Gráfico de obesidad y su relación con muertes por infecciones en España según estudio de The Lancet

Obesidad: el factor oculto tras el 21% de muertes infecciosas en España

Un riesgo que va más allá del corazón. La obesidad no solo eleva el peligro de enfermedades cardiovasculares, diabetes o cáncer, sino que también multiplica la vulnerabilidad ante infecciones graves.

Un estudio publicado este martes en la revista The Lancet desvela una realidad alarmante: las personas con obesidad tienen un 70% más de probabilidades de ser hospitalizadas o morir por enfermedades infecciosas como gripe, covid, neumonía o infecciones urinarias. En los casos de obesidad severa (IMC mayor de 40), el riesgo se triplica. Lo que esto revela es que el exceso de peso no es solo un problema metabólico, sino un factor clave en la capacidad del cuerpo para defenderse de patógenos.

El análisis, que siguió durante 13 años a casi 68.000 adultos finlandeses y 480.000 británicos del Biobanco del Reino Unido, evaluó el riesgo de sufrir 925 tipos distintos de infecciones graves. Los resultados son contundentes: cuanto mayor es el IMC, mayor es el riesgo. Según los datos, aproximadamente una de cada diez muertes por infecciones en el mundo —600.000 de 5,4 millones en 2023— podrían atribuirse a la obesidad. Durante la pandemia de covid, esta proporción se disparó al 15%.

España, en el foco de la alarma

Las diferencias por países son significativas. En España, la obesidad estaría vinculada a 5.300 de las 24.800 muertes por infecciones registradas en 2023, lo que representa el 21,2% del total. Esta cifra es más del doble de la media mundial (10,8%) y sitúa a España entre los países europeos con mayor proporción de muertes infecciosas atribuibles a obesidad, por encima de Alemania (14,7%) o Reino Unido (17,4%), aunque por debajo de Estados Unidos, donde la obesidad está detrás de uno de cada cuatro fallecimientos por infecciones (25,7%).

Desde una perspectiva analítica, estos datos sugieren que la obesidad no es solo un problema individual, sino un desafío de salud pública con implicaciones globales. La pregunta clave ahora es cómo los sistemas sanitarios pueden integrar esta evidencia en sus estrategias de prevención.

El IMC y el patrón de riesgo

El estudio utiliza el IMC como medida para valorar la obesidad, a pesar del debate existente entre los expertos. Las conclusiones son claras: las personas con obesidad clase I (IMC 30-34,9) tienen 1,5 veces más riesgo que quienes mantienen un peso saludable. En la obesidad clase II (IMC 35-39,9), el riesgo se duplica. Y en la obesidad clase III o mórbida (IMC ≥40), el riesgo es tres veces mayor.

El patrón se mantiene casi para todos los tipos de infecciones analizadas —bacterianas, víricas, parasitarias y fúngicas—, con dos excepciones notables: el VIH y la tuberculosis, donde la asociación es inversa, probablemente porque ambas enfermedades provocan una pérdida de peso pronunciada. Entre las infecciones específicas, las de piel y tejidos blandos son las que mostraron mayor riesgo (2,8 veces mayor), seguidas de la covid, las infecciones gastrointestinales y las urinarias.

¿Puede revertirse el daño?

El estudio también exploró si perder peso reduce el riesgo de contraer infecciones graves. Los datos sugieren que sí, pero de forma modesta: las personas que perdieron peso desde la obesidad hasta alcanzar un normopeso (IMC de entre 18,5 y 24,9 en adultos, según la OMS) redujeron su riesgo a 0,8 veces el de quienes mantuvieron obesidad, aunque no llegaron a los niveles de riesgo de quienes siempre mantuvieron un peso saludable.

Mika Kivimäki, del University College de Londres y director del estudio, explica: “Este hallazgo de que la obesidad es un factor de riesgo para un amplio espectro de enfermedades infecciosas sugiere que están implicados mecanismos biológicos amplios. Es plausible que la obesidad debilite la capacidad del sistema inmunitario para defenderse contra bacterias, virus, parásitos u hongos infecciosos, y eso resulta en enfermedades más graves”.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una advertencia clara: la obesidad no es solo una cuestión estética o de estilo de vida, sino un factor determinante en la salud global. Los autores subrayan la necesidad urgente de políticas que promuevan el acceso a alimentos saludables, el aumento de oportunidades para la actividad física y, especialmente para las personas con obesidad, la importancia de mantener al día las vacunas recomendadas.

¿Estamos ante un problema de salud pública que requiere una respuesta tan urgente como la que se dio a la pandemia?

La obesidad como vulnerabilidad sistémica

Más allá de los números, lo que este estudio revela es un cambio de paradigma: la obesidad no es solo un factor de riesgo para enfermedades crónicas, sino un multiplicador de vulnerabilidad ante amenazas agudas como las infecciones. Esto transforma su impacto de individual a colectivo, al afectar la resiliencia de toda la población frente a brotes epidémicos.

Desde una perspectiva analítica, el patrón consistente en casi todos los tipos de infecciones —excepto VIH y tuberculosis— sugiere que el exceso de peso altera mecanismos inmunitarios fundamentales. No se trata de una relación casual, sino de una conexión biológica profunda que debilita la primera línea de defensa del organismo. La obesidad severa, al triplicar el riesgo, actúa como un amplificador de la gravedad, convirtiendo infecciones manejables en amenazas letales.

La escalada del riesgo según el IMC —desde 1,5 veces en obesidad clase I hasta 3 veces en clase III— dibuja un gradiente claro: cuanto mayor es el desequilibrio metabólico, mayor es la incapacidad del cuerpo para responder. Esto no solo explica el 21% de muertes infecciosas en España, sino que plantea un desafío estratégico: ¿cómo priorizar la prevención en un sistema sanitario ya saturado?

El reto de la prevención integrada

La evidencia obliga a repensar las políticas de salud pública. Si la obesidad actúa como un ‘imán’ de infecciones graves, su control no puede limitarse a campañas de concienciación: requiere intervenciones estructurales en alimentación, urbanismo y acceso a tratamientos. La pregunta clave ahora es si los sistemas sanitarios están preparados para abordar este factor de riesgo con la misma urgencia que una pandemia.

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