EEUU desvela esta semana el equipo que supervisará el gobierno tecnócrata en Gaza
Un paso crítico en el tablero de Gaza. EEUU anunciará en las próximas 48 horas los nombres de los integrantes de la Junta de Paz de Gaza, el órgano que supervisará al Gobierno de tecnócratas en la segunda fase del plan de paz del presidente Donald Trump.
Funcionarios estadounidenses confirmaron este miércoles que las invitaciones para formar parte de la Junta ya fueron enviadas a numerosos países, con una respuesta “abrumadora” por parte de los invitados. Trump, según fuentes cercanas, ha seleccionado personalmente a los candidatos, cuya identidad se revelará previsiblemente en los próximos dos días.
Desde una perspectiva analítica, este movimiento refleja la urgencia de Washington por consolidar una estructura de gobierno alternativa en Gaza, pero también la complejidad de equilibrar intereses regionales y locales en un escenario tan polarizado.
Coordinación en El Cairo y tensiones con Hamás
Mientras tanto, facciones palestinas, entre ellas Hamás, analizan la composición del comité de tecnócratas que asumirá la administración de Gaza. Miembros de este comité, procedentes de Gaza, se han unido este jueves en El Cairo a otros llegados desde Cisjordania para reunirse con Nickolay Mladenov, el candidato de Trump para liderar la Junta de Paz. El objetivo: discutir los “mecanismos operativos del gobierno en la próxima fase y coordinarse con la Junta”.
Egipto, actor clave como mediador, anunció que los grupos palestinos reunidos en su capital han alcanzado un consenso sobre los integrantes del comité administrativo, cuyas identidades se darán a conocer “próximamente”. Lo que esto revela es un intento de alinear posturas en un contexto donde la desconfianza y las divisiones internas son patentes.
Desmilitarización y presión sobre Hamás
El enviado especial de Trump para Gaza y Ucrania, Steve Witkoff, marcó el inicio oficial de la segunda fase del plan, que incluye la desmilitarización de Gaza y la creación del Comité Nacional para la Administración de Gaza, sin participación de Hamás. Este comité estará bajo la supervisión directa de la Junta de Paz, presidida por Trump.
La presión sobre Hamás es máxima. Witkoff advirtió en redes sociales que “EEUU espera que Hamás cumpla plenamente con sus obligaciones, incluido el retorno inmediato del último rehén fallecido”, en referencia al cuerpo del policía israelí Ran Gvili, el último de los 28 prisioneros fallecidos cuyos restos aún no han sido entregados. “De no hacerlo, las consecuencias serán graves”, subrayó.
Los funcionarios estadounidenses insistieron en que la entrega del cadáver de Gvili es “indispensable” para el avance del plan, al tiempo que reconocieron las dificultades para verificar un desarme efectivo del grupo islamista. “Mantendremos conversaciones con Hamás sobre la siguiente fase, que es la desmilitarización”, señalaron.
La pregunta clave ahora es si este marco de gobernanza, respaldado por una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) de la ONU, logrará imponerse en un territorio donde el control de Hamás ha sido histórico y donde la resistencia a ceder soberanía podría ser feroz.
Además, se espera que durante el Foro de Davos, la semana próxima en Suiza, se revelen más detalles sobre esta segunda fase, mientras que en dos semanas se darán a conocer los países que integrarán la ISF, encargada de garantizar la seguridad y desmilitarización de Gaza.
¿Podrá este plan, con su estructura de supervisión internacional, romper el ciclo de violencia y desconfianza que ha marcado décadas de conflicto?
El equilibrio imposible: soberanía y legitimidad en Gaza
Más allá de los nombres y las estructuras, lo que emerge es un dilema fundamental: cómo construir legitimidad en un territorio donde el poder histórico de Hamás choca con la imposición de un modelo externo.
Desde una perspectiva analítica, la Junta de Paz no solo deberá gestionar la transición administrativa, sino también navegar entre las expectativas de Washington, las demandas de los actores regionales y las aspiraciones de una población gazatí que ha vivido bajo el control de Hamás durante años. La desmilitarización, en este contexto, no es solo un objetivo técnico, sino un test de viabilidad política: si Hamás cede en este punto, su base de apoyo podría erosionarse; si se resiste, el plan quedaría en entredicho antes de empezar.
La reunión en El Cairo sugiere un intento de presentar un frente unificado entre facciones palestinas, pero la historia demuestra que los consensos en papel rara vez resisten la prueba de la implementación. La presión sobre Hamás —con advertencias explícitas como la entrega del cuerpo de Gvili— busca forzar una rendición de cuentas, pero también podría radicalizar su postura.
La paradoja de la estabilización
La Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) añade otra capa de complejidad: su presencia podría ser vista como una ocupación encubierta, alimentando el rechazo local. El verdadero desafío no será solo desarmar a Hamás, sino convencer a Gaza de que este nuevo marco no es una imposición, sino una oportunidad. Sin ese respaldo social, incluso el plan más sólido sobre el papel estará condenado al fracaso.
