La UE activa su escudo anticoerción ante el chantaje arancelario de Trump por Groenlandia
Un órdago que divide a Occidente. Donald Trump ha puesto a Europa contra las cuerdas con su amenaza de imponer aranceles del 10% y 25% a países que apoyan militarmente a Groenlandia, exigiendo su “adquisición”.
La respuesta europea oscila entre el miedo y la búsqueda de consenso. Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia y Reino Unido —junto a Dinamarca— han desplegado tropas en la isla, lo que ha desencadenado la reacción de Washington. Trump condiciona la exención de estas tarifas a que EEUU complete la anexión del territorio, una movida que ha activado las alarmas en Bruselas.
El escudo anticoerción: de China a Trump
Ante esta presión, la UE ha convocado una reunión de urgencia de sus embajadores. Francia, con el respaldo de otros socios comunitarios, impulsa el uso del escudo anticoerción, aprobado en 2023 para contrarrestar presiones económicas externas. Este mecanismo, diseñado inicialmente para enfrentar la coerción comercial de China, podría ahora aplicarse a un aliado histórico: Estados Unidos. La Comisión Europea define la coerción económica como cualquier intento de un tercer país para influir en decisiones soberanas de la UE o sus Estados miembros mediante medidas comerciales o de inversión.
Desde una perspectiva analítica, lo que emerge es un cambio de paradigma: lo que antes era una herramienta teórica contra rivales geopolíticos ahora se plantea contra un socio clave. La pregunta clave es si la UE logrará mantener la unidad frente a una presión que divide incluso a sus propios miembros, como demuestra la retirada anticipada del contingente alemán —15 efectivos— tras completar una “misión de reconocimiento”.
Además, los 27 barajan recurrir a las contramedidas tarifarias por valor de 93.000 millones aprobadas el año pasado durante la guerra arancelaria con Trump, aunque entonces se evitó su aplicación tras un acuerdo. Ahora, la escalada vuelve a ponerlas sobre la mesa, aunque Bruselas sigue abogando por la desescalada.
Un frente unido… con matices
Los países afectados por las amenazas arancelarias, junto a otros aliados de la OTAN, han emitido un comunicado conjunto reafirmando que su despliegue en Groenlandia “no supone una amenaza para nadie”. “Como miembros de la OTAN queremos reforzar la seguridad en el Ártico, un interés transatlántico compartido”, subrayaron, advirtiendo que los aranceles “socavan las relaciones transatlánticas y podrían provocar una peligrosa espiral”.
Dinamarca, por su parte, ha sido contundente. Su primera ministra, Mete Frederiksen, ha tachado de “ridículo” el plan de Trump y ha dejado claro que “Europa no se dejará chantajear”. “No somos nosotros los que estamos buscando el conflicto”, añadió, en una línea que refuerza la postura de soberanía frente a Washington. Más allá de los hechos, lo que revela este episodio es la tensión entre la lealtad a la alianza atlántica y la defensa de los intereses propios.
En el otro extremo, Italia, con Giorgia Meloni, ha optado por un tono conciliador. La primera ministra ha calificado los aranceles de “error” y “malentendido” entre aliados, ofreciéndose incluso a mediar entre Trump y los europeos. Meloni, que se reunirá con el presidente estadounidense en el Foro Económico de Davos, ha pedido evitar “una escalada”. Esta postura intermedia refleja las fisuras internas en la UE a la hora de responder a una crisis que desafía la cohesión del bloque.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha evitado valorar la estrategia de la Casa Blanca, limitándose a confirmar diálogos con Trump sobre la seguridad en Groenlandia y el Ártico. Su silencio ha sido interpretado por algunos como una muestra de tibieza, aunque su agenda en Davos podría aclarar su posición.
España y el debate sobre la defensa europea
Pedro Sánchez ha sido uno de los más críticos, advirtiendo que un ataque de EEUU sobre Groenlandia “convertiría a Putin en el hombre más feliz del mundo”. El presidente español ha abogado por avanzar en una defensa común europea, incluso sin consenso unánime entre los Estados miembros. “Podemos avanzar una serie de países en ese proceso de integración hacia unas Fuerzas Armadas realmente europeas”, ha propuesto, al tiempo que ha instado a la OTAN a reaccionar. Sobre la participación española en el despliegue en Groenlandia, Sánchez ha aclarado que “no hay una decisión tomada” y que lo discutirá con los grupos parlamentarios y con el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo.
Desde Washington, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha defendido la postura de Trump como la “mejor posible” para garantizar la seguridad de Groenlandia, argumentando que “los europeos proyectan debilidad”. Además, ha vaticinado que Europa “acabará cediendo” para que EEUU tome el control de la isla. “El presidente Trump está estudiando la posible batalla en el Ártico que podría ocurrir el año que viene. América tiene que controlar la situación”, ha zanjado.
Lo que esto revela es un escenario geopolítico en el que las alianzas tradicionales se resquebrajan bajo el peso de intereses estratégicos. La pregunta ahora es si la UE logrará articular una respuesta unificada o si, por el contrario, la presión de Trump profundizará las divisiones internas, dejando al bloque en una posición de vulnerabilidad frente a un aliado que, paradójicamente, actúa como adversario.
El dilema transatlántico: entre la alianza y la soberanía
Lo que este episodio desvela es un conflicto de lealtades en el corazón de Occidente. La UE se enfrenta a la paradoja de tener que defender su autonomía estratégica frente a un aliado que, tradicionalmente, ha garantizado su seguridad.
Desde una perspectiva analítica, la activación del escudo anticoerción contra EEUU marca un punto de inflexión. Este mecanismo, concebido para rivales como China, ahora se dirige a un socio histórico, lo que evidencia que las herramientas de defensa comercial ya no distinguen entre amigos y adversarios en un mundo donde los intereses estratégicos se superponen a las alianzas tradicionales.
La división interna en la UE —entre quienes, como Dinamarca o España, priorizan la firmeza, y otros, como Italia, que buscan la mediación— refleja una tensión más profunda: la dificultad de equilibrar la unidad del bloque con las posturas nacionales. Más allá de los hechos, lo que emerge es que la cohesión europea se pone a prueba cuando el desafío proviene de dentro del propio eje atlántico.
La pregunta clave
¿Podrá la UE mantener su unidad frente a una presión que no solo amenaza su economía, sino que cuestiona el propio concepto de alianza transatlántica? La respuesta determinará si el bloque puede aspirar a ser un actor geopolítico autónomo o si quedará atrapado en las dinámicas de poder de sus socios.
