José Luis Ortega, de 102 años, posando en el gimnasio con su taquilla especial 'El número 1'

José Luis Ortega: el secreto de una vida centenaria

102 años de historia y movimiento. José Luis Ortega atribuye su longevidad a una vida activa, una alimentación equilibrada y la genética.

Hace años, el gimnasio al que acude a diario —un espacio imponente en el corazón de la ciudad, equipado con máquinas, clases colectivas, spa y piscina— le reservó una taquilla con el lema “El número 1”, un reconocimiento a su condición de cliente más veterano. Por gratitud, propone al fotógrafo retratarle allí, con ropa deportiva, antes de sumergirse en su rutina diaria en la piscina. Sin embargo, para la conversación, prefiere un escenario más íntimo: “¿Le gustan los churros? Le invito a merendar en casa”, sugiere. Así, bajo la lluvia de una tarde gris, compartimos café con leche y churros en una vajilla de La Cartuja, en el acogedor piso donde vive con Belsy, su cuidadora hondureña. Ella comenzó cuidando a su esposa enferma y, tras su fallecimiento, continuó a su lado. Mientras endulza su café con sacarina, confiesa: “Me sacaron diabetes hace cinco años”, el único valor alterado en sus análisis.

Desde una perspectiva analítica, este pequeño detalle —el uso de sacarina— revela una disciplina ferrea en su estilo de vida, donde incluso los caprichos están medidos. Lo que emerge es una filosofía de vida donde el control y la moderación son pilares.

“Gracias por recibirme en su casa”, comento. Su respuesta es un suspiro: “Lo que siento es el día que se ha quedado. Por la tarde ya no salgo. ¿A dónde voy yo? Antes, cuando vivía mi señora, salíamos a una pastelería del barrio, aunque ella iba en silla de ruedas. Pero ya no está. Hoy hace justo tres años. Mi único amigo, en Toledo, se murió hace un mes. Mi única hermana también murió hace un mes, con 95 años. Lo peor de ser tan viejo es que se te va retirando la gente a tu alrededor. Me he quedado solo”.

La soledad y los lazos que persisten

Ante la pregunta sobre cómo lleva la soledad, su respuesta es serena: “No la llevo mal, porque tengo gente alrededor. Tengo cuatro hijas que me llaman todos los días, y una de ellas me recoge cada día del gimnasio en coche, me trae a casa y come conmigo. Los fines de semana, para que Belsy libre, me voy con mi hija a su casa de la sierra. Por las mañanas, el gimnasio; por las tardes, las noticias en la tele y la lectura en la tableta. No puedo quejarme, soy un privilegiado”.

Analizando su respuesta, lo que destaca es cómo ha construido una red de apoyo familiar que mitiga el aislamiento. La pregunta clave aquí es: ¿puede este modelo de cuidado familiar ser replicable en una sociedad donde la longevidad aumenta, pero los lazos familiares a veces se debilitan?

Su afición por la lectura es notable: “Novelas, me leo una cada cuatro o cinco días”. Aunque admite: “Ahora no me acuerdo del título, ¿ves? Esto me pasa mucho, que busco una palabra y no la encuentro, sin embargo, la memoria retrospectiva la tengo intacta”.

Memorias de un siglo

Con 12 años al inicio de la Guerra Civil, recuerda ser “un crío algo cafre”. Vivía en la calle Almagro, en Madrid, cerca de una iglesia en obras donde las parejas se refugiaban al anochecer. “Nosotros les tirábamos piedras”, confiesa con una sonrisa nostálgica. Los bombardeos los vivió desde la distancia, pues su zona, llena de embajadas, fue respetada. Su padre, médico de ideología izquierdista, trabajaba en el Hospital Provincial. Durante la guerra, se improvisó un hospital de sangre en el frontón de Recoletos, dirigido por monjas. “Mi padre las salvó de algún lance. Cuando acabó la guerra, el obispo le protegió y solo pasó tres meses en la cárcel”. Al salir, recuperó su práctica médica, atendiendo a pacientes de la alta sociedad, recomendados por el obispo. Más tarde, José Luis estudió Fisioterapia en París y Londres, una especialidad entonces inexistente en España.

Lo que esto revela es cómo las redes de apoyo y la adaptabilidad fueron clave para sobrevivir en una época convulsa. Su historia personal refleja la resiliencia de una generación que vivió entre el caos y la reconstrucción.

“O sea, que habla inglés y francés”, comento. “Bueno, lo entiendo, ahora es que casi no sé ni hablar en español”, bromea. A su regreso, trabajó con su padre, heredando su clientela. Junto a otros socios, abrió una clínica en la calle Velázquez y, más tarde, otra en la calle Cartagena, donde trabajó hasta pasados los 80 años.

Vida bajo el franquismo y más allá

“La verdad es que yo viví muy bien, aunque sé que otros las pasaron canutas. No me he metido nunca en política”, afirma. Recuerda una anécdota: “Una vez hubo una votación a las Cortes franquistas en las que no fui a votar, por pura vagancia, y mi padre me riñó mucho. Ahora, cuando hay elecciones, voto a los populares”. Su tono es pragmático, sin amargura. “Desde los setenta tengo el DNI que no caduca”, añade entre risas.

Más allá de los hechos, lo que emerge es una actitud de distanciamiento político, centrada en lo práctico y lo personal. Esto plantea una reflexión: ¿cómo influye el contexto histórico en las decisiones individuales de quienes, como él, priorizaron la estabilidad sobre el activismo?

El 24 de marzo cumplirá 102 años. “Bueno, uno siempre se piensa que tiene cuerda para rato, pero no para tanto rato”, comenta con humildad. Ante la pregunta de cómo ha logrado esta longevidad, responde: “Siempre he llevado una vida muy sana. He comido lo justo, no he fumado y no he bebido más que alguna copa de vino. Y, sobre todo, he hecho siempre mucho ejercicio, y sigo haciéndolo”.

El gimnasio como templo

Su rutina actual es impecable: “Voy en taxi todos los días y estoy tres horas. Me paso media hora nadando, en plan reina de los mares, pero moviéndome. En el agua no me duele nada. Luego, ando en la cinta y hago ejercicios de fuerza, lo que puedo. Después me ducho y me viene a recoger mi hija en coche. Para mí, el gimnasio es sagrado. No lo dejo ningún día, salvo los fines de semana”. Su convicción es clara: “Estoy convencido de que, si no me moviera cada día, ya estaría muerto”.

Desde una perspectiva analítica, su devoción por el ejercicio no es solo física, sino mental. El gimnasio se ha convertido en un ritual que le da estructura, propósito y conexión social. Esto sugiere que, para los centenarios como él, la actividad no es un hobby, sino una necesidad existencial.

Sobre su salud, aclara: “No me tomo ninguna pastilla. No tengo colesterol, ni hipertensión, ni triglicéridos, solo diabetes. Me pincho insulina desde hace cinco años”. Sin embargo, reconoce: “Tengo una estenosis del canal vertebral. Los discos de la espalda se me están juntando, por eso voy tan encorvado, y voy a peor. O sea, que me duele todo. En el sofá y en la cama, no, pero esto es así: si no me moviera, no podría moverme”. Recientemente, ha estrenado una silla eléctrica para salir solo a la calle, aunque por ahora se defiende con muletas.

En el gimnasio, su presencia es inspiradora: “Siempre he sido el más viejo. Los jóvenes dicen: “si José Luis puede, cómo no voy a poder yo”. Me tratan con mucho cariño”. Antes, conducía un Volvo que usaba solo para ir al gimnasio, pero le retiraron el carné a los noventa y tantos. “Sí pasé la revisión médica, pero me decían que igual no tenía tantos reflejos como antes, y yo mismo lo dejé estar”.

Edadismo y aceptación

Ante la pregunta sobre el edadismo, responde: “La verdad es que no lo he notado, a lo mejor porque he estado trabajando hasta pasados los 80, y luego me he dedicado solo a mi familia”. Lo que esto sugiere es que su integración social ha sido tan natural que el prejuicio por edad no ha tenido espacio en su vida.

“¿Qué es lo que más echa de menos?”, pregunto. “Los tiempos en que íbamos a la sierra con mi mujer a caminar, a esquiar, a pasar el día. Subíamos en el funicular, que luego pusieron la telesilla, y teníamos un grupo muy bueno de amigos. Ya no queda ninguno. Los han ido eliminando del partido, pero no por Messi, sino por la vida”.

Sobre el mayor invento que ha visto, señala su móvil: “Hay que ver, que cuando acabo el gimnasio, abro una aplicación que me puso mi hija y veo por dónde va con el coche para venir a recogerme, y encima gratis. Eso todavía me parece un milagro”.

Reflexiones sobre la vida y la muerte

“¿Tiene miedo a la muerte?”, le pregunto. “Miedo, no. La muerte es una cosa natural, un corte que te hace la vida, otro paso que tienes que dar. Pero, mire, yo no soy religioso, y me pesa, porque ahora que ya me va tocando irme al otro barrio, si creyera, pues tendría ese agarradero. Aun así, cuando le veo las orejas al lobo, rezo un Padrenuestro, por si acaso”.

Su satisfacción vital es palpable: “Cobro unos mil euros de pensión, pero tengo unos buenos ahorros y puedo pagar a quien me cuide en casa. Estoy muy satisfecho y tranquilo, quizá por eso no sufro por la soledad: es lo que me toca. He sido muy feliz, he tenido una buena vida”.

Lo que esto revela es una aceptación serena de la vejez, donde la gratitud por lo vivido supera el temor a lo desconocido. La pregunta clave ahora es: ¿cómo podemos, como sociedad, aprender de figuras como José Luis para envejecer con dignidad y propósito?

UN SIGLO A LA ESPALDA

La estenosis de canal, causada por el desgaste de los discos de la columna vertebral debido a la edad, es el achaque más molesto que padece José Luis Ortega (Madrid, 102 años el próximo 24 de marzo de 2026), junto a una diabetes controlada con insulina y unas cataratas ya operadas que le han dejado una vista envidiable. Testigo de un siglo de historia de España, estudió Fisioterapia en París y Londres cuando esta especialidad no existía en el país, y ejerció durante más de 50 años antes de retirarse siendo octogenario. Su secreto para la longevidad: alimentación sana, ejercicio físico y, por supuesto, los genes. Por si acaso, sigue dedicando tres horas al día al deporte.

El ejercicio como ritual de resistencia existencial

Más allá de la disciplina física, el gimnasio de José Luis Ortega se erige como un espacio de resistencia psicológica. Su rutina diaria no es solo un hábito, sino un acto de rebeldía contra el declive que la edad impone.

Lo que esto revela es que, para él, el movimiento no es un medio para mantenerse en forma, sino un fin en sí mismo: una forma de afirmarse en el presente. La piscina, la cinta o los ejercicios de fuerza son rituales que le permiten conservar no solo el cuerpo, sino también la identidad de alguien activo, útil y conectado con el mundo. Este enfoque sugiere que la longevidad no se mide solo en años, sino en la capacidad de mantener una estructura vital que dé sentido a cada día.

Su frase “si no me moviera, ya estaría muerto” va más allá de lo literal. Es una declaración de principios: el movimiento como sinónimo de vida, y la inactividad, como una forma de rendición. En un contexto donde la vejez suele asociarse a la pasividad, su caso demuestra que la actividad puede ser un antídoto contra la invisibilidad social.

La paradoja de la dependencia y la autonomía

José Luis depende de su cuidadora, de sus hijas y de su silla eléctrica, pero su autonomía mental es incuestionable. Esta dualidad plantea una reflexión: ¿hasta qué punto la verdadera independencia en la vejez no reside en la ausencia de ayuda, sino en la capacidad de decidir cómo y cuándo aceptarla?

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