2028. Además, la expansión de la IA incrementa el consumo de agua, las emisiones y los residuos electrónicos, planteando desafíos de sostenibilidad.
Lo que esto evidencia es una tensión ética: ¿hasta qué punto el avance tecnológico justifica su costo ambiental? La IA, como cualquier revolución industrial, trae consigo beneficios y externalidades. El reto está en encontrar un equilibrio que no sacrifique el futuro del planeta en nombre del progreso.

¿Estamos ante una nueva era de oportunidades o frente a una distopía laboral y ambiental disfrazada de innovación?
El riesgo de normalizar el discurso de la excusa tecnológica
La denuncia de Altman sobre el AI washing expone una dinámica peligrosa: la naturalización de la IA como justificación automática para decisiones empresariales, incluso cuando su papel es marginal o inexistente.
Desde una perspectiva analítica, este fenómeno no solo distorsiona el debate sobre el impacto real de la tecnología, sino que también desvía la atención de las causas estructurales de los despidos: eficiencia operativa, reestructuraciones financieras o cambios estratégicos. Lo que esto revela es que, al atribuir los recortes a la IA, las empresas evitan asumir la responsabilidad de decisiones que responden a lógicas de mercado previas a la revolución tecnológica.
Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja: mientras se acusa a la IA de ser la gran disruptora laboral, su nombre se usa como cortina de humo para ocultar prácticas tradicionales de optimización de costes. La pregunta clave ahora es si esta narrativa, repetida una y otra vez, terminará por convertir la IA en un chivo expiatorio permanente, independientemente de su impacto real.
La trampa de la autojustificación tecnológica
Si el AI washing se consolida, el riesgo es que el debate sobre el futuro del empleo quede reducido a un falso dilema: o se acepta la IA como causa inevitable de los despidos, o se niega su influencia por completo. La realidad, sin embargo, exige matizar: distinguir entre el uso estratégico de la tecnología y su instrumentalización como excusa.
