Adrián Chico en su consulta de Majadahonda analizando el impacto del porno en la sexualidad

Adrián Chico: “El porno crea expectativas irreales y refuerza heridas”

¿Puede el porno distorsionar nuestra sexualidad? Adrián Chico, psicólogo y sexólogo especializado en diversidad LGTBIQ+, lo tiene claro: genera expectativas inalcanzables.

Adrián Chico (Madrid, 30 años) ha logrado algo poco común: trasladar el rigor de la consulta psicológica a las redes sociales sin perder profundidad. Desde su piso-consulta en Majadahonda, atiende a cuatro pacientes diarios y coordina un equipo de diez profesionales. Juntos, tratan a unas 200 personas al mes. Su especialización en diversidad sexual, rupturas traumáticas y dependencia emocional ha encontrado eco en plataformas como Instagram (200.000 seguidores) y TikTok (300.000), donde combina divulgación accesible con un enfoque clínico exigente. Su último proyecto, el libro Sobreviviendo en el mundo gay (Bruguera), busca ser una guía tanto para el colectivo como para quienes deseen comprender sus realidades. Chico, sin embargo, advierte: que las cosas hayan mejorado no implica que todo vaya bien.

De la consulta tradicional a la divulgación viral

Su camino hacia la consulta actual fue una mezcla de casualidad y necesidad. Tras trabajar en una clínica en Madrid sin sentir plentitud, un año en Australia le hizo replantearse su carrera: ¿quería pasar consulta de forma mecánica hasta la jubilación o construir un proyecto propio con mirada crítica sobre la sexualidad y los afectos? A su regreso en 2023, comenzó a divulgar en redes. Un vídeo se viralizó y, en solo dos meses, la demanda superó su capacidad. Hoy, el 60% de sus pacientes son hombres gais, aunque también atiende a numerosas mujeres.

El éxito, explica, radica en abordar temas que pocos trataban con honestidad, especialmente en el mundo gay: desde el uso de Grindr hasta roles sexuales o vergüenzas concretas. “Mucha gente me decía: “Mi psicólogo no entiende esto, pero tú sí””, comenta. La combinación de experiencia clínica, formación académica y vivencias personales —”yo había pasado por lo que me contaban”— fue clave. Sin embargo, la edad inicial (24 años) generó prejuicios: pacientes mayores dudaban de su capacidad. La solución fue ofrecer sesiones de prueba, tras las cuales siempre se quedaban. Ahora, la confianza previa generada en redes acelera la alianza terapéutica, pero también exige mayor autoexigencia.

La vergüenza como herencia y el porno como espejismo

Chico creció asociando la homosexualidad con la vergüenza, un sentimiento que se internaliza desde la infancia. “Antes de entender nada, ya aprendes que “maricón” es un insulto”, explica. Esta vergüenza, aprendida en el colegio, en casa o a través de miradas de desaprobación, persiste incluso cuando la razón dice lo contrario. Su entorno, aunque no ultraconservador, reforzó este mensaje: un colegio privado y religioso, y una generación parental marcada por el miedo —a la enfermedad, a la violencia, al rechazo— más que por el odio. La falta de referentes agravaba el problema: sin modelos visibles, era difícil imaginar un futuro como persona gay.

Sobre la pornografía, su postura es crítica: “Genera expectativas inalcanzables, comparación corporal, distorsión del deseo y, en algunos casos, adicción”. No aboga por su prohibición, pero sí por detectar cuándo se convierte en un problema: cuando la masturbación depende de ella, cuando su consumo es compulsivo o cuando anula el deseo en la vida real. Este fenómeno no es exclusivo del porno; las redes sociales operan con mecanismos similares: comparación, idealización y devaluación personal por no encajar en estándares irreales. La solución, para Chico, no es la censura, sino la educación: herramientas de autoestima, pensamiento crítico y prevención temprana.

Grindr, chemsex y la paradoja de la liberación

Aplicaciones como Grindr tienen, para Chico, un doble filo. Para alguien en un pueblo, pueden ser la única vía para conectar con otros, salvando así su vida social e incluso su autoestima. Pero también pueden ser adictivas, superficiales o puerta de entrada a dinámicas peligrosas como el chemsex. “Depende de la persona: hay a quienes una app les empeora la salud y a otros les da oxígeno”, aclara. Esta ambivalencia refleja una realidad más amplia: el colectivo LGTBIQ+ ha avanzado, pero persisten heridas profundas.

Chico habla de un “bucle habitual” en muchos hombres gais: el niño que fue tratado como “el raro o el feo” llega a la edad adulta con la idea de que no es deseable. Al descubrir que sí lo es —pero a menudo bajo condiciones estéticas o de rendimiento—, refuerza esos aspectos, creyendo que ahí reside su valor. La lógica resultante (“si me desean, tengo valor; si valgo, dejaré de estar solo”) es frágil, pues depende de la validación externa. “Nos relacionamos con los demás a través de esa herida”, subraya.

Discriminación interna y salud mental

Dentro del colectivo, la discriminación no desaparece: existe por ser femenino, por no tener un cuerpo normativo o por clase social. Chico lo explica como un mecanismo de supervivencia: tras ser rechazado, se busca diferenciarse (con estatus, dinero, masculinidad rígida) para no quedar en lo más bajo de la jerarquía, proyectando luego esa superexigencia hacia otros. “Si has estado abajo, al subir un escalón puede que empujes al que está debajo”, señala. Esta dinámica, aunque comprensible, deja secuelas.

La acumulación de experiencias dolorosas —bullying, soledad, rechazo, invisibilidad— explica el mayor riesgo de depresión, ansiedad o adicciones en el colectivo. No es la homosexualidad en sí la causa, sino el contexto social que la rodea. Incluso en casos de vivencias normalizadas, persiste un “desgaste” constante: ansiedad minoritaria, cansancio emocional o dificultad para encontrar parejas estables. “Siempre es duro vivir en un contexto donde tienes que traducirte constantemente”, admite.

Entre los síntomas que enumera están el autoconcepto destrozado, la ideación suicida, la desconfianza en el otro o la sensación de vacío crónico. Sin embargo, matiza que no todos los vivencian por igual: generaciones más jóvenes, con mayor visibilidad desde la adolescencia, arrastran menos carga. Aun así, subraya que hay aspectos del mundo gay que solo entienden quienes los viven.

Terapia, costes y experiencias correctivas

Ante la objeción de que la terapia es cara, Chico lo reconoce —”lo es”— pero la defiende como inversión. En su clínica, las sesiones oscilan entre 60 y 100 euros, según el profesional. Él cobra 100, justificándolo por la demanda y por el valor de su nombre, construido en parte gracias a las redes. Sin embargo, insiste en que la terapia no lo fue todo para él: solo un 30% de su cambio. El resto vino de “experiencias correctivas”: vínculos seguros, conflictos resueltos sin destrucción mutua y la demostración de que existen relaciones basadas en el cuidado.

El colectivo como ave fénix

Pese a las heridas, Chico destaca los avances del colectivo: una cultura de la salud sexual sólida, mayor libertad para explorar el deseo y, tras un trabajo personal, la capacidad de construir amistades profundas y relaciones conscientes. “Tenemos heridas, sí, pero también muchos recursos. En el fondo, somos como aves fénix”, concluye.

Desde una perspectiva analítica, su discurso revela una paradoja: el progreso social no elimina las cicatrices individuales. La pregunta clave ahora es cómo equilibrar la celebración de los avances con la atención a las heridas que persisten, especialmente en un contexto donde el auge de discursos de odio amenaza con normalizar el retroceso.

¿Podrá el colectivo LGTBIQ+ convertir su resiliencia en un modelo de sanación colectiva?

El porno como síntoma de una crisis de autoestima colectiva

La crítica de Adrián Chico al porno trasciende su impacto individual y apunta a un problema sistémico: la normalización de estándares irreales como reflejo de una autoexigencia grupal.

Desde una perspectiva analítica, su advertencia sobre la distorsión del deseo no es solo una cuestión de adicción, sino de cómo el consumo masivo de contenido pornográfico refuerza dinámicas ya existentes en el colectivo LGTBIQ+. La comparación corporal y la validación externa —temas recurrentes en sus pacientes— encuentran en el porno un aliado perfecto para perpetuar inseguridades. Lo que esto revela es que el problema no es el porno en sí, sino el vacío que llena: la falta de referentes reales y la internalización de que el valor personal depende de encajar en moldes inalcanzables.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una paradoja: en un mundo con mayor visibilidad gay, persisten heridas que el porno no crea, pero sí amplifica. La solución que propone Chico —educación y pensamiento crítico— no es casual. En un colectivo donde la vergüenza aprendida y la discriminación interna son monedas corrientes, el porno actúa como espejo deformante de unas expectativas que ya de por sí son frágiles.

La pregunta clave

¿Puede el colectivo LGTBIQ+ desvincular su autoestima de la validación externa cuando el porno y las redes sociales premian exactamente lo contrario? La respuesta exigirá más que terapia: un cambio cultural que priorice el autocuidado sobre la aprobación.

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