Donald Trump en acto oficial analizando opciones militares frente a Irán con mapa de Oriente Próximo

La Junta de Paz de Trump: un nuevo orden diplomático en disputa

¿Un foro global o un club de aliados? Más de una treintena de líderes internacionales se reunieron este jueves en Washington en la primera cumbre de la Junta de Paz, el órgano impulsado por Donald Trump para supervisar la Gaza de la posguerra y aspirar a convertirse en alternativa a la ONU.

La lista de asistentes refleja un mapa geopolítico fragmentado. Entre los presentes destacan los principales aliados occidentales de Trump: el presidente argentino, Javier Milei; el paraguayo, Santiago Peña; y el primer ministro húngaro, Viktor Orbán. También acuden el mandatario indonesio, Prabowo Subianto, el primer ministro camboyano, Hun Manet, y el líder vietnamita, To Lam, lo que subraya el intento de diversificar el respaldo más allá de Occidente.

A ellos se suman los jefes de Estado y de Gobierno de Baréin, Kosovo, Albania, Qatar, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán o Egipto, junto a embajadores y diplomáticos de Arabia Saudí, Turquía, Marruecos, Kuwait, Bielorrusia, El Salvador, Armenia o Pakistán. La presencia de estos países, muchos de ellos con intereses estratégicos en Oriente Medio, sugiere un cálculo pragmático: la reconstrucción de Gaza como oportunidad para ganar influencia.

Europa: entre el escepticismo y la observación

El respaldo europeo a la iniciativa es, sin embargo, limitado. Hungría y Bulgaria participan como miembros de pleno derecho, mientras que Italia, Grecia y Chipre acuden como observadores, sin voto ni financiación. La Comisión Europea, representada por la comisaria de Mediterráneo, Dubravka Suica, opta por una postura cautelosa. Desde una perspectiva analítica, esta división revela las tensiones entre la lealtad transatlántica y la defensa del multilateralismo tradicional.

La Junta de Paz de Gaza pacta que diez países aportarán 17.000 millones de dólares para la reconstrucción de la Franja.

Los ausentes que hablan

El listado de países que han rechazado la invitación es tan elocuente como el de los asistentes. Francia, Alemania y Polonia han expresado reservas o rechazos formales, argumentando que el formato podría debilitar el papel de la ONU. España y el Vaticano también han decidido no participar, mientras que México, aunque envía representación diplomática, se niega a integrarse como miembro. Canadá, por su parte, quedó fuera tras las tensiones bilaterales con Trump, que retiró la invitación a su primer ministro, Mark Carney.

En el mundo árabe, la ausencia de Siria y Líbano es notable, al igual que la de Argelia, Túnez y Omán, que han preferido mantenerse al margen. Lo que esto revela es un escepticismo profundo hacia un proyecto percibido como impuesto desde Washington, sin el consenso regional necesario.

El mapa de la Junta de Paz

Países miembros que han asistido

Argentina, Albania, Armenia, Azerbaiyán, Baréin, Bielorrusia, Bulgaria, Camboya, Egipto, El Salvador, Emiratos Árabes Unidos, Hungría, Indonesia, Jordania, Kazajistán, Kuwait, Kosovo, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Qatar, Arabia Saudita, Turquía, Uzbekistán y Vietnam.

Países observadores

Italia, Rumanía, Grecia, Chipre y la Unión Europea.

Más allá de los nombres, lo que emerge es una pregunta clave: ¿puede un foro creado bajo el paraguas de una sola potencia —y con una agenda tan específica como la reconstrucción de Gaza— aspirar a ser un actor global legítimo? La respuesta dependerá no solo de su capacidad para movilizar recursos, sino de su habilidad para convencer a los escépticos de que este no es solo un instrumento de política exterior, sino un espacio de diálogo genuino.

¿Estamos ante el nacimiento de un nuevo orden diplomático o ante otro intento fallido de redefinir las reglas del juego internacional?

El cálculo geopolítico detrás de la fragmentación

La composición de la Junta de Paz no es casual: refleja una estrategia de realpolitik donde los intereses nacionales priman sobre los principios multilateralistas. Lo que esto revela es que los países asistentes, más allá de su alineamiento con Trump, buscan posicionarse en un escenario donde la reconstrucción de Gaza puede ser moneda de cambio para influencia regional o beneficios económicos.

Desde una perspectiva analítica, la presencia de naciones como Vietnam, Indonesia o Kazajistán —con poco peso histórico en el conflicto— sugiere un intento de legitimar el foro mediante diversificación geográfica. Sin embargo, la ausencia de actores clave como Alemania, Francia o Argelia expone una brecha: el proyecto carece del respaldo de potencias con capacidad para equilibrar su percepción como herramienta unilateral.

La división europea, con países como Hungría como miembros activos y otros como Italia en calidad de observadores, subraya otra capa del conflicto: la tensión entre la lealtad a EE.UU. y la defensa de instituciones tradicionales como la ONU. Este equilibrio precario podría definir el futuro del foro.

La pregunta clave

¿Logrará la Junta de Paz trascender su origen controvertido y convertirse en un espacio de consenso, o quedará como un símbolo de la polarización actual, donde la diplomacia se subordina a los intereses estratégicos de unos pocos?

Referencia de contenido: aquí